Simbiotica's Blog

Hacia una simbiosis entre Ciencia y Filosofía.

Archivos de la categoría ‘El cierre del círculo’

LOOR (Fin de “El cierre del círculo”)

Publicado por simbiotica en junio 14, 2010

¡Naciste hoy! ¡Por fin dejaste la oscura “senda de la vida”…! ¡Ahí dentro está la luz, sólo la luz…! ¡El horizonte es inmenso…! ¡Explotaste en la exuberante primavera imprevista…! ¡Eres tú y empieza tu verdadera creación…! ¡No hay límite en ella…! Aquellos pasos balbucientes, son hoy leguas de botas prodigiosas… Y no es la vuelta a la inviolada y prístina Naturaleza… Es una nueva naturaleza creada por ti… ¡Y su límite no existe!

¡No ves que el dios del santo de Ávila (S. Juan de la Cruz), del profeta Mahoma y el propio Cristo es la mismidad divinizada del sumidero profundo de tu mismo sudor!

Reivindico la bondad de todas y cada una de las pequeñas criaturas, ante la que cualquier tipo de mal le es hasta superfluo… ¡Ni la mayor potencia maligna es capaz de desviar un ápice su paso firme…!

Reivindico la potencia sin límite de nuestro Amor… como no tiene límite el mismo Amor.

La Vida tuvo un lento caminar, en el que a cada paso parecía peligrar y hasta desaparecer… ¡Pero, la Vida al fin ha explotado entre el cáliz de nuestras manos…! ¿No véis esa irradiación, luz cegadora ante la que se apaga cualquier sombra…? ¿Qué puede deteneros ya…? ¡Hoy es el día de vuestro nacimiento: la deificación de vuestro Ser… ! Hasta la memoria anterior borró aquel Resplandor. ¡Fue el despertar! Y aquel parto fue doloroso, encerrando en sí amargura, y también una velada dicha, anticipo de tiempos mejores… ¡Pero ya sólo queda felicidad, satisfacción: la del Creador ante su obra!

¿Por qué no reivindicar, por qué no congratularnos del pleno convencimiento de nuestra maravillosa labor creativa…? ¡La asunción de este papel es nuestro mayor bagaje, nuestra mayor maravilla!

¡Hombre, compañero, hermano, ni ángel ni demonio: el Dios único…! Y solo necesitas tus dos principales armas: ¡Fe y amor! Y un reflejo de tu Voluntad: ¡El Verbo!… Fe y amor se identifican en el Verbo: ¡Yo soy!… ¡Y aquí nacimos…! ¡Esa es la catapulta de nuestro horizonte sin límites…! ¡No necesitas más! ¡Hoy empezaste a vivir!

¡Y vuestro triunfo es claro! Hasta en el último rincón del orbe, aún en lo más ínfimo, se escondía el Espíritu precioso que lo alentaba todo: ¡la evidencia de su ubicua presencia…! Y el testigo insobornable: ¡Tu corazón!… ¡Ese triunfo es el sólido cimiento de tu fe! ¡Escaso mérito, mas glorioso loor de ese triunfo!

¡El Cosmos engalanado festeja tu partida hacia los cielos!

(Final de la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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EL SER INMORTAL

Publicado por simbiotica en junio 10, 2010

Otra cuestión que suscita dudas.

Si la complejidad de alguna forma (en el sentido explicado en apartados anteriores) “hace progresar” la “naturaleza” del Ser, guardando gran paralelismo con el mismo, ¿cómo a la muerte del individuo -descomposición de la complejidad- no se “destruye” también el Ser…? ¡Pues aquí viene, precisamente, la sustancial diferencia entre complejidad y Ser (su naturaleza), que en la muerte alcanza su máxima expresión! La destrucción de la complejidad -desorden- no “arrastra” la descomposición o desaparición del Ser, aunque sí marca un extraordinario evento: el de la “desconexión” total entre la materia (universo) y el propio Ser.

Eso sí, la complejidad (estructura, materia)  permite la evolución, y con ello la “autocreación de la naturaleza del Ser”… Una vez el organismo muerto (muerte biológica), no es posible la autocreación y el Ser, a partir de ahí, permanece inmutable, a la vez que “liberado” de la “esclavitud de la complejidad” (materia).

