Simbiotica's Blog

Hacia una simbiosis entre Ciencia y Filosofía.

Archivos de la categoría ‘Gen egoísta’

EL GEN Y LA REALIDAD (y VI)

Publicado por simbiotica en enero 2, 2008

EL GEN Y LA REALIDAD (y VI)

La cualidad al no ser real no existe para sí misma. En general, para el ser vivo su esencia sólo es real en el presente; si su “presente” corresponde al instante de su muerte, su desintegración material (desorganización que incapacita al ser para “sentir”, en particular su esencia), en este “presente” deja de ser real: su esencia es incapaz de superar su muerte.. En la criatura humana existe la realidad de la esencia (por la aparición de la conciencia) en toda su plenitud en cada uno de sus “presentes”. A la realidad del presente animal se superpone la realidad de toda su esencia completa, definida a lo largo de todo su pasado, presente y futuro, es decir, la realidad transtemporal; eso hace que aún en el instante final (óbito) exista la realidad de la esencia humana, con lo que puede superar el tiempo, apareciendo una nueva dimensión: la eternidad.
En otras palabras, animales y hombres, en general los seres vivos, poseen la realidad del presente esencial (quizás pudiera asimilarse esta realidad al llamado campo mental), pero el hombre al “sentir” su esencia plena (inteligencia sentiente) hace realidad en su instante presente su entera esencia, en una especie de retroalimentación vital que la hace por entero realidad, superándose en todo momento la realidad del presente. De esta forma, aún en el momento del óbito se supera el antedicho “campo mental”, conservándose la realidad de la esencia humana; es lo que llamamos la “trascendencia” del espíritu humano.
Según ésto, ¿el universo sería el marco en el que las esencias podrían hacerse reales?
El “sentimiento” de las cualidades por un ser va abriendo éstas a la realidad, desvaneciéndose las mismas en dicho ser, incrementando éste, así, su propia esencia, sin que dichas cualidades tengan realidad por sí mismas (o para sí mismas).
El sentimiento de la propia esencia se hace real en el ser, existiendo “quien” se hace cargo de esta realidad (lo que no cumple la cualidad).
La esencia del ser vivo no es una “cualidad” cualquiera, es una “cualidad transtemporal” que posee la particularidad de la temporalidad. Esto significa que la realidad de la esencia de cada presente está proyectada también en el pasado y en el futuro, y aún cuando, en el caso general, no pueda superar el tiempo, sí posee en sí el germen del tiempo, del movimiento, que no se agota en su propio presente. Ello hace posible la “unicidad” del ser vivo, gracias al “acoplo” de cada uno de los “presentes” entre sí, a través de la memoria de los pasados y los futuros que cada uno encierra.
La esencia de cada ser vivo puede ser “captada” por otro ser. (¿Esta captación puede suponer el incremento de la esencia de este último?… Si es así, la incorporación del agregado debería poseer el carácter de integridad como consecuencia de la unicidad anteriormente apuntada).

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | Deja un Comentario »

EL GEN Y LA REALIDAD (V)

Publicado por simbiotica en diciembre 28, 2007

EL GEN Y LA REALIDAD (V)

Los sentimientos de cada”presente” de nuestras vidas son eso, momentáneos, de cada presente, de cada instante. Nuestra “esencia” es la suma de”rescoldos” de cada “presente” de nuestras vidas, también del presente del instante final, o de nuestra muerte (que según esta versión, es un momento más, no el único que configure ya nuestro ser “posterior”). Entonces, el modo de “estar” en otra circunstancia que no sea el “mundo de la realidad” que conocemos es el modo de “estar” no de ningún “presente” (comp podría ser el “presente” que marca el instante final o de nuestra muerte), puesto que el tiempo y espacio fuera de “nuestra realidad” dejan de tener valor, sino el modo de “estar” de lo que está fuera de estas coordenadas espacio-temporales, es decir, de la “esencia” de nuestro ser.
El modo de “estar” de nuestra “esencia” en otra circunstancia (no nuestro mundo “real”) es algo que desconocemos por completo, y más, como hemos dicho, sin intuición (como sentimiento unido a una configuración material) de ello. Solamente habría una vía posible para acercarnos al conocimiento de esta cuestión, y sería el saber qué es verdaderamente la “esencia” de nuestro ser, puesto que la conexión entre el “estar” del devenir (después de nuestra muerte) y el sentimiento presente (actual) no puede tener más vía de transmisión que la misma “esencia”.
Ahora bien, sí pueden desecharse cuestiones a las que, curiosamente, estamos abocados cada vez que hablamos de nuestra muerte. Sería, por ejemplo, ese sentimiento de temor, ante la presencia de la misma, de permanecer por siempre como la materia inerte, falta de movilidad, como si la falta de movimiento equivaliese a una muerte. Y es que nada puede estar má alejado de la verdad, pues, ciertamente la materia nunca está quieta, siempre está tratando de inventar la vida. La misma materia es un verdadero ciclo de construcción y destrucción, de cambio… ,¡lo que nunca aparece en ella es la quietud! (La quietud no es más que el principio de inercia newtoniano ante la ausencia de fuerzas, precisamente ausencia que no se da en la naturaleza). Lo que sí representa la quietud es un instante de nuestra vida, el de la muerte, en el que, ciertamente, parece como si en dicho instante nos “disolviéramos” en la pura materia, como haciendo partícipe a la misma de nosotros mismos; pero nuestro espíritu no acaba ahí (es sólo un instante de su currículo), quizás en ese instante nuestro ser retome la materia toda… En ese preciso instante “adherimos” a la “esencia” de nuestro ser la misma mteria inanimada… Pero nuestra “esencia” como “historia” de unos presentes, como conjunto histórico de acontecimientos sigue ahí, en sí misma, como bloque, sin constreñirse a instante alguno… A partir de la muerte deja de ser real (no está ligada a ningún presente posterior del universo real), pero sigue siendo ella misma. No es real, pero existe… ¿No habría un cierto paralelismo con ese “mundo de cualidades” no real que vimos anteriormente?
No obstante, ese “mundo de cualidades” sí es distinto en el sentido de que la esencia de los seres vivos es transcurrente, está referida al tiempo, lo que le da un aspecto novedoso respecto a los componentes de ese “mundo de cualidades”. Verdaderamente, lo único que les asemeja es esa particularidad de que ambos existen pero no son reales nada más que en ciertas circunstancias. El “mundo de cualidades” se hace real en los “estímulos” que aparecen en los seres vivos. La “esencia” de los seres vivos en los sucesivos “presentes” de los mismos. Estos “presentes”, como apuntaba Zubiri, tienen en sí el “germen” del mismo tiempo, pues, en cada presente viene definido ya un cierto pasado y un cierto futuro, justo los necesarios para que el presente pueda definirse como tal. O sea, en el “presente” de cada ser vivo la esencia del mismo se hace real, y por lo anterior, esta realidad del presente encierra en sí la temporalidad, el movimiento.
La cualidad se hace real en el estímulo que aparece en el ser vivo. Es real, pues, para este ser vivo, pero no es real para sí misma; no tiene realidad en sí misma. La esencia del ser vivo se hace real en el ser vivo, en su “presente”.
Y es que parece intuirse que una cualidad se haría real en sí misma sólo si el ser vivo que la “sintiese” fuese la misma cualidad (acto reflejo). Ninguna cualidad que no sea el mismo ser vivo (su esencia) tiene capacidad para ello. Todo ser vivo está capacitado para “captar” aspectos de su propia esencia en cada uno de sus “presentes” temporales. La evolución va produciendo seres cada vez más complejos, cada vez más capaces de “sentir” en mayor medida su esencia. Es posible que la conciencia humana sea el resultado de la “captación total” de su esencia por el animal hombre, ya que la esencia se hace real en su totalidad en el presente de aquella criatura capaz de “sentirla” íntegramente.

