“Esta subpráctica está relacionada con el Ser, y busca expresar en cada experiencia existencial todas las posibilidades que existen dentro de nosotros mismos. En tal orientación, hacer y tener están supeditados al Ser. La vida hay que mirarla como una especie de arte mayor, como un fin en sí mismo.
Según el famoso escritor peruano Carlos Castaneda, “un camino que tiene corazón” es aquel cuyo recorrido es placentero en sí mismo, aunque no conduzca a ningún sitio.
En cualquier sendero que escojamos aprendemos, pero cuando sus beneficios son inferiores a sus costos, sentimos que no debemos seguirlo.
Habría que probar cada camino con cuidado, y luego preguntamos: ¿Tiene corazón este camino? Y si la respuesta es no, escojamos otro… Si el camino “tiene corazón”, el camino es bueno y nos hará el viaje gozoso; si no lo tiene, nos hará infelices.
Como observamos, esto es contrario a la difundida idea de que “lo meritorio del camino es el esfuerzo”. Y hasta en el campo administrativo, Peter Drucker, en su libro “El ejecutivo eficaz”, nos dice que “lo más conveniente es construir sobre fortalezas, las propias y las de los demás; no sobre debilidades. Para ello debemos usar nuestra ventaja comparativa, es decir, aquello que hacemos bien en forma natural… lo que se nos da”.
Ocurre que cuando recorremos caminos con corazón “fluimos”. Según Mihaly Csikszentmihalyi, una persona que fluye está completamente centrada en la acción, no en los resultados de la misma, y en esos momentos pierde la consciencia de sí. Como la sensación de tiempo se distorsiona, cuando en una actividad fluimos, funcionamos plenamente en cuerpo y mente.
Lo ideal es que la vocación guíe nuestra decisión de seguir un camino laboral determinado, es decir, aquel en el que podamos expresar nuestro ser, empleando nuestras fortalezas, o sea, haciendo lo que nos es natural hacer. Vocación y desafío que nos haga emplearnos a fondo, parecen ser indispensables para transformar la tarea en un fin en sí mismo y, entonces, fluir con ella. Si esto pasa, las sensaciones experimentadas en el trabajo no son muy diferentes de las sentidas cuando nos estamos divirtiendo. Se hacen las cosas no para conseguir un propósito externo, sino porque nos proporcionan una satisfacción intrínseca.
Nuestra naturaleza humana nos induce a hacer que nuestros sueños se hagan realidad; pues esto podemos lograrlo si ponemos el mínimo de obstáculos a las “fuerzas naturales” que fluyen dentro de nosotros.
De igual modo, el “wu wei” del Taoísmo, consiste en “lograr el mejor resultado a través de la comprensión dela naturaleza de aquello que deseamos intervenir, haciéndolo con el mínimo de perturbación de su esencia”. Que el TAO fluya a través de uno hasta que la vida se convierta en una danza”.
El fluir se da cuando nuestros actos brotan del amor, de ahí el recorrer caminos con corazón.
Según el citado escritor chamanista Carlos Castaneda, no es difícil saber si un camino tiene corazón o no. El problema es que no nos hacemos la pregunta y cuando nos damos cuenta es ya tarde, por lo que muy pocos examinamos críticamente lo que nos motivó a recorrerlo. Pocos decidirá, entonces, dejar de transitarlo.
Subproducto adicional de esta práctica es que cuando se comienza a fluir con la propia corriente existencial, el vivir en armonía con la forma en que nos expresamos a través de la vida, hace que ésta parezca dejar de oponérsenos.”
“El amor es la preocupación activa por la vida y crecimiento de lo que amamos; implica, pues, una responsabilidad, y un respeto, pero respetar a una persona sin conocerla no es posible.
Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los demás, más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en lo más profundo que es “el”. Y un camino para conocer ese “secreto” es el amor, pues es amor la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. En ese “acto de fusión”, te conozco, me conozco a mí mismo, conozco a todos.
Llego a conocer de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre: por la experiencia de la unión. (Y no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento). La única forma de alcanzar el conocimiento total consiste en ese acto de amor, acto que trasciende el pensamiento, que trasciende las palabras.
