Simbiotica’s Blog

Entradas de Marzo 2009

LA NUEVA TEOLOGÍA:¡LA POTENCIA DE LA REALIDAD! A. Aportación de los grandes filósofos.

Marzo 31, 2009 · Dejar un comentario

19 “Pero más vale estar loco de felicidad que
loco de dolor; vale más bailar torpemente
que andar cojeando. Aprended de esta sabiduría
mía: hasta lo peor de las cosas tiene dos
lados buenos.”
(Nietzsche: “Así habló Zaratustra”. Discursos de Zaratustra. Cuarta Parte. El hombre superior.)

La “ciencia de la sabiduría” por excelencia, ¡cuantas veces fue campo de batalla de las ideas! Como en todo, siempre existen los dos inevitables enfoques: el enriquecedor y el contradictorio. ¿Es que por ventura esa sabiduría ha de ser, por el contrario, una fuente de conflictos?

Aquellos grandes filósofos son como pilares en la épica de la Humanidad… ¡Cuánto ingenio y poderío perdidos vanamente!… ¡Hay que recueperar a nuestros filósofos!

¿Por qué buscar la confrontación? ¿Por qué no la concordia?

Cada “gran hombre” ha establecido su pedestal en tarimas pétreas que, contrariamente al deseo de sus críticos, se ha mantenido largo tiempo… El consenso general acerca de la gran talla de un prohombre, debería al menos hacernos reflexionar sobre “sus logros”, su “obra principal”.

La historia de la filosofía está salpicada de hitos imprescindibles en la evolución del pensamiento humano. Deberíamos, pues, acudir una vez más a ellos.

¿No habéis percibido que en realidad las ideas divergentes, o más criticables de cualquier pensador aparecen en las “fronteras del conocimiento”, más allá del “horizonte predictivo” (para usar esa expresión actual)?

Una teoría filosófica (como cualquier otro tipo de teoría) empieza a ser dudosa cuando entra en el terreno de la “especulación” del filósofo, en ese terreno frontera (horizonte predictivo) caracterizado por la “falta de información”. Pero esto mismo ocurre con la ciencia: en el interior de ese “espacio” limitado por su horizonte predictivo “es cierta”, fuera no.

¿Por qué no nos esforzamos en entresacar toda esa formidable sabiduría de los “grandes” filósofos para usarla como “catapulta” hacia el futuro?… Podría criticársenos por el hecho de que esa “extracción” de sabiduría, por el mero hecho  de su extracción está ya sesgada. Al fin y al cabo es el procedimiento que desde antiguo se ha utilizado para “justificar cualquier ideología”… La novedad ahora estriba en utilizar un procedimiento más aséptico, cual es el citado, de los horizontes predictivos.

Es evidente que todo enunciado que se refiera a situaciones que entran de lleno en niveles tecnológicos a los que no se había llegado en épocas pretéritas, estará fuera del horizonte predictivo y por ello debe ser rechazado. Esto último puede aplicarse a aquellos que aún actuales o contemporáneos, están enmarcados en áreas distintas a las propuestas originalmente, donde sí gozaban de un ampio consenso. Por desgracia esto último es mucho más usual de lo que parece, si no fijémonos en la cantidad de especulaciones vertidas por científicos fuera de los campos en que realmente son autoridad (y como abuso, las declaraciones de muchos premios Nobel fuera del ámbito de sus respectivas especialidades). Simplemente, son enunciados emitidos en espacios más allá de su horizonte predictivo, por lo que no deben gozar de ninguna credibilidad.