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | 1 comentario

EL GEN Y LA REALIDAD (IV)

Publicado por simbiotica en diciembre 25, 2007

EL GEN Y LA REALIDAD (IV)
Deberíamos separar lo que existe de lo real. El concepto de lo real es algo apriorístico para nuestra mente; es algo, según Zubiri, que se nos ha dado de antemano a nuestra mente. Lo que existe, a veces, no es real. Una idea existe, pero no tiene por qué ser real. De igual forma, ese “mundo de cualidades” existe pero no es real. Así que, de forma impropia, como ya hemos advertido, podríamos decir que en el estímulo se produce la “captación” o “recepción” de parte de ese “mundo de cualidades” por el ser viviente. Y volvemos a reiterar que esta “captación” sólo se entiende en el sentido anteriormente apuntado. La creciente complejidad de los seres vivientes les va capacitando para la “captación” de unas emociones y sentimientos desconocidos para los niveles inferiores: es otra forma de expresar la ley de la complejidad-conciencia apuntada por Teilhard.
Desconocemos los “niveles” de la citada ley; sólo los más evidentes se nos hacen presentes, como el que supone la captación de la realidad por parte del hombre (la intelección sentiente de Zubiri), y la aparición de la subsiguiente conciencia con los sentimientos de eternidad e infinitud que la adornan.
La vida, tal como la conocemos, refleja que toda función “superior” no sólo ha sido reclamada por la “inferior”, sino que está sustentada por ella, justo por aquello mismo que en esta función inferior (y por ser ella lo que es) exige la función superior (lo que llama Zubiri “subtensión dinámica” de unas funciones por otras).
Si la relación entre funciones inferiores y superiores en el organismo vivo es tal “subtensión dinámica”, tales funciones inferiores y superiores no pueden existir independientes, es decir, una sin la otra. De ello se deduce que a toda función superior le son completamente imprescindibles las funciones inferiores; los niveles superiores necesitan de los inferiores, y estos últimos están “reclamando” a los primeros. La vida es “una” desde los niveles inferiores a los superiores.
Teológicamente entrevemos que en la “noosfera” de Teilhard de Chardin, el nivel superior (más cercano al Ser Superior) necesita de todos los niveles inferiores al nuestro, cual son los otros animales, el manto vegetal y la misma materia.
El universo entero, pues, está dotado de una evidente unicidad; la criatura superior a la que quizás la evolución algún día dé a luz, llamémosla Superhombre, Dios, Unidad Suprema, etc. necesita de todo el universo, a lo largo de todo “su” presente, del pasado transcurrido antes de Él, y del devenir que no esté aún configurado. Nosotros, como consecuencia de la “realidad” que conocemos, somos completamente necesarios para esta criatura superior, cuya aparición en este mundo “real” nuestro espíritu “reclama”. Y recalcamos que todo esto no sucede en un mundo imaginario creación de nuestra mente. El universo es real, está dotado de “realidad”, y en esta realidad este ser supremo debe aparecer, de igual forma que nosotros somos reales. Hay una unicidad de todo el universo en la “realidad” que conocemos; hay una “subtensión dinámica” entre el ser supremo, nosotros y todos los niveles inferiores a nosotros como són los demás animales, el mundo vegetal y la propia materia.
La desaparición de cada uno de nosotros de este mundo real, después de nuestra muerte individual, nos hará salir de la realidad que conocemos, y todo lo que hemos dicho anteriormente dejará de tener lugar, es más, la extrapolación de cualquiera de estas consecuencias a otro “mundo” para lo que no poseemos la más mínima apoyatura, algo que sí adornaba a la especulación en lo real, no es más que una simple conjetura o ilusión sin base cierta (o real). La “subtensión dinámica” de las criaturas en el “organismo” que supone la Vida con mayúsculas, no tiene por qué extrapolarse a otro mundo que no sea el que vivimos y en el que estamos inmersos. Ante lo “devenir”, después de este supremo acontecimiento que es nuestra muerte individual, sólo podemos colocar la formidable incógnita de nuestro desconocimiento. Nuestras intuiciones, como forma de sentimientos, tienen que ver con una cierta organización de la materia que compone nuetro organismo; la materia desorganizada que es lo que supone nuestro óbito, sólo es capaz de intuir su propio ser como materia. la intuición de nuestra muerte es la intuición de la pura y simple materia; en nuestra muerte volvemos a lo que “siente” la propia materia en sí… ¿El caos primordial, tal vez?