El amor del niño sigue el principio de “Amo porque me aman”. El amor maduro al principio de “Me aman porque amo”. El amor inmaduro dice: “Te amo porque te necesito”. Y el maduro: “Te necesito porque te amo”.
El amor más básico sería el fraternal, porque por él se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier otro ser humanos, y el deseo de promover su vida.
Amor a alguien no es sólo un poderoso sentimiento, es una decisión, un juicio, una promesa.
En la búsqueda de la unidad más allá de la multiplicidad, los brahmanes llegaron a la conclusión de que el “par de opuestos” que se percibe no refleja la naturaleza de las cosas, sino la mente del que lo percibe. El pensamiento “percipiente” debe trascenderse a sí mismo para alcanzar la verdadera realidad.. “La oposición, pues, es una categoría de la mente humana, no un elemento de la realidad”. En el Rig Veda, el principio se expresa en la forma: “Yo soy los dos, la fuerza vital y el material vital los dos a la vez”. Y según la “lógica paradójica”, el hombre puede percibir la realidad sólo en contradicciones, porque su pensamiento es incapaz de captar la realidad -unidad esencial, lo Uno mismo: el mundo del pensamiento permanece envuelto en la paradoja.
El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el mismo centro de sus existencias, o sea, cuando cada una de ellas se está experimentando a sí misma desde el centro de su existencia. Sólo en esa “experiencia central” está la realidad humana, la vida, sólo allí está la base del amor, por eso, experimentando en esa forma, el amor es un desafío constante.
Dos seres que se experimentan desde la esencia de su existencia, son el uno con el otro al ser uno consigo mismo.
En esa consciencia cósmica nuestro pensamiento se vuelve sistémico de forma natural y nuestro amor se extiende sin fronteras a todos los seres.
No tenemos que hacer “grandes cosas” para ayudar a calmar el sufrimiento de los demás, sino más bien encontrar quienes somos, y servir a los demás en el escenario y circunstancias que la vida nos haya colocado. Quizás “estar allí” sea suficiente.
Desarrollar la capacidad de ocupar la posición de Testigo o YO que observa, es la mejor y más rápida forma de aprender a ser consciente.
En un mundo de organizaciones como el actual, no podemos promover de forma inteligente la evolución de tales organizaciones, sin tomar en serio primero, la tarea de propiciar nuestro propio proceso evolutivo, puesto que “nadie da lo que no tiene”.
para finalizar, y en relación a esa simbiosis futura que proponemos entre Ciencia y Meditación, transcribiré el capítulo titulado “El Amor” de mi obra “Melodía en las estrellas”, correspondiente al Capítulo III “El antiguo discurso”.
(Habla el sabio maestro AVLIS -en los albores de la mitad del siglo XXI):
“Hoy, queridas criaturas, son la prudencia y el amor quienes guían nuestros pasos. El amor a lo que nos rodea, hacia nuestros hermanos animales, hacia nuestras hermanas plantas nos impide otra actitud. Sí, el hombre no puede desvincularse de su labor creadora, de su cooperación con el Ser Supremo que le lleva a actuar de forma que todo beneficio propio que no lo sea también del grupo, de la humanidad, de toda la naturaleza, es íntimamente rechazado.
Hemos puesto en nuestras mentes, por encima de cualquier otra circunstancia, la idea de amor y desprendimiento, y es ella quien encamina nuestro cuerpo.
No fue sincretismo lo que resultó de aquel conocimiento más profundo de cada una de nuestras culturas, sino una escrupulosa conservación y preservación de todas ellas, a la vez que una potenciación de todo aquello que suponía el “lenguaje común profundo” de su trasfondo… Los roces y oposiciones fueron quienes se batieron en retirada, no la enriquecedora pluralidad de la que hacían gala… Y es que en sí la vida habla el mismo lenguaje, y no entiende de estrellas, planetas, ni distinta química, ni formas, puesto que se remonta (y aún más allá) a los primeros instantes de la Creación… Y aún cuanto más compleja, en sus adentros sigue siendo una, en un viaje hacia la interioridad que encuentra su final en el mismo Dios.