Mas, muchos de los grandes logros, la sabiduría de la que hablamos, tan cercana a lo que llamos realidad (que comprende tanto a la ciencia como al campo artístico o el poético), por suerte, al estar referidos sustancialmente a la propia naturaleza, interioridad del ser o esos aspectos subjetivos del hombre, son muchas veces atemporales, por lo que suelen tener vigencia casi en cualquier época. Es a ellos a los que debe dirigirse nuestra mirada, sobre todo en el tema que nos ocupa que no es otro que la búsqueda de una nueva teología “renovada”, para lo cual no es preciso dejar obsoleta o caduca la anterior… Es, quizás, la socorrida expresión de la teología de los “nuevos tiempos”. Pero, sorprendentemente, hasta ello nos conduce en gran parte a una “reedición” de la anterior. Es, simplemente, un retoque de la anterior debida fundamentalmente al aporte, la sabiduría, de nuestros “maestros filósofos”.

Y es que la lección que nos dan los genios de la filosofía es muy clara: el pensamiento es realmente filosófico cuando busca y abarca lo universal del diálogo. Las “discusiones” son básicamente medios de comunicarse entre sí los filósofos, y con el Logos como sistema total de significados. La apertura propuesta hacia los otros en en sí acceso al Logos: el devenir del espíritu elevándose hacia la unión.

La filosofía enseña que toda unidad parcial deshumaniza. Según Hegel, lo verdadeo es el Todo. La verdadera unidad debe ser unidad Total, y así lo proponen grandes filósofos como Hegel, Husserl o Bergson, a la vez racionalistas, románticos y filósofos de la historia. (Las tres grandes corrientes filosóficas del siglo XIX, como dimensiones del hombre: razón, corazón y libertad). Para Hegel el racionalismo alcanza su apogeo cuando guarda en sí las dimensiones no racionales del romanticismo e historia. Husserl, a su vez, invita a la subjetividad a entrar en la esfera universal de los significados.

La filosofía muestra la insuficiencia de las distintas actividades del hombre; la cojera de las distintas visiones del mundo recaladas en un solo aspecto de nuestra condición como el utilitarismo, el psicologismo, el sociologismo, etc. En fin, invita a meditar sobre la tragedia humana: ese desgarramiento del ser que aspira a la unión.

La corriente existencialista, tan mayoritaria en el siglo anterior, hace prevalecer, como producto de la crisis o la angustia, la existencia sobre la esencia. Su profundo análisis de la existencia hace avanzar considerablemente el sentido de la libertad humana.

Por el contrario, la esencia es el maná del que beben filósofos como el español Zubiri y el alemán Schopenhauer.

Categorías: Nada y Dios · filosofía

Filosofía básica del Paradigma (Ortega)

Marzo 26, 2009 · Dejar un comentario

JOSÉ ORTEGA Y GASSET (1883-1955)

Nace y muere en Madrid.

En opinión de Ortega, la filosofía es el esfuerzo teórico y personal del hombre que quiere vivir auténticamente, por lograr un saber radical de la realidad radical, que es lo único que puede dar base firme a la vida.

La realidad radical que Ortega encuentra en su filosofía no es la materia ni el espíritu, ni el ser, ni el pensamiento, ni las cosas, ni el yo. Todo esto son conceptos, ideas, interpretaciones, teorías de la realidad radical. Ésta es algo por una parte más hondo, por otra más obvio, es l residuo supuesto por toda teoría y por toda interpretación. La realidad radical es la vida; no es la vida abstracta de que habla la ciencia, sino nuestra vida, mi vida, el vivir concreto de cada hombre, que en su vida tiene que realizarse y sólo en ella. Salvarse o perderse. La vida no es una cosa más entre otras cosas, sino la realidad en que todo radica, y en que todo surge, incluso el propio yo.

La vida no es el yo ni las cosas. Pero las cosas y el yo son momentos integrales esenciales de la vida.

El yo necesita de las cosas y las cosas del yo. Yo no sería el  yo que soy, sin las cosas circunstanciales. De ahí su frase acuñada en las “Meditaciones del Quijote”: “Yo soy yo y mi circunstancia”. La vida, pues, lejos de ser una tendencia al egoísmo, “es el hecho cósmico del altruismo, y existe como perpetua emigración del yo vital a lo otro”.

