Introspección y “extrospección” (IV).

Apuntamos, tímidamente, dos caminos para introducirnos en este difícil mundo de la introversión: la generalización del principio antrópico y el existencialismo de Jaspers.

Dejaremos este último para un capítulo posterior.

El “principio antrópico” es un principio que subyace en un método de análisis cosmológico, y que toma su nombre del griego anthropos, hombre.

La aplicación de este principio en cosmología se basa en el razonamineto de que el que el universo real albergue a observadores inteligentes pone alunas restricciones a la diversidad de posibles comienzos del universo y a las leyes físicas que podrían haber regido su desarrollo. Por ejemplo, la variación de los valores de ciertas constantes físicas podrían dar origen a universos donde nunca se formaran los elementos químicos más pesados que el helio o donde las estrellas fuesen muy grandes, calientes y de vida corta. La mayoría de tales construcciones imaginarias de universos serían incapaces de crear y sustentar ninguna forma de vida inteligente.

Lo importante del primcipio antrópico estriba en su manera de razonar, opuesta a la deductiva, característica (aunque no única) del pensamiento científico hasta el presente. Cualquier teoría deductiva empieza especificando las condiciones iniciales de un sistema físico y las leyes que se aplican; a continuación la teoría predice el subsiguiente estado del sistema. Por ejemplo, pueden explicarse las condiciones presentes hoy día sobre la Tierra a partir de los datos sobre el tamaño inicial, la masa y la composición química de la nebulosa desde la que se condensó el Sistema Solar, pasando por la evolución del Sol y de los planetas y bajo el influjo de las fuerzas gravitacionales, reacciones nucleares, etc. En el cosmos se ha utilizado el principio antrópico, precisamente, porque las condiciones son completamente diferentes a las apuntadas: se deconocen las condiciones iniciales del universo y las leyes físicas que operaron en esos precisos momentos.

No es en modo alguno superfluo, dadas las circunstancias, acudir al principio antrópico, que simplemente impone a toda teoría que intente reconstruir las condiciones iniciales del universo y las correspondientes leyes físicas que operaban entonces, el requisito de que tales condiciones y leyes den origen a un universo habitado.

La aplicación del principio antrópico a la introspección podría ser interesante dada la similitud de problemas con que nos encontramos. Al igual que en cosmología no conocemos ni las condiciones iniciales de la vida, ni las verdaderas leyes que la sustentan. Con tan poco bagaje es imposible aplicar un método deductivo.

Nuestro método de razonar debe ser completamente distinto. Debemos partir de la idea de que la vida inteligente, el hombre, existe, y dado que existe con todo lo que supone, con sus facultades, sentimientos, conciencia, etc., toda teoría que trate de explicar el mundo que nos rodea debe tener en su seno unas condiciones iniciales y unas leyes capaces, con su evolución, de dar origen a todo ésto. Así, por ejemplo, una teoría puramente materialista de nuestro mundo, queda por completo fuera de juego, pues no hay forma de hacer evolucionar la materia hasta una conciencia, partiendo de las propiedades que la Ciencia siempre había supuesto en la materia.

El principio antrópico sugiere conexiones entre la existencia del hombre y aspectos de la Física que parecía no tenían mucho que ver con la Biología. En su forma más fuerte, del principio se deduce que el universo en que vivimos es el único cocebible donde pueda existir vida inteligente. Hay que advertir que, por supuesto, muchos cosmólogos y filósofos no están de acuerdo en cuanto a la utilidad, ni siquiera la legitimidad de dicho principio antrópico.

La introducción del principio antrópico en cosmogonía fue realizada por Robert H. Dicke, de la Universidad de Princeton, en 1961; lo propuso al analizar un trabajo de Dirac (quien postuló la existencia del positrón) de 30 años antes. Dirac había llamado la atención sobre ciertas curiosas relaciones numéricas entre constantes o números sin dimensiones que tienen un importante papel en Física y Astrofísica. Dichos números, al no estar asociados a ninguna unidad de medida, tienen el mismo valor en cualquier sistema de medición. Dirac relacionó varios ejemplos en los que el orden de magnitud es una potencia integral del número 10 elevado a 40.

Tres números prominentes en el trabajo de Dirac son medidas de fuerza, tiempo y masa. El primer número es una forma adimensional de las constantes de interacción gravitatoria, y mide la intensidad de la fuerza gravitatoria. Su valor aproximado es 10 elevado  a menos 40. La segunda cantidad sin dimensiones es la edad del universo expresada en unidades atómicas: Dirac lo definió como la razón de la edad de Hubble al tiempo tardado por la luz en recorrer una distancia igual al radio de un protón. El valor aproximado de esta razón es 10 elevado a 40. La tercera cantidad sin dimensiones es el número de partículas con masa (protones y neutrones) que hay en la región visible del universo. Los cálculos dan para este número el valor a proximado de 10 elevado a 80.

Dirac postuló tres relaciones ordomagnitudinales entre estas cantidades. Primera, que las constantes de interacción gravitacional es el recíproco de la edad del universo en unidades atómicas. Segunda, que el número de partículas con masa que hay en la región visible del universo es el cuadrado de su edad en unidades atómicas; y tercera, que la constante de interacción gravitacional es el recíproco de la raíz cuadrada del universo con partículas con masas definidas anteriormente. En opinión de Dirac, tales relaciones numéricas son tan llamativas que no se les puede tachar de coincidencias casuales, por ello propuso la hipótesis de que fueran el resultado de alguna conexión causal desconocida.

Una objeción inmediata contra estas ideas es que la edad del universo aumenta con el tiempo, por lo que las relaciones entre aquellos números tienen que ir cambiando continuamente, siendo una extraordinaria coincidencia el que sus valores se determinen precisamente cuando se corresponden entre sí. Dirac adelantándose a la objeción propuso también la hipótesis de que la constante intergravitacional y el número de partículas con masa cambian con el tiempo, de tal modo que las relaciones ordomagnitudinales sigan siendo válidas durante todo el tiempo. Para ello, ha de irse debilitando la gravedad en proporción inversa del tiempo, mientras que el número de partículas con masa debe aumentar en proporción directa al cuadrado del tiempo.

El análisis de Dirac no muy bien recibido hasta entonces, sí fue considerado en serio por Dicke.[…]

(De la obra del autor “Ciencia, filosofía, religión. Una visión armónica”)

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