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | Deja un Comentario »

EL GEN Y LA REALIDAD (III)

Publicado por simbiotica en diciembre 21, 2007

EL GEN Y LA REALIDAD (III)
Estamos con Zubiri en que el “faro” de todo es la realidad; otras construcciones mentales pueden estar dotadas de belleza, pero son, como se dice en Física Cuántica, posibilidades que se decantan o desvanecen ante el hecho, el suceso, el acontecimiento, en suma, ante lo “real”.
Materia, vida y mente son estrictamente la realidad, no una elucubración teórica. Esta realidad presupone la realidad de lo que hace posible la materia, la vida y la mente. Luego es real el átomo, las moléculas, los “instintos” (sin pararnos a definir estos instintos, pues los estamos tomando en su acepción más amplia) que definen la vida, la “esencia básica” de lo que constituye la mente.
Continuando el texto antedicho, transcribimos: “Es real la emoción que preside cualquier instante de nuestra vida: al admirar la belleza, en la recepción de un color, en el acto de intelección, etc. Y estas emociones son muy diversas. Cada criatura del “árbol filogenético” posee las suyas, estrechamente relacionadas con las “sensibilidades” de que está dotado cada organismo, el cual está construido a partir de las instrucciones escritas en su código genético. El gen que configura el organismo es en último lugar el responsable de las distintas sensibilidades que hacen posible el abanico de sentimientos de que es capaz cada criatura. El código genético de cada criatura viva “hace posible”, pues, la recepción de un conjunto de sentimientos o emociones por parte de ésta. Cuando hablamos de “recepción” no queremos presuponer, sin más, la existencia de “ciertas cosas” fuera del propio ser del individuo que son recogidas por éste en lo que llamamos la emoción o el sentimiento. Aquí, también, nos parece plausible la concepción del estímulo zubiriano, en cuanto a la “realidad” del estímulo en sí, compuesto necesario e inseparable del dualismo: causa física (radiación, etc.) y órgano receptor del mismo. Ahora bien, sí podemos decir, sin presuponer nada y sin ir más allá de lo que estamos diciendo, que la estructura organizativa del organismo es la condición necesaria para que el sentimiento y la emoción tengan lugar, se produzcan, es decir, se hagan reales, en otras palabras, esa especial organización, transcripción del código genético, hace posible que la emoción y el sentimiento puedan existir en el universo, de forma concreta, en el concepto zubiriano del “de suyo” de cada criatura.
Así que, impropiamente podemos hablar de la existencia de “cualidades” (subjetivismos tales como emociones y sentimientos) que aparecen en la materia organizada (seres vivientes) y que varían de acuerdo con esta organización o “complejidad” (para atenernos al término acuñado tan felizmente por el filósofo Teilhard de Chardin). Y seguimos hablando, impropiamente, del conjunto de esas cualidades que, si bien es cierto, no tienen entidad real por sí solas, pues reiteramos, nos ceñimos al concepto estricto del estímulo zubiriano, forman parte de un mundo, por supuesto, fuera de la realidad (mejor, “nuestra” realidad, la única conocida) que , por otra parte, hace posible esta realidad que conocemos. Y es que la vida y la mente, componentes de nuestra realidad cotidiana, a través de sus cualidades más significativas como sentimiento y emoción, reflejan continuamente la injerencia de ese mundo o “conjunto de cualidades” situadas fuera del plano real.”

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | Deja un Comentario »

EL GEN Y LA REALIDAD (II)

Publicado por simbiotica en diciembre 18, 2007

EL GEN Y LA RELIDAD (II)
De inmediato podrá hacérsenos una objeción. La “expansión” de la esencia del gen en el tiempo y el espacio, siendo este último como es un simple código, todo lo elaborado que queramos, y cuya base es la identidad del ser en cada una de las duplicidades citadas, recuerda fuertemente a las simples moléculas y átomos cuya identidad, si cabe, es más palpable. ¿Es que la “esencia” del átomo de cualquier elemento está “expandida” de igual forma en el tiempo y el espacio? Tengamos en cuenta que el átomo desde su génesis prácticamente va a durar una eternidad, para ser exactos hasta la desintegración del cosmos en energía (salvando, claro está, los elementos radiactivos). Pues bien, la objeción es tremendamente fuerte y muy evidente. El problema no puede soslayarse por mediación de explicaciones más o menos artificiosas, pues entramos de lleno en el quid de la cuestión. A grandes problemas, grandes soluciones, mejor, una solución drástica, definitiva, nunca buscada por lo que significa… Y es que, no queda más remedio que reconocer, rotundamente, que la simple materia, aún en sus más bajos niveles de organización, “palpita”, puesto que su esencia es ya el germen de la vida futura. La esencia de la misma materia contiene, al igual que el gen, una “memoria” de todos los acontecimientos en los que interviene a lo largo de todo lo ancho del espacio y el tiempo del cosmos, mejor, a lo largo de su presencia en el cosmos, estén definidas en el mismo cualquier dimensión, cuestión esta en la que no queremos entrar.
La materia rezuma vida, rezuma voluntad (la voluntd de Schopenhauer ); posee en sí misma toda la potencia necesaria para que por su intermediación las criaturas sientan todas las emociones y sensaciones presentes en la naturaleza. (Para Nietzsche la “voluntad” presenta en el hombre características distintas a las apuntadas por Schopenhauer).
La materia, el gen, posibilita en general una cierta configuración de las criaturas, de la materia viva y a cada configuración corresponde la capacidad de recepcionar las mil y una sensaciones posibles de la naturaleza. La “esencia” del átomo, por ejemplo, “para sí” quizás sólo puede sentir su existencia, su “voluntad” de conservación, pero su “actuación”, al formar parte de un gen, que a su vez configura la constitución de un organismo, posibilita al final, en este último, la recepción por el mismo de unas precisas sensibilidades o emociones. La existencia de un gen no es eterna por eso su “memoria”, que implementa su esencia, no puede tener constancia de acontecimientos que van más allá del tiempo. Sin embargo, el átomo que forme parte posteriormente de otro gen, en su esencia sí puede tener “reflejados” acontecimientos de un futuro más lejano, tanto como el final del mismo universo, por ello, la “influencia” de este átomo en el momento presente podría posibilitar la recepción de “algo” perteneciente al mismo final del universo todo. ¿Qué estamos diciendo?… Pues, suponiendo la evolución como una línea ascendente de complejidad de la vida, podemos intuir el final de esta cadena, es decir, el cenit, por la observación “si estamos capacitados para ello” de la misma materia. El sentimiento general en todas las civilizaciones de un ser supremo, unitario, todopoderoso ha podido ser intuido desde muy antiguo, simplemente observando las cualidades positivas que observamos en el cosmos, en la simple materia, en la simple realidad. Por cierto, en este punto es conveniente manifestar que nos adherimos a la doctrina “materialista” del filósofo españól Xavier Zubiri (verdaderamente una materia con características totalmente espirituales, a su pesar), que esencialmente niega la existencia de algo fuera de la estricta realidad, de la materia que nos rodea que guarda en sí no sólo la simple materia estudiada por la Física, sino la vida, la complejidad organizada sentiente, el “de suyo” de “Zubiri”.