El hombre es un ente, “cuyo ser consiste, en aún no ser”. El hombre como su vida, “es un ser indigente, el ente que lo único que tiene es propiamente menesteres”. Es una pretensión, un proyecto, y si se quiere un drama en que él mismo es autor, actor y espectador.

El hombre es libre porque puede elegir, pero es necesariamente libre porque se ve forzado a decidir.

Para Ortega, no hay que diluir el yo en el mundo ni absorber el mundo en el yo, sino el yo y el mundo paralelamente y exigiéndose mutuamente hay que colocarlos en la vida, que es el área en el que surgen.

La razón no ha sido dada al hombre meramente para saber, sino para saber a qué atenerse, para servir a la vida. La razón surge como función de la vida y sirve a la vida.

El tiempo es una dimensión esencial del hombre y de su vida. En cada momento de éste pesa y está acumulando todo su pasado. Este pasado acumulado forma parte de la circunstancia e interviene en las decisiones vitales. Por consiguiente, sólo se puede dar razón de la vida humana apelando a la historia. La razón vital, es pues, esencialmente razón histórica.

Según Ortega, cada filosofía es sólo una visión desde el punto de vista en que se hace. Esta visión no es falsa, sino verdadera y real, pero parcial. Para conocerlo todo, sería necesario ocupar todos los puntos de vista posibles, pero estos son infinitos. El hombre no puede dejar su perspectiva sin dejar de ser él. Para tener una visión total de la realidad, de la vida, del hombre, tendría que ocupar todos los puntos de perspectiva, y esto es imposible dada su limitación. Fundir todas las perspectivas en una solo sería posible a Dios. Est último es lo que se ha denominado el perspectivismo orteguiano, que pretendía superar el relativismo.

Categorías: Paradigma · filosofía

Filosofía básica del Paradigma (Sartre III)

Marzo 23, 2009 · Dejar un comentario

Lo que forma parte intrínseca de la emoción es que aprehende en el objeto algo que la desborda infinitamente. Existe, en efecto, un mundo de la emoción. Un mundo, o sea, unas síntesis individuales que mantienen entre sí unas relaciones y poseen unas cualidades. Ahora bien, no se confiere a un objeto una cualidad sino mediante un paso hacia el infinito. Claro está que si aprehendo repentinamente un objeto como horrible no afirmo explícitamente que seguirá siéndolo para la eternidad. Pero solamente la afirmación de lo horrible como cualidad sustancial del objeto es ya en sí misma un paso hacia el infinito. Vivimos emotivamente una cualidad que penetra en nosotros, que padecemos y que nos rebasa por todas partes. De repente, la emoción se separa de sí misma, se trasciende; no es un episodio trivial de nuestra vida cotidiana, sino intuición de lo absoluto.

Lo mágico es el espíritu rondando entre las cosas, o sea, una síntesis irracional de la espontaneidad y pasividad. Es una actividad inerte, una conciencia pasivizada. Pues bien, precisamente bajo esta forma es como se nos aparecen los demás, y ello no se debe a nuestra posición con respecto a ellos, al efecto de nuestras pasiones, sino a una necesidad de esencia. En efecto, la conciencia no puede ser objeto trascendente más que sufriendo la modificación de pasividad.

Existen dos formas de emoción, según seamos nosotros los que constituimos la magia del mundo para reemplazar una actividad determinista que no puede realizarse, o sea el mundo mismo el que se revela repentinamente como mágico en torno nuestro.

Para Sartre, y como conclusión, el estudio de las emociones ha verificado perfectamente el siguiente principio: una emoción remite a lo que significa. Y lo que significa es la totalidad de las relaciones de la realidad -humana con el mundo. El paso hacia la emoción es una modificación total del “ser-en-el-mundo” según las leyes muy particulares de la magia. Pero vemos inmediatamente los límites de semejante descripción: la teoría psicológica de la emoción presupone una descripción previa de la afectividad en tanto que ésta constituye el ser de la realidad -humana; es decir, en tanto que resulta constitutivo para nuestra realidad -humana el ser realidad -humana afectiva.