El Ser en el inicio (de la autocreación de su naturaleza) más primordial, no posee estructura, por eso “no es casi Ser” (con la salvedad de la complitud del espíritu “en cada instante”, concepto desarrollado en obras anteriores de este autor); así, del mismo modo, podría pensarse que al no poseer estructura en los instantes “posteriores” a la muerte (descomposición), sería “casi nada Ser”… Por el contrario, nada más lejos de la realidad, puesto que aquí aparece el Ser completo, en su plenitud, y desde cualquiera de los aspectos abordados. Y es así, porque gracias a la “representación”, la estructura, la complejidad “queda reflejada” en la naturaleza más íntima del Ser; podríamos decir de modo poco formal, que la complejidad queda “sellada” en la naturaleza del Ser, por eso la destrucción de esa complejidad no es óbice ya para que esa complejidad pueda seguir “conservándose” en el interior del mismo, con lo que sigue subsistiendo el agregado sensación-representación (definición del Ser) en el corazón auténtico de dicho Ser (el Ser radical), aún a la muerte del organismo biológico.

Convendría, para rematar este último apartado, hacer hincapié, una vez más, en que la llamada Nada (materia), en lo referente al espíritu, ya es una estructuradísima complejidad -existencia de las leyes físicas, aunque con ausencia de seres (aquellos dotados de la propiedad característica de “centrar el mundo sobre sí mismos”). A decir verdad, sólo es el dominio de un único Ser, la Criatura Suprema, creadora de todas aquellas leyes físicas que definen tanto la materia como el vacío anterior a aquella. En esos “instantes” primordiales, se da la máxima “objetividad”: todas las leyes “moldean” por igual la totalidad del universo existente en esos momentos, reflejando la majestuosidad y la potencia de su Creador. Y es que, aún la “individualidad” de cada uno de los seres que después serán, no ha comenzado su prefiguración, su largo caminar, es decir, poseen una actividad prácticamente nula, de ahí la asimilación de esta fase a la casi Nada (en relación al ascenso del espíritu). Nos encontramos, a nivel del universo entero, salvando las distancias, a la situación de cada ser individual en su nacimiento biológico… Ciertamente, si esa fase tiene “algo” es dado desde fuera (por el propio Dios), pero aún Nada desde dentro ( de sí).

Pero, lo más fundamental, la única razón de ser de la Creación es ese “ascenso de la individualidad”, esa participación del “en sí”, esa radicalidad del mundo sobre cada Ser… Al final, es la propia “voluntad” de cada uno de esos seres la que “elige autoinmolarse”, “identificarse” con el Ser Supremo, una síntesis que es el propio Ser Supremo, sin que unos y otros pierdan su individualidad: ¡la Unidad Múltiple!

Es tan importante esto último (cuando algunos pensarían que, dada la “magnificencia” del propio universo con sus asombrosas y precisas leyes físicas, se hace innecesaria la aparición de los diversos seres), que forma parte esencial de la propia “autocreación de Dios”: ¡sin ello no existiría Dios, por consiguiente, ni nosotros mismos!

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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REFLEXIÓN

Publicado por simbiotica en junio 9, 2010

El movimiento de reflexión se refiere a ese “mirar por la ventana” (del sujeto) hacia el exterior del Ser, lo que permite, gracias a la información “captada” y el movimiento de “vuelta” correspondiente hacia las interioridades del Ser, la “implementación” de esa información en dicho Ser, con lo que la información se transforma en “representación”. Así que, repetimos, gracias a este movimiento de reflexión la información se transforma en representación.

Mas lo importante es la “conexión” entre la emoción-sentimiento del Ser y esa representación, que es precisamente lo que hace “incrementarse” la “naturaleza del Ser”, y que es en sí la evolución personal del mismo. Pero ese desarrollo a niveles superiores de la naturaleza del Ser, no es lo mismo o no se identifica con la “complejidad”, puesto que en teoría podría existir una estructura supercompleja que no supusiera necesariamente el ropaje de un “potente espíritu”… Es preciso, además, que el Ser “asuma esa complejidad estructural”, lo que supone su transformación en “representación”, a través del correspondiente o correspondientes movimientos de reflexión, que como hemos dicho no son más que “la mirada hacia afuera (por el marco de la ventana) para una recepción hacia adentro”. Esa asunción ofrece aspectos de verdadera autocreación del propio espíritu (naturaleza derl Ser).