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | Deja un Comentario »

EL GEN Y LA REALIDAD (I)

Publicado por simbiotica en diciembre 13, 2007

EL GEN Y LA REALIDAD (I)
Las pautas de sensaciones agradables o desagradables en los sres vivos “pivotan” alrededor de un gen o grupo de genes. Este tipo de sensaciones a las que podemos calificar genéricamente de positivas o negativas, pueden ser sumamente variables, distintas, y forman el conjunto de emociones que es capaz de sentir cada criatura. Por consiguiente, el gen produce la impronta, o la capacidad en el ser vivo de poder sentir la correspondiente emoción.
En cuanto a la influencia del gen sobre los instintos o sentimientos de las criaturas que lo portan, volvamos a acudir al texto de consulta (“Ciencia, Filosofía, Religión. Una visión armónica”). En su página 19, se dice:
“El gen como estructura posee una “esencia” (al estilo definido por el filósofo español Zubiri) inmutable a lo largo de su existencia.
En el ejemplo ilustrativo de la filogenia del ojo de un mamífero, dicho órgano es el resultado de la colaboración de un grupo de genes, no de uno sólo, por otra parte, algo bastante frecuente en la gestación de cualquier órgano. Esta colaboración produce un beneficio mutuo para todos, por lo que, en realidad se asemeja a una relación simbiótica. Un gen individual de los que pertenecen a esa “simbiosis”, en tiempos anteriores a esa relación, llevará “marcado” en su “esencia” el fruto de la misma, ese “aparente” futuro simbiótico (futuro para la criatura que porta el gen, no para dicho gen). Entonces, la “impronta” de esa relación favorable al gen (repetimos, a nuestros ojos perteneciente al futuro) quedará fijada en la criatura actual. En otras palabras, la criatura se verá inclinada instintivamente a tender en sus acciones a favorecer todo aquello que, sin percatarse, le acerca a la filogénesis de ese órgano complejo moldeado por los genes simbióticos. Nuestro aparente futuro no lo es tal para el gen. Esto es así porque la duplicación del gen en la reproducción origina genes en todo idénticos, idénticos en el presente pero, también, idénticos, sucesivamente a lo largo del tiempo, hasta que cambie por alguna mutación o fenezca por la muerte de las criaturas que lo portan; ello equivale a la ampliación o expansión del gen a lo ancho del espacio (número de genes idénticos existentes en cada instante) y del tiempo (número de genes descendientes idénticos desde la aparición de gen a su desaparición). Esta ampliación del gen en el espacio y el tiempo se comporta como un solo organismo, pues posee una sola “esencia”; las múltiples interrelaciones de este “ente” con el entorno (en sentido amplio) marcaran una “cierta memoria” en su propia “esencia”. La clase de “impronta” que produce el gen en cada criatura que lo porta en el “marcaje” del instinto, debe tener que ver con la “esencia” del gen, por eso la “memoria” que guarda el gen de la relación simbiótica debería traducirse en una cierta influencia, un cierto instinto o tendencia sobre la criatura portante. Para el gen es su realidad “presente”, su “ahora” en su “ente” expandido a lo largo de un cierto espacio y tiempo que indica su presencia en el mundo. En nosotros, en las criaturas, presenta la apariencia de una anticipación del futuro, de una inexplicable influencia del futuro sobre el presente.
El resultado de todo esto es la aceleración de la evolución, es decir, la habilitación de cambios evolutivos que requirirían para su producción de períodos muchísimo más largos, lo que ha hecho posible la vida que conocemos.”

Publicado en CIENCIA, Gen egoísta, Uncategorized | Etiquetado: | Deja un Comentario »

“La polémica del gen egoísta (VI)” , de la obra “El parto de Dios”

Publicado por simbiotica en enero 23, 2007

“No obstante, ese “mundo de cualidades” sí es distinto en el sentido de que la esencia de los seres vivos es transcurrente, está referida al tiempo, lo que le da un aspecto noveoso respecto a los componentes de ese “mundo de cualidades”. Verdaderamente, lo único que les asemeja es esa particularidad de que ambos existen pero no son reales nada más que en ciertas circunstancias. El “mundo de cualidades” se hace real en los “estímulos” que aparecen en los seres vivos. La “esencia” de los seres vivos en los sucesivos “presentes” de los mismos. Estos “presentes”, como apuntaba Zubiri, tienen en sí el “germen” del mismo tiempo, pues, en cada presente viene definido ya un cierto pasado y un cierto futuro, justo los necesarios para que el presente pueda definirse como tal. O sea, en el “presente” de cada ser vivo la esencia del mismo se hace real, y por lo anterior, esta realidad del presente encierra en sí la temporalidad, el movimiento.

La cualidad se hace real en el estímulo que aparece en el ser vivo. Es real, pues, para este ser vivo, pero no es real para sí misma; no tiene realidad en sí misma. La esencia del ser vivo se hace real en el ser vivo, en su “presente”.

Y es que parece intuirse que una cualidad se haría real en sí misma sólo si el ser vivo que la “sintiese” fuese la misma cualidad (acto reflejo). Ninguna cualidad que no sea el mismo ser vivo (su esencia) tiene capacidad para ello. Todo ser vivo está capacitado para “captar” aspectos de su propia esencia en cada uno de sus “presentes” temporales. La evolución va produciendo seres cada vez más complejos, cada vez más capaces de “sentir” en mayor medida su esencia. Es posible que la conciencia humana sea el resultado de la “captación total” de su esencia por el animal hombre, ya que la esencia se hace real en su totalidad en el presente de aquella criatura capaz de “sentirla” íntegramente.