Realmente convendría utilizar las disciplinas de la psicología fenomenológica por un lado, y por otro la fenomenología pura, todo ello enmarcado en un necesario recurso a lo empírico.

Categorías: Paradigma · filosofía

Filosofía básica del Paradigma (Sartre II)

Marzo 17, 2009 · Dejar un comentario

Desde este enfoque la alegría sería una conducta mágica que tiende a llevar a cabo como por conjuro la posesión del objeto deseado como totalidad instantánea. Esta conducta, si bien va unida a la certidumbre de que, tarde o temprano, la posesión se llevara a cabo, intenta de todos modos anticiparse a esa posesión.

La verdadera emoción va unida a la creencia. Las cualidades intencionadas sobre los objetos son aprehendidas como verdaderas. Esto quiere decir que la emoción es padecida. No puede uno librarse de ella a su antojo; va agotándose por sí misma pero no podemos detenerla.

Cabe pensar que la emoción no es simplemente interpretada, no es un comportamiento puro; es el comportamiento de un cuerpo que se halla en un determinado estado: el estado solo no provocaría el comportamiento, y el comportamiento sin el estado es una comedia; pero la emoción aparece en un cuerpo trastornado que desempeña una determinada conducta. El trastorno puede sobrevivir  a la conducta, pero la conducta constituye la forma y la significación del trastorno. Por otra parte, sin ese trastorno, la conducta sería pura significación, esquema afectivo. Nos encontramos efectivamente ante una forma sintética: para creer en las conductas mágicas hay que encontrarse trastornado.

La conciencia que se conmueve se asemeja bastante a la conciencia que se adormila. Así, pues, el origen de la emoción es una degradación espontánea y vivida de la conciencia frente al mundo. Lo que ésta no puede soportar de un determinado modo, trata de aprehenderlo de otro, adormeciéndose, acercándose a las conciencias del sueño, del ensueño y de la histeria. Y el trastorno del cuerpo no es sino la creencia vivida de la conciencia en tanto que vista desde el exterior. Cabe señalar, sin embargo:

1. Que la conciencia no tiene téticamente conciencia de sí misma como degradándose para librarse de la presión del mundo: sólo tiene una conciencia posicional de la degradación del mundo que se traslada al nivel mágico. Sin embargo, es conciencia no-tética de sí misma. En esta medida, y solo en esta medida, puede decirse de una emoción que no es sincera. No es de extrañar, pues, que la finalidad de la emoción no quede establecida por un acto de conciencia en el seno de la emoción misma. Esta finalidad no es, sin embargo, inconsciente: se agota en la constitución del objeto;

2. Que la conciencia cae en su propia trampa. Precisamente porque vive el nuevo aspecto del mundo creyendo en él, se ve atrapada en su propia creencia, exactamente como en el sueño o la histeria. La conciencia de la emoción está cautiva; pero no debe entenderse con ello que un ente cualquiera exterior a ella la haya encadenado. Ésta cautiva de sí misma, en el sentido de que no domina esta creencia, de que se esfuerza por vivir.

La conciencia se trasciende a sí misma, por esencia. Le resulta, pues, imposible recogerse en sí misma para dudar de que se halla fuera del objeto. Solo se conoce sobre el mundo.

Ese carácter de cautiverio no lo realiza la conciencia en sí misma, sino que lo aprehende sobre los objetos: los objetos son cautivadores, esclavizadores, pues se han apoderado de la conciencia. La liberación ha de venir de una reflexión purificadora o de una desaparición total de la situación conmovedora.

Categorías: Paradigma · filosofía

Filosofía básica del Paradigma (Sartre I)

Marzo 12, 2009 · Dejar un comentario

JEAN-PAUL SARTRE (1905-1980)

Nace y muere en Paris.