¡Cuánto evolucionó nuestra vida interior con el nuevo sino! La humanidad no fue tal, verdaderamente, hasta que encontró la nueva verdad… Y es que apenas había avanzado en los miles de años que transcurrieron desde que empezó a escribir, hasta bien entrado el siglo XXI; desgraciadamente, el mismo Espíritu se había batido en retirada ante el ídolo de un “progreso material”, que en realidad sólo alcanzaba a pequeña parte de la humanidad. El camino del análisis, de la disección científica, había conducido al hombre a un alejamiento del verdadero Ser, de su linaje humano. Nuestra senda es hoy la antítesis de la anterior: la vía de la meditación, el éxtasis, la antesala de la unión con el Espíritu Supremo.
Nuestro conocimiento del mundo material no es menor en la actualidad (ni mucho menos) al de aquellos tiempos, pero hoy todo ese mundo es nuestro aliado, no el “caballo desbocado” anterior. La utilidad de la Técnica es patente en la construcción, en la edificación de una nueva naturaleza, una nueva creación… Mas, ese progreso está perfectamente armonizado con nuestro desarrollo interno, con nuestra vida espiritual.
Sabemos que el antiguo desarrollo técnico conducía a una falsa alegría, a una vida de comodidades germen de una progresiva muerte, la de los tintes acres, no la mansa, divina y hermosa del “encuentro”… Se prometía no el paraíso, sino variados paraísos, tan caducos como los efectos de las variadas drogas que por aquellos años solían obnubilar, con demasiada frecuencia, las mentes de los hombres… Se recurrió a una “desvirtuación de las técnicas chamánicas, secuestrando ancestrales sabidurías usadas en ritos de iniciación sagrada, acaparando todo tipo de drogas naturales y sacándolas, así de su propio ámbito… Y fue, una vez más, la técnica la que fue suplantando estas últimas por otras sintéticas apedilladas ”drogas de diseño”.
¡Cuán lejos aparecen hoy nuestros viajes a los diferentes planos de la realidad!… Nuestra arma, la meditación, la mente preclara rayana en la clarividencia.
Nuestro sino, el Amor a la Naturaleza con mayúsculas, una Naturaleza ahora sí creada “conscientemente” con nuestra aportación… Y es que tenemos otros grandes hermanos de aventura (de creación): el azar y el Gran Espíritu.”
¡Que tus palabras, maestro AVLIS, guíen nuestra andadura!”
Significa “dejar de pelear con la vida”, aceptando personas, situaciones, circunstancias y hechos tal como se den, incluidas decisiones y acciones del pasado, tanto buenas como malas. También incluiría no culpar a nadie ni a nada, ni siquiera a nosotros mismos de la situación negativa en la que en algún momento dado estemos inmersos.
Todo ello estimula la capacidad de dar una respuesta creativa a la vida. Y también implica el saber renunciar a aquello que la razón nos dice que es casi imposible o muy costoso de lograr (economía de medios).
“Aceptar … y dejar ir” es como liberarse del pasado, para comenzar a experimentar la vida como “presente” (lo que en realidad es), empezando por aceptarnos tal como somos, incluidas nuestras imperfecciones.
Si “dejamos de esperar” que las cosas sean distintas a lo que son se empieza a transitar el sendero de la paz interior. Al vivir plenamente el presente, sin resistirnos a lo inevitable, permanecemos abiertos a todas las opciones sin aferrarnos ciegamente a ninguna de ellas.
Como en la vida muchas de las cosas que nos suceden son consecuencia de nuestros propios actos, busquemos más bien explicaciones que culpas, tratando de aprender de todo aquello que nos pase. Y es que hay razones que, bien aprovechadas, trabajan a favor de nuestra auto-realización, porque en cada problema hay un principio de oportunidad que permite transformar cualquier circunstancia no favorable, en algo positivo.
Una subpráctica recomendada al respecto es “recorrer caminos con corazón”, que está relacionada con el SER, y busca expresar en cada experiencia existencial todas las posibilidades que existen dentro de nosotros mismos. En tal orientación, hacer y tener están supeditados a este Ser. La vida hay que mirarla como un “arte mayor”, como un fin en sí mismo.
Según el escritor peruano Carlos Castaneda, “un camino que tiene corazón” es aquel cuyo recorrido es placentero en sí mismo, aunque no conduzca a ningún sitio.
En cualquier sendero que escojamos aprendemos, pero cuando sus beneficios son inferiores a sus costos, sentimos que no debemos seguirlo.