La cualidad al no ser real no existe para sí misma. En general, para el ser vivo su esencia sólo es real en el presente; si su “presente” corresponde al instante de su muerte, su desintegración material (desorganización que incapacita al ser para “sentir”, en particular su esencia), en este presente deja de ser real: su esencia es incapaz de superar su muerte. En la criatura humana existe la realidad de la esencia (por la aparición de la conciencia) en toda su plenitud en cada uno de sus “presentes”. A la realidad del presente animal se superpone la realidad de toda su esencia completa, definida a lo largo de todo su pasado, presente y futuro, es decir, la realidad transpersonal, y eso hace que aún en el instante final (óbito) exista la realidad de la esencia humana, con lo que puede superar el tiempo, apareciendo una nueva dimensión: la eternidad.

En otras palabras, animales y hombres, en general seres vivos, poseen la realidad del presente esencial (quizás pudiera asimilarse esta realidad al llamado campo mental), pero el hombre al “sentir” su esencia plena (inteligencia sentiente) hace realidad en su instante presente su entera esencia, en una especie de retroalimentación vital que le hace por entero realidad, superándose en todo momento la realidad del presente. De esta forma, aún en el momento del óbito se supera el mismo “campo mental”, conservándose la realidad de la esencia humana; es lo que llamamos “la trascendencia” del espíritu humano.

Según ésto, ¿el universo sería el marco en el que las esencias podrían hacerse reales?

El sentimiento de la propia esencia se hace real en el ser, existiendo “quien” se hace cargo de esta realidad (lo que no cumple la cualidad).

La esencia del ser vivo no es una “cualidad” cualquiera, es una “cualidad transtemporal”, que posee la particularidad de la temporalidad. Esto significa que la realidad de la esencia de cada presente está proyectada también en el pasado y en el futuro, y aún cuando, en el caso general, no pueda superar el tiempo, sí posee en sí el germen del tiempo, del movimiento, que no se agota en su propio presente. Ello hace posible la “unicidad” del ser vivo, gracias al “acoplo” de cada uno de los “presentes” entre sí, a través de la memoria d elos pasados y los futuros que cada uno encierra.

La esencia de cada ser vivo puede ser “captada” por otro ser. (¿Esta captación puede suponer el incremento de la esencia de este último?… Si así fuese, la incorporación del agregado debería poseer el carácter de integridad como consecuencia de la unicidad anteriormente apuntada).”

Publicado en El "parto" de Dios, Gen egoísta | Deja un Comentario »

“La polémica del gen egoísta (V)”, de la obra “El parto de Dios”.

Publicado por simbiotica en enero 17, 2007

“La desaparición de cada uno de nosotros de este mundo real, después de nuestra muerte individual, nos hará salir de la realidad que conocemos, y todo lo que hemos dicho anteriormente dejará de tener lugar, es más, la extrapolación de cualquiera de estas consecuencias a otro “mundo” para lo que no poseemos la más mínima apoyatura, algo que sí adornaba a la especulación en lo real, no es más que una simple conjetura o ilusión sin base cierta (o real). La “subtensión dinámica” de las criaturas en el “organismo” que supone la Vida con mayúsculas, no tiene por qué extrapolarse a otro mundo que no sea el que vivimos y en el que estamos inmersos. Ante lo devenir, después de este supremo acontecimiento que es nuestra muerte individual, sólo podemos colocar la formidable incógnita de nuestro desconocimiento. Nuestras intuiciones, como forma de sentimientos, tienen que ver con una cierta organización de la materia que compone nuestro organismo; la materia desorganizada que es lo que supone nuestro óbito sólo es capaz de intuir su propio ser como materia; en nuestra muerte volvemos a lo que “siente” la propia materia en sí… ¿El caos primordial, tal vez?…

Los sentimientos de cada “presente” de nuestras vidas son eso, momentáneos, de cada presente, de cada instante. Nuestra “esencia” es la suma de “rescoldos” de cada “presente” de nuestras vidas, también del presente del instante final, o de nuestra muerte (que según esta versión, es un momento más, no el único que configure ya nuestro ser “posterior”). Entonces, el modo de “estar” en otra circunstancia que no sea el “mundo de la realidad” que conocemos, es el modo de “estar” no de ningún “presente” (como podría ser el “presente” que narca el instante final o de nuestra muerte), puesto que tiempo y espacio fuera de “nuestra realidad” dejan de tener valor, sino el modo de “estar” de lo que está fuera de estas coordenadas espacio-temporales, es decir, de la “esencia” de nuestro ser.

El modo de “estar” de nuestra “esencia” en otra “circunstancia” (no nuestro mundo “real”) es algo que desconocemos por completo, y más, como hemos dicho, sin intuición (como sentimiento unido siempre a una configuración material) de ello. Solamente habría una vía posible para acercarnos al conocimiento de esta cuestión, y sería el saber qué es verdaderamente la “esencia” de nuestro ser, puesto que la conexión entre el “estar” del devenir (después de nuestra muerte) y el sentimiento presente (actual) no puede tener más vías de transmisión que la misma “esencia”.

Ahora bien, sí pueden desecharse cuestiones a las que, curiosamente, estamos abocados cada vez que hablamos de nuestra muerte. Sería, por ejemplo, ese sentimiento de temor, ante la presencia de la misma, de permanecer por siempre como la materia inerte, falta de movilidad, como si la falta de movimiento equivaliese a una muerte. Y es que nada puede estar más alejado de la verdad, pues, ciertamente la materia nunca está quieta, siempre está intentando inventar la vida. La misma materia es un verdadero ciclo de construcción y destrucción, de cambio,… ¡lo que nunca aparece en ella es la quietud! (La quietud no es más que el principio de inercia newtoniano ante la ausencia de fuerzas, precisamente ausencia que no se da en la naturaleza). Lo que sí representa la quietud es un instante de nuestra vida, el de la muerte, en el que, ciertamente, parece como si en dicho instante nos “disolviéramos” en la pura materia, como haciendo partícipe a la misma de nosotros mismos; pero nuestro espíritu no acaba ahí (es sólo un instante de su currículo), quizás en ese instante nuestro ser retome la materia inanimada… Pero nuestra “esencia” como “historia” de unos presentes, como conjunto histórico de acontecimientos sigue ahí, en sí misma, como bloque, sin constreñirse a instante alguno… A partir de la muerte deja de ser real (no está ligada a ningún presente posterior del universo real), pero sigue siendo ella misma. No es real, pero existe… ¿No habría un cierto paralelismo con ese “mundo de cualidades” no real que vimos anteriormente?”