A continuación, y como obra significativa y para nosotros bastante útil, del más conocido representante del existencialismo francés, Jean-Paul Sartre, vamos a escoger pensamientos de su ensayo “Bosquejo de una teoría de las emociones”.

Sartre nos dice que todos los psicólogos han observado, sin duda, que lo que condena la emoción es una percepción, una representación-señal, etc. Pero se tiene la impresión de que luego, para ellos, la emoción se aleja del objeto para absorberse a sí misma. No son precisas muchas reflexiones para darse cuenta, al contrario, de que la emoción vuelve a cada instante al concepto y se nutre de él. Se describe, por ejemplo, la huida con miedo como si la huida no fuera una huida ante cierto objeto, como si el objeto del que se huye no permaneciera constantemente presente en la misma huida, como su tema, su razón de ser, como aquello ante lo cual se huye. Y es que el sujeto emocionado y el objeto emocionante se hallan unidos en una síntesis indisoluble. La emoción es una determinada manera de aprehender el mundo. La aprehensión del medio como única vía posible para alcanzar el fin (o si existen n medios, como los únicos n posibles, etc.) puede denominarse la intuición pragmatista del determinismo del mundo. Desde este punto de vista, el mundo que nos rodea -lo que los alemanes llaman Umwelt-, el mundo de nuestros deseos, de nuestras necesidades y de nuestros actos aparece como surcado de estrechos y rigurosos caminos que conducen a tal o cual fin determinado, es decir, a la aparición de un objeto creado. Naturalmente, aquí y allá, en todas partes, surgen trampas y acechanzas. Este mundo podría compararse con las bandejas móviles de las máquinas tragaderas sobre las que ruedan unas canicas: hay caminos trazados por hileras de alfileres y con frecuencia, en los cruces, se abren agujeros. La canica ha de recorrer un determinado trayecto tomando unos determinados caminos y sin hacer en los agujeros. Este mundo es difícil. Esta noción de dificultad no es una noción reflexiva que implique una relación con el yo. Allí está, sobre el mundo; es una cualidad del mundo que se da en la percepción (exactamente como los caminos hacia las potencialidades y como las potencialidades mismas y las exigencias de los objetos: libros que hay que leer, etc.), es el correlativo noemático de nuestra actividad emprendida o solamente concebida.

Podemos concebir ahora en qué consiste una emoción. Es una transformación del mundo. Cuando los caminos trazados se hacen demasiado difíciles o cuando no vislumbramos caminos, ya no podemos permanecer en un mundo tan urgente y difícil. Todas las vías están cortadas y, sin embargo, hay que actuar. Tratamos entonces de cambiar el mundo, o sea, de vivirlo como si la relación entre las cosas y sus potencialidades no estuvieran regidas por unos procesos deterministas sino mágicamente.  A través de un cambio de intención, lo mismo que en un cambio de conducta, aprehendemos un objeto nuevo o un objeto antiguo de un modo nuevo. No es  preciso situarse previamente en el plano reflexivo. Pues bien, del mismo modo, hay que concebir el cambio de intención y de conducta que caracterizan la emoción. La imposibilidad de hallar una solución al problema, aprehendido objetivamente como una cualidad del mundo, sirve de motivación a la nueva conciencia irreflexiva que aprehende ahora el mundo de otro modo y bajo un nuevo aspecto, que impone una nueva conducta -a través de la cual es aprehendido este aspecto- y que sirve de hylé a la nueva intención. Pero la conducta emotiva no se sitúa en el mismo plano que las demás conductas: no es afectiva. No se propone como objetivo actuar realmente sobre el objeto como tal a través de unos medios especiales. Trata de conferir por sí misma al objeto, y sin modificarlo en su estructura real, otra cualidad: una menor existencia, o una menor presencia, etc. En una palabra, en la emoción el cuerpo, dirigido por la conciencia, transforma sus relaciones con el mundo para que el mundo cambie sus cualidades.