Habría que probar cada camino con cuidado, y luego preguntarnos: ¿Tiene corazón el camino? Y si la respuesta es no, escojamos otro… Si el camino “tiene corazón”, el camino es bueno y nos hará el viaje gozoso; si no lo tiene, nos hará infelices.
Sería lo contrario a la difundida idea de que “lo meritorio del camino es el esfuerzo”. Para Peter Drucker (“El ejecutivo eficaz”), “lo más conveniente es construir sobre fortalezas, las propias y las de los demás; no sobre debilidades. Para ello debemos usar nuestra ventaja comparativa, es decir, aquello que hacemos bien en forma natural… lo que se nos da”.
Ocurre que cuando recorremos caminos con corazón “fluimos”. Según Mihay Csikszentmihalyi, una persona que fluye está completamente centrada en la acción, no en los resultados de la misma, y en esos momentos pierde la conciencia de sí. Como la sensación de tiempo se distorsiona, cuando en una actividad fluimos, funcionamos plenamente en cuerpo y mente.
Lo ideal es que la vocación guíe nuestra decisión de seguir un camino laboral determinado, es decir, aquel en el que podamos expresar nuestro ser, empleando nuestras fortalezas, o sea, haciendo lo que es natural hacer. Vocación y desafío que nos haga emplearnos a fondo, parecen ser indispensables para transformar la tarea en un fin en sí mismo y, entonces, fluir con ella. Si esto pasa, las sensaciones experimentadas en el trabajo no son muy diferentes de las sentidas cuando nos estamos divirtiendo. Se hacen las cosas no para conseguir un propósito externo, sino porque nos proporcionan una satisfacción intrínseca.
Nuestra naturaleza humana nos induce a hacer que nuestros sueños se hagan realidad; pues esto podemos lograrlo si ponemos el mínimo de obstáculos a las “fuerzas naturales” que fluyen dentro de nosotros.
De igual modo, el “wu wei” del Taoísmo, consiste en “lograr el mejor resultado a través de la comprensión de la naturaleza de aquello que deseamos intervenir, haciéndolo con el mínimo de perturbación de su esencia”. “Que el TAO fluya a través de uno hasta que la vida se convierta en una danza”.
El fluir se da cuando nuestros actos brotan del amor, de ahí el recorrer caminos con corazón.
Según el citado Carlos Castaneda, no es difícil saber si un camino tiene corazón o no. El problema es que no nos hacemos la pregunta y cuando nos damos cuenta es ya tarde, por lo que muy pocos examinamos críticamente lo que nos motivó a recorrerlo. Pocos decidirán, entonces, dejar de transitarlo.
Cuando se comienza a fluir con la propia corriente existencial, el vivir en armonía con la forma en que nos expresamos a través de la vida, hace que ésta parezca dejar de oponérsenos. (De la obra “Ciencia y meditación”. Ver al margen en Obras del Autor).
Consiste en no hacer depender de los resultados el sentirnos bien o mal. Para ello hay que dar tanto valor al proceso como al resultado, lo que no quiere decir no tenerlos en cuenta o no trabajar por objetivos en el reinado de la empresa, aunque sí no esclavizarnos neuróticamente a los resultados de nuestras acciones al valorarlos en exceso por nuestros logros, menospreciando los esfuerzos realizados por alcanzarlos, sean exitosos o no.
Buena parte de las situaciones que se dan en la vida son multideterminadas e interdependientes, así que somos en general dueños de nuestros esfuerzos pero no de nuestros resultados. Y es que la incertidumbre es característica del universo en que vivimos y los sistemas caóticos son abundantes en él, sobre todo en lo biológico y lo psico-social. La Teoría de la Complejidad nos da la explicación de ello.
Tal planteamiento fortalece la toma de decisiones grupales. Para el humanista y economista Manfred Max Neef “quienes sólo tienen claro el punto de partida y de llegada se pierden lo más interesante que es el viaje en sí mismo”.
Todo este planteamiento correlaciona con lo que los psicólogos denominan “tolerancia a la ambigüedad”, necesaria para los que trabajan por resultados en un mundo de incertidumbre. Saber aceptarla y navegar en ella, concentrándose en los procesos, es vital para la salud psíquica de los mismos.