Publicado en El "parto" de Dios, Gen egoísta | Deja un Comentario »

La polémica del gen egoísta (IV) (De la obra “El parto de Dios”)

Publicado por simbiotica en enero 14, 2007

“Así que, impropiamente podemoa hablar de la existencia de “cualidades” (subjetivismos tales como emociones y sentimientos) que aparecen en la materia organizada (seres vivientes) y que varían de acuerdo con esta organización o “complejidad” (para atenernos al término acuñado tan felizmente por el filósofo Teilhard de Chardin). Y seguimos hablando, impropiamente, del conjunto de esas cualidades que, si bien es cierto no tienen entidad por sí solas, pues reiteramos nos ceñimos al concepto estricto del estímulo zubiriano, forman parte de un mundo, por supuesto, fuera de la realidad (mejor, “nuestra” realidad, la única conocida) que, por otra parte, hace posible esta realidad que conocemos. Y es que la vida y la mente, componentes de nuestra realidad cotidiana, a través de sus cualidades más significativas como sentimiento y emoción, reflejan continuamente la injerencia de ese mundo o “conjunto de cualidades” situadas fuera del plano de la realidad.

Deberíamos separar lo que existe de lo que es real. El concepto de lo real es algo apriorístico para nuestra mente; es algo, según Zubiri, que se nos ha dado de antemano a nuestra mente. Lo que existe, a veces, no es real. Una idea existe, pero no tiene por qué ser real. De igual forma, ese “mundo de cualidades” existe pero no es real. Así que, de forma impropia como ya hemos advertido, podríamos decir que en el estímulo se produce la “captación” o “recepción” de parte de ese “mundo de cualidades” por el ser viviente. Y volvemos a reiterar que esta “captación” sólo se entiende en el sentido anteriormente apuntado. La creciente complejidad de los seres vivientes les va capacitando para la “captación” de unas emociones y sentimientos desconocidos para los niveles inferiores: es otra forma de expresar la ley de la complejidad-conciencia apuntada por Teilhard.

Desconocemos los “niveles” de la citadad ley; sólo los más evidentes se nos hacen presentes, como el que supone la captación de la realidad por parte del hombre (la intelección sentiente de Zubiri)), y la aparición de la subsiguiente conciencia con los sentimientos de eternidad e infinitud que la adornan.

La vida, tal como la conocemos, refleja que toda función “superior” no sólo ha sido reclamada por la “inferior”, sino que está sustentada por ella, justo por aquello mismo que en esta función inferior (y por ser ella lo que es) exige la función superior (lo que llama Zubiri “subtensión dinámica” de unas funciones por otras).

Si la relación entre funciones inferiores y superiores en el organismo vivo es tal “subtensión dinámica”, tales funciones inferiores y superiores no pueden existir independientes, es decir, una sin la otra. De ello se deduce que a toda función superior le son completamente imprescindibles las funciones inferiores; los niveles superiores necesitan de los inferiores, y estos últimos están “reclamando” a los primeros. La vida es “una” desde los niveles inferiores a los superiores.

Teológicamente entrevemos que en la “noosfera” de Teilhard de Chardin, el nivel superior (más cercano al Ser Supremo) necesita de todos los niveles inmediatamente inferiores, que son los demás individuos como nosotros, y es más, también de los niveles inferiores al nuestro, cual son los animales, el manto vegetal y la misma materia.

El universo entero, pes, está dotado de una evidente unicidad; la criatura superior a la que, quizás, la evolución algún día de a luz, llamémosla Superhombre, Dios, Unidad Suprema, etc., necesita de todo el universo, a lo largo de todo “su” presente, del pasado transcurrido antes de Él, y del devenir que no esté aún configurado. Nosotros, como consecuencia de la “realidad” que conocemos, somos completamente necesarios para esa Criatura Superior, cuya aparición en este mundo “real” nuestro espíritu “reclama”. Y recalcamos que todo esto no sucede en un mundo imaginario creación de nuestra mente. El universo es real, está dotado de “realidad”, y en esta realidad este Ser Supremo debe aparecer, de igual forma que nosotros somos reales. Hay una unicidad de todo el universo en la “realidad” que conocemos; hay una “subtensión dinámica” entre el Ser Supremo, nosotros y todos los niveles inferiores a nosotros como son los demás animales, el mundo vegetal y la propia materia.”

Publicado en El "parto" de Dios, Gen egoísta | Deja un Comentario »

Cap.2. El Fenómeno vital. Apartado III. La polémica del gen egoísta (3ª parte). (Del libro “El parto de Dios”).

Publicado por simbiotica en enero 8, 2007

LA POLÉMICA DEL GEN EGOÍSTA.

“Hubo un tiempo en que la ciencia era el signo de la modernidad, del progresismo; era un renacimiento de la antigua y adelantada sabiduría de tiempos pasados, apagada por el oscurantismo de la Edad Media. Hoy en día, aunque no pueda hablarse en justicia de toda la ciencia, sí hay en ella una tendencia general (al menos en lo más visible) conservadora, dogmática, indiferente, y a veces casi opuesta, a los aires renovadores que, por contra, casi corren paralelos e impregnan a la antigua magia cuasireligiosa de nuestros más vetustos ancestros. Es cierto que no hay peor ciencia que una ciencia contaminada del subjetivismo que se antepone a los hechos objetivos. La seriedad ante este peligro se entiende y hasta aquí es comprensible, pero ¿realmente los continuos rechazos a los nuevos aires e ideas por parte de la ciencia oficial provienen en su totalidad de este planteamiento? ¿No es verdad que en muchísimas ocasiones dicho comportamiento se parece más a una forma de conservar un status o unos privilegios que, por ridículos, se parecerían más a los de los arcaicos “popes” de las antiguas religiones oficiales?