Categorías: filosofía

OPERADORES CUÁNTICOS DE CREACIÓN Y ANIQUILACIÓN, por Alejandro R. Álvarez Silva.

Marzo 7, 2009 · 1 comentario

Como sabemos, el estado de un sistema cuántico se decribe por medio de la función de onda, pues ésta contiene en sí toda la información físicamente de interés al poder calcularse, a partir de ella, el valor esperado de cualquier variable dinámica, gracias al amplio uso que se realiza de los operadores matemáticos hermíticos que tienen la propiedad de que sus autovalores son siempre reales. Así lo son todas las magnitudes físicas, llamadas observables.

En Cuántica son de amplio uso los operadores de creación y aniquilación, que son utilizados para “crear” o “destruir”, respectivamente, una partícula (fotón, bosón, electrón, etc.) en el estado i en un sistema cuántico determinado.

En el apartado derecho, en Física Teórica (Biblopía), figura el texto completo de este artículo.

Categorías: ciencia

Filosofía básica del Paradigma (Bergson IV)

Marzo 5, 2009 · Dejar un comentario

Acerca de la inmortalidad del alma, el argumento racionalista, con Platón a la cabeza, consiste en decir: el alma es simple, por consiguiente no tiene por qué descomponerse al descomponerse el cuerpo. Pero el racionalismo olvida decirnos lo esencial, a saber, de qué unidad se trata. Además ¿qué sabemos, por esta vía, de la relación que hay entre el alma y el cuerpo para llegar a esta conclusión platónica? En cambio, si el espíritu es una durée que se va abriendo paso por las estructuras somáticas en la medida en la que ellas se lo permiten, no hay razón para que esta acción cese cuando haya cesado la materia. Tan cierto es esto intuitivamente, que justo entonces quien tendría que demostrar la muerte del alma es justamente el “mortalista”. La inmortalidad aparece como un hecho inmediato. Ciertamente no se trata sino de una supervivencia; no sabemos aún la duración misma de ella. Pero a fuerza de acumular probabilidades intuitivas llegamos asintóticamente a una verdadera certeza de la supervivencia para siempre.

La esencia de la conciencia es la memoria. Una realidad que no tuviera la capacidad de retener el pasado en un presente sería un espíritu de estructura puntual; cada acto comenzaría en cero, y aunque ejecutara actos iguales o parecidos a los de antes, esta semejanza sería mera repetición. Sería justo la inconsciencia. La conciencia es, pues, esencialmente  memoria. Ahora bien, la memoria no es un acto del cerebro. El cerebro no es un depósito de imágenes. En lugar de pensar que el cerebro es el órgano de la presencia de las imágenes, puede suponerse que el cerebro es el órgano de las ausencias, es decir, el órgano que selecciona lo que podemos recordar, ya que el cerebro es el órgano que permite y establece las condiciones de la inserción de la voluntad en la materia. “Recibe de la materia las percepciones  que constituyen su alimento, y se las devuelve en forma de movimiento en el que ha impreso su libertad”. El espíritu, pues, es una relidad propia irreductible a la de la materia y accesible tan sólo a la intuición.

La evolución es innovación. Es el élan que se va abriendo paso a paso a través de la materia. La vida va inventando por tanteo distintas formas de abrirse paso a paso a través de aquella. Se obtiene así unos sistemas que fracasan, y otros que son viables y tienen porvenir. Así es como se va constituyendo lo que después se llamó la biosfera. En este sentido de élan innovador, la evolución es algo inmediatamente aprehendido en la intuición. Para la intuición vivir es tener este élan, es crear, es inventar.