Es paradójico que cuando soltamos “el apego” por los resultados, concentrándonos en el proceso, nuestro desempeño mejora.
Pero para no viciar la finalidad del desapego, además de comprender la relación entre esfuerzos y acción, en sí misma liberadora, podemos reforzar esta posición mediante la definición de una meta objetivo que englobe las acciones cotidianas, es decir, generar una especie de meta-propósito que coincida con la cosmovisión descrita antes, que convierta los resultados buscados en simples medios a su servicio. Puede servir la auto-relización o proceso de llegar a ser lo que potencialmente se es. En tal sentido el éxito o el fracaso se convierten en maestros. De esta forma, podemos convivir con todo tipo de objetivos e intencionalidades, sin apegarnos a ellos y convirtiendo en aprendizaje todo lo que vivamos.
Para los que creen en Dios y en su intervención en los asuntos humanos, por ejemplo, el aceptar “su voluntad” representaría una idea equivalente.
La posición de Deepak Chopra sobre el tema es importante. Nos dice que cuando formulamos nuestros objetivos nos abrimos a la posibilidad de que no se cumplan, debido a las circunstancias o a la “voluntad de Dios”, podemos luchar por ellos concentrándonos en los esfuerzos, y sin dejar de ver los resultados, pero no haciendo depender de ellos nuestra valoración de los éxitos o los fracasos.
La perspectiva cristiana de San Ignacio de Loyola es similar: “Obremos como si todo dependiera de nosostros, pero dejemos el resultado en manos de Dios”.
El Bhagavad Gita de hindúes y budistas obtiene un notable equilibrio entre proceso y fines:”Mirar el futuro y luchar por construirlo según los sueños, pero sin apetecer los frutos de la acción”. Posteriormente se examina si se dan bien si no, estudiar el por qué, modificando fines y/o medios, enfatizando siempre el aprendizaje. Camino y lo que se aprende en él, es el fin; el medio el destino. Gandhi, que era seguidor del sendero del Karma Yoga, afirmaba: “Esfuerzo completo, victoria completa”.
La prudencia también lo aconseja: Cuando nos sintamos inseguros, enfermemos, perdamos un trabajo o una relación comience a hacerse inestable, detengámonos. Busquemos, entonces, las lecciones que puedan estar presentes en tales hechos, en lugar de lamentarnos por no haber obtenido lo que deseábamos. (De la obra “Ciencia y meditación”. Ver al margen “Obras del autor”).
No somos conscientes de la mayor parte de nuestros senti-pensamientos, y paradójicamente son estos senti-pensamientos inconscientes los que más parecen influir en nuestra conducta, ya que representan más de las tres cuartas partes de nuestra mente. Se piensa demasiado, y apenas se percibe un poco de nosotros mismos. Diríamos que la utilidad del no pensar tanto, está vinculada al acceso de la consciencia no verbal de totalidad de la “etapa cósmica”, sumamente valorada en el misticismo.
Bien es sabido que lo consciente tiene más que ver con el hemisferio cerebral izquierdo, analítico y verbal, y lo inconsciente con el hemisferio derecho, globalizador y mudo. La información conscientemente procesada en el hemisferio izquierdo, es sintetizada y percibida “directamente” (no de forma verbal) por el hemisferio derecho, en lo que podemos llamar intuición.
Por eso la intuición es muda: habla desde el silencio. No necesita de palabras pues las trasciende. Pero podemos “escucharla” gracias a la meditación contemplativa.
Así, análisis y síntesis funcionando en círculo complementándose, pues el uno alimenta al otro.
El escucharse a sí mismo, también supone un “diálogo” con nuestro súper yo. Este súper yo es una especie de maestro o guía interno, cuyo poder sobre nuestro yo es bastante evidente, de ahí la necesidad de tal diálogo para poder “educar” a su vez, a este súper yo. La técnica consiste en desactivar las grabaciones obsoletas o “no convenientes” que ya funcionan en él, programándolo con información actualizada proveniente de la propia experiencia existencial; ésto hará de él nuestro aliado, no un apretado corsé. La forma de controlar el súper yo es el objeto de la obra del autor “Superego”, expuesta en los enlaces de este Blog.
(Entresacado del trabajo titulado “Ciencia y meditación”)