Si en algún ámbito puede seguir teniendo, todavía, un verdadero valor la filosofía es en el que estamos abordando. Ya que la ciencia no quiere descender a las cuestiones esenciales tan importantes para nuestras personas, tan sustanciales para sus espíritus, en resumen, tan fundamentales para su “estar en la vida”, tendremos que volver a acudir a nuestra original filosofía, aquella ciencia de la sabiduría, madre de la ciencia actual. Estas disquisiciones que quisieran ser profundamente científicas, necesariamente han de ser estrictamente filosóficas. Nuestras referencias obligatoriamente han de pasearse por los más eminentes filósofos, y de ellos deben beber nuestras fuentes. Así que éste no es un libro científico, es un libro filosófico, es un libro de “sabiduría científica”… No nos preocupemos más de estas cuestiones, ya que en el fondo da igual, cuando lo que se busca y se pretende desvelar es la simple realidad, la verdad. ¡Dejemos para los críticos la ubicación de esa verdad!

Estamos con Zubiri en que el “faro” de todo es la realidad; otras elucubraciones o construcciones mentales pueden estar dotadas de una cierta belleza, pero son como en física cuántica, posibilidades que se decantan o desvanecen ante el hecho, el suceso, el acontecimiento, en suma, ante lo “real”.

La realidad, pues, igual que para Zubiri, es nuestra guía. Y la realidad nos enseña que en el universo existe la materia de que nos habla la física, la vida que nos enseña la biología, la evolución darwiniana, la “mental”, evidente por sí misma y de la cual somos privilegiados testigos. Cada una de ellas (materia, vida, mente) posee cualidades irreductibles: la mente presupone la vida, y la vida presupone la materia. Pero vida es “algo más que materia”, o si queremos, la vida es una cualidad de la materia que se presenta cuando esta última posee cierta distribución u organización. También mente es “algo” más que materia, si queremos, de igual forma, es una cualidad de la vida que precisa de una cierta “complejidad”. Y ninguna de las tres puede reducirse a cualesquiera de las otras dos, pues, sí son esencialmente distintas.

Materia, vida, mente son estrictamente la realidad, no una elucubración teórica. Esta realidad presupone la realidad de lo que hace posible la materia, la vida y la mente. Luego es real el átomo, las moléculas, los “instintos” (no queremos aquí tomar partido por ninguna teoría acerca de lo que significa el instinto, simplemente se toma éste en el sentido más amplio o más general) que definen la vida, la “esencia básica” (quizás sentimientos, emociones, intelección, etc.) de lo que constituye la mente.

Es real la emoción que preside cualquier instante de nuestra vida: al admirar la belleza, en la recepción de un color, en el acto de la intelección, etc. Y estas emociones son muy diversas. Cada criatura del “árbol filogenético” posee las suyas, estrechamente relacionadas con las “sensibilidades” de que está dotado cada organismo, el cual está construido a partir de las instrucciones escritas en su código genético. El gen que configura el organismo es en último lugar el responsable de las distintas sensibilidades que hacen posible el abanico de sentimientos de que es capaz cada criatura. El código genético de cada criatura viva “hace posible”, pues, la “recepción” de un conjunto de sentimientos o emociones por parte de ésta. Cuando hablamos de “recepción” no queremos presuponer, sin más, la existencia de “ciertas cosas” fuera del propio ser del individuo que son recogidas por éste en lo que llamamos la emoción o el sentimiento. Aquí, también, nos parece plausible la concepción del estímulo zubiriano, en cuanto a la “realidad” del estímulo en sí, compuesto necesario e inseparable del dualismo: causa física (radiación, etc.) y órgano receptor del mismo. Ahora bien, sí podemos decir, sin presuponer nada y sin ir más allá de lo que estamos diciendo, que la estructura organizativa del organismo es la condición necesaria para que el sentimiento y la emoción tengan lugar, se produzcan, es decir, se hagan reales; en otras palabras, esta especial organización, transcripción del código genético, hace posible que la emoción y el sentimiento pueda existir en el universo, de forma concreta, en el concepto zubiriano del “de suyo” de cada criatura.”

Publicado en El "parto" de Dios, Gen egoísta | Deja un Comentario »

Cap.III. La polémica del gen egoísta (II). De la obra “El parto de Dios”.

Publicado por simbiotica en enero 2, 2007

La polémica del gen egoísta (II).

“De inmediato podría hacérsenos una objeción. La “expansión” de la esencia del gen en el tiempo y el espacio, siendo este último como es un simple código, todo lo elaborado que queramos, y cuya base es la identidad del ser en cada una de sus duplicidades citadas, recuerda fuertemente a las simples moléculas y átomos cuya identidad, si cabe, es más palpable. ¿Es que la “esencia” del átomo de cualquier elemento está “expandida” de igual forma en el espacio y el tiempo? Tengamos en cuenta que el átomo desde su génesis prácticamente va a durar una eternidad, para ser exactos hasta la desintegración del cosmos en energía (salvando, claro está, los elementos radioactivos). Pues bien, la objeción es tremendamente fuerte y muy evidente. El problema no puede soslayarse por mediación de explicaciones más o menos artificiossas, pues entramos de lleno en el quid de la cuestión. A grandes problemas, grandes soluciones, mejor, una solución drástica, definitiva, nunca buscada por lo que significa… Y es que, no queda más remedio que reconocer, rotundamente, que la simple materia, aún en sus más bajos niveles de organización, “palpita”, puesto que su esencia es ya el germen de la vida futura. La esencia de la misma materia contiene, al igual que el gen, una “memoria” de todos los acontecimientos en los que interviene a lo largo de todo lo ancho del espacio y el tiempo del cosmos, mejor, a lo largo de su presencia en el cosmos, esté definida en el mismo cualquier dimensión, cuestión esta última en la que no queremos entrar.

La materia rezuma vida, rezuma voluntad (la voluntad de Schopenhauer); posee en sí misma toda la potencia necesaria para que por su intermediación las criaturas sientan todas las emociones y sensaciones presentes en la naturaleza. (Para Nietzsche la “voluntad” presenta en el hombre características distintas a las apuntadas por Schopenhauer).