Esta concepción permite interpretar la totalidad de lo real. Ante todo, la diferencia entre la materia y la vida. El élan tiene una dirección ascendente en la que va innovando hasta la liberación completa del espíritu humano. Pero tiene una dirección descendente: si vamos reduciendo el élan al repetir siempre lo mismo, habremos obtenido justamente la materia inerte, una materia que, por lo mismo, carece de interioridad. La materia es pura repetición, sin creación ni invención. La materia es siempre la misma: es una eternidad de muerte. El espíritu nos lleva a algo que es siempre lo mismo, pero es una eternidad de vida, Dios.

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Filosofía básica del Paradigma (Bergson III)

Marzo 1, 2009 · Dejar un comentario

La coincidencia entre intuición y durée es el punto preciso en que se inscribe la verdad filosófica para Bergson. La verdad de la intuición no es una adecuación, sino una inserción simbiótica, simpática, es la durée misma. Como la durée es esencialmente imprevisible, por eso es quimérico representárnosla en términos de mero análisis conceptual. En este sentido es imposible encerrar en una fórmula la verdad absoluta de la durée. Es menester ir conviviéndola. De esta manera quizá no lleguemos a conclusiones absolutas, pero tendremos la seguridad de habernos mantenido en la realidad misma,y lograremos probabilidades crecientes, que en el límite equivalen a una certeza.

Para Bergson, en la base del simbolismo científico se hallan unos cuantos hechos, unas cuantas intuiciones fundamentales de las que la ciencia ha nacido y de las que recibe todo su valor. La ciencia generalmenta las ha olvidado. Es posible que crisis periódicas de su historia se las vuelvan a recordar. Pero la misión del filósofo consiste en almbrarlas de nuevo. El llamado relativismo de la ciencia significa tan solo que la ciencia es incompleta, lo cual es evidente.

Según Bergson, y particularizando en la Biología, el proceso sensitivo centrípeto es tan sólo un “seleccionador” de lo percibido, pero no es la percepción. La percepción es la presencia del espíritu en las cosas.

La vida ha dado al hombre una facultad de simpatía con la materia: es la inteligencia. Lo que en esta línea logra la inteligencia es una serie de verdades fragmentarias, pero verdades absolutas en su línea.

La ciencia no es ciencia por ser simbolización, sino por ser intuición simpática con la materia, y por serlo, es decir, por ser la materia algo sólido, es por lo que la ciencia puede y tiene que echar mano de la simbolización. La ciencia no es intrínsecamente relativa. El relativismo está tan sólo en la utilización de la ciencia en el dominio del espíritu. Es un dominio que pertenece a la metafísica.

En su opinión, el origen del ser es la nada, precisamente porque el origen es algo que está más allá de lo originado, y como lo originado es el ser, su origen es la nada. La inteligencia se coloca frente al ser, es decir, fuera de él, y entonces aprehende el ser justo desde allende el ser, esto es, desde la nada. Por este camino nunca llegará a descubrir el ser. Haría falta colocarse no fuera del ser, sino dentro de él, por intuición. Y entonces, en lugar de saltar del ser a la nada, lo que el espíritu descubre es el ser en su íntima condición.

El empirismo entiende por yo el complejo de estados de conciencia. Cuanto más profundo sea el análisis, se descubrirán más estados intermedios entre los estados dados. Lo que hacemos, entonces, es multiplicar los estados mentales y a lo sumo engarzarlos. La crítica de Hume nos viene, aquí, a mano: el yo, este hilo, no está dado jamás en la experiencia. El racionalismo hace lo contrario. Parte de que el yo es una unidad primaria. Los estados mentales son como atributos de este yo que, en su impasible unidad, salta, por así decirlo, de un estado a otro. Precisamente por esto la unidad del yo en sí mismo es meramente abstracta. En realidad, entre los estados mentales el empirisno socava un puente; pero a los dos se les escapa la fluencia del río que corre por la tierra. Es el yo profundo, a diferencia del yo superficial de los estados. Y es que el espíritu es esencialmente durée.

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