La materia, el gen, posibilita en general una cierta configuración de las criaturas, de la materia viva y a cada configuración corresponde la capacidad de recepcionar las mil y una sensaciones posibles de la naturaleza. La “esencia” del átomo, por ejemplo, “para sí” quizás sólo puede sentir su existencia, su “voluntad” de conservación, pero, su “actuación”, al formar parte de un gen, que a su vez configura la constitución de un organismo, posibilita a l final, en este último, la recepción por el mismo de unas precisas sensibilidades o emociones. La existencia de un gen no es eterna, por eso su “memoria”, que implementa a su esencia, no puede tener constancia de acontecimientos que van más allá en el tiempo. Si embargo, el átomo que forme parte posteriormente de otro gen, en su esencia sí puede tener “reflejados” acontecimientos de un futuro más lejano, tanto como el final de nuestro universo, por ello, la “influencia” de este átomo en el momento presente podría posibilitar la recepción de “algo” perteneciente al mismo final del universo todo. ¿Qué estamos diciendo?… Pues, suponiendo la evolución como una línea ascendente de complejidad de la vida, podemos intuir el final de esta cadena, es decir, el cenit, por la observación “si estamos capacitados para ello”, de la misma materia. El sentimiento general en todas las civilizaciones de un ser supremo, unitario, todopoderoso ha podido ser intuido desde muy antiguo, simplemente observando las cualidades positivas que observamos en el cosmos, en la simple materia, en la simple realidad. Por cierto, en este punto es conveniente manifestar que nos adherimos a la doctrina “materialista” del filósofo español Xavier Zubiri (verdaderamente una materia con características totalmente espirituales, a su pesar), que esencialmente niega la existencia de algo fuera de la estricta realidad, de la materia que nos rodea que guarda en sí no sólo la simple materia estudiada por la Física, sino la vida, la complejidad organizada sentiente, el “de suyo” de Zubiri.

Las críticas de este pensador a la Ciencia, en cuanto al rechazo o menosprecio de esta última del subjetivismo, están más que fundadas, pues ¿qué es esencialmente o qué explicación tiene el sentimiento que aparece en los seres vivos ante el estímulo que representa un simple color o una melodía?… Obviamente son temas que para la ciencia oficial no tienen entidad, o están fuera de su objeto. Si esto es así, esta ciencia necesita de una urgente renovación, la que está demandando una sociedad que desea que “su” ciencia siga dándole soluciones a los problemas o inquietudes que le preocupan.”

Publicado en El "parto" de Dios, Gen egoísta | Deja un Comentario »

Cap.2. El fenómeno vital. LA POLÉMICA DEL GEN EGOÍSTA I( De la obra “El parto de Dios”)

Publicado por simbiotica en diciembre 23, 2006

LA POLÉMICA DEL GEN EGOÍSTA (1ª parte)

“El gen egoísta (un “sujeto” pasivo), ¿cómo puede imponer su dominio sobre las individualidades?

Se adivina que el “modo” de la imposición del gen ha de ser a través de las “tendencias” o “instintos” que impone a la criatura. Entonces, existirían en el organismo instintos que no favorezcan al individuo, es más, a veces estarán en su contra si su prioridad es la especie, implementada en el gen correspondiente. Estos genes, seguramente, han sido seleccionados y conservados en la carga genética del individuo como resultado de la evolución. Como los instintos no son “absolutos” en cuanto a la conducta, al coexistir varios a la vez, es la criatura la que va decantándose por unos u otros en cada circunstancia de su curriculum. El instinto, pues, no se impone, “inclina” valiéndose de recompensas o satisfacciones. El actuar a favor del instinto produce en el individuo una sensación placentera; lo contrario acarrea desagrado. Las pautas de sensaciones agradables o desagradables (llamémoslas positivas o negativas) pivotan, pues, alrededor de un gen o grupo de genes. Este tipo de sensaciones calificadas genéricamente de positivas o negativas, pueden ser sumamente variables, y forman el conjunto de emociones que es capaz de sentir cada criatura. Por consiguiente, el gen produce la impronta, o la capacidad en el ser vivo de poder sentir la correspondiente emoción.

El gen como estructura pose una “esencia” (al estilo definido por el filósofo español Zubiri) inmutable a lo largo de su existencia.

En el ejemplo ilustrativo de la filogenia del ojo de un mamífero, dicho órgano es el resultado de la colaboración de un grupo de genes, no de uno solo, por otra parte, algo bastante frecuente en la gestación de cualquier otro órgano. Esta colaboración produce un beneficio mutuo para todos, por lo que, en realidad se asemeja a una relación simbiótica. Un gen individual de los que pertenecen a esa “simbiosis”, en tiempos anteriores a esta relación, llevará “marcado” en su “esencia” el fruto de la misma, ese “aparente” futuro simbiótico (futuro para la criatura que porta el gen, no para dicho gen). Entonces, la “impronta” de esa relación favorable al gen (repetimos, a nuestros ojos perteneciente al futuro) quedará fijada en la criatura actual. En otras palabras, la criatura se verá inclinada instintivamente a tender en sus acciones a favorecer todo aquello que, sin percatarse, le acerca a la filogénesis de ese órgano complejo moldeado por los genes simbióticos. Nuestro aparente futuro no lo es tal para el gen. Esto es así, porque la duplicación del gen en la reproducción origina genes en todo idénticos, idénticos en el presente pero, también, idénticos sucesivamente a lo largo del tiempo, hasta que cambie por alguna mutación o fenezca por la muerte de las criaturas que lo portan; ello equivale a la ampliación o expansión del gen a lo ancho del espacio (número de genes idénticos existentes en cada instante) y del tiempo (número de genes descendientes idénticos desde la aparición del gen a su desaparición). Esta ampliación del gen en el espacio y en el tiempo se comporta como un solo organismo, pues posee una sola “esencia”; las múltiples interrelaciones de este “ente” con el entorno (en sentido amplio) marcarán una “cierta memoria” en su propia “esencia”. La clase de “impronta” que produce el gen en cada criatura que lo porta en el “marcaje” del instinto, debe tener que ver con la “esencia” del gen, por eso “la memoria” que guarda el gen de la relación simbiótica debería traducirse en una cierta influencia, un cierto instinto o tendencia sobre la criatura portante. Para el gen es su realidad “presente”, su “ahora” en su “ente” expandido a lo largo de un cierto espacio y tiempo que indica su presencia en el mundo. En nosotros, en las criaturas, presenta la apariencia de una anticipación del Futuro, de una inexplicable influencia del Futuro sobre el Presente.

El resultado de todo ésto es la aceleración de la evolución, es decir, la habilitación de cambios evolutivos que requerirían para su producción de períodos muchísimo más largos, lo que ha hecho posible la vida tal como la conocemos.”

Publicado en CIENCIA, El "parto" de Dios, Gen egoísta | Etiquetado: | Deja un Comentario »

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 76 seguidores