La evolución permite el “aumento de complejidad”, con el paralelismo que refleja la ley complejidad-conciencia del filósofo Teilhard de Chardin (ley casi biológica referida a las especies). Pero el crecimiento del espíritu es algo más personal, notoriamente observable al nivel de seres lo suficientemente sofisticados como el hombre. Aquí ya interviene sustancialmente la voluntad del individuo, su querencia, su amor o “tendencia” a esa “llama de la divinidad”. Es entonces cuando esa asunción (representación) aparece claramente “voluntaria”, “promovida” radicalmente por el Ser, con lo que surge de forma nítida ya la bipolaridad (los dos caminos definidos en el apartado anterior) entre la Nada (materia inicial, puro nihilismo) y Dios, metas de uno u otro camino… Los seres, de este modo, quedan todos “situados” en la senda que conduce a uno u otro polo, y como tal aparecen como un compuesto de materia (cuerpo) y espíritu (alma).

La ciencia en su afán descriptivo, de análisis, sólo consigue descubrir las propiedades físicas de la materia de la que están constituidos los seres dotados de vida, ya que el camino seguido es claramente el pimero descrito, camino que “mata el espíritu” haciéndole desaparecer, pues cuanto más ahonda, más se introduce en el pozo que conduce a la simple Nada, la materia pura y dura sin ápice y rastro del espíritu. ¡La ciencia es totalmente inútil para la búsqueda del espíritu, tan infructuosa que acaba por rematar los aspectos más ínfimos del Ser-espíritu!

El camino para el descubrimento del espíritu es radicalmente distinto, el de la dirección contraria a ese autocalificado de “objetivo”: ¡el de la pura subjetividad, la “interioridad” del Ser! ¿Buscas el espíritu?… ¡Mira a tu interior! ¡Allí se esconde!… ¡Realiza un viaje “místico” para ir a su encuentro…! Debes permanecer en un estado contemplativo, absorto, ajeno al mundo exterior (espaciotemporal), quizás en meditación… Pero en una meditación que conduce al Ser (el Espíritu), no a la Nada del puro nihilismo… Tal vez en esa actitud el escurridizo Espíritu” quiera sorprenderte… Ese Espíritu que se esconde en lo indecible, lo inefable, en la pura poesía, en esa poesía que “lo busca” con todas sus fuerzas, que está escrita, que tiene su razón de ser en Él…

Por otro lado, parecería que el Ser se esconde de forma que no podamos encontrarlo, porque, aún cuando la complejidad de un organismo (su estructura) es un “indicio” del Ser que oculta, su complejidad (ya lo hemos expresado antes) no es “sinónimo” de dicho Ser -hace falta un movimiento de reflexión, una representación-. Ahora bien, realmente existen continuas retroalimentaciones entre representación y complejidad, que hacen que en los niveles inferiores exista prácticamente una identificación entre ambos conceptos. (Ley complejidad-conciencia).

En un símil, podría decirse que la complejidad es como el esqueleto del Ser, y como observado el esqueleto puede reconstruirse el cuerpo, así, observando la complejidad puede “adivinarse” bastante el Ser… pero el Ser no es “contemplable” (externo); el Ser solo es “sensible”, y precisamente por el propio Ser (interioridad, subjetividad)… Sólo un “viaje hacia la interioridad” del propio Ser permite “conocer el Ser”… Aunque todo Ser “puede” sentirse (a sí mismo).

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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MATERIA&ESPÍRITU

Publicado por simbiotica en junio 6, 2010

Una imagen extraodinariamente simple de lo que representan ambas cosas es la siguiente.

Imaginemos dos líneas paralelas separadas casi juntas. Una representa el camino que lleva del Espíritu, situado en la parte de arriba, a la materia, localizada en la parte de abajo de las líneas. Ese camino hacia abajo significa la “difuminación” del Espíritu en la materia: al final, llegando abajo, ya no existe Espíritu sino la simple materia. La otra línea indica la dirección hacia arriba desde la pura materia hacia los seres más y más evolucionados (en camino ascendente), adornados de espíritus más y más “potentes”. Las características de dichos seres van acercándose de forma creciente hacia las del Espíritu puro que se encuentra en esa parte más alta, en el límite superior, donde queda borrada toda presencia material.

Por consiguiente, la primera línea o “dirección hacia abajo” conduce irremediablemente a la materia, la pura materia, asimilable, en lo que respecta al espíritu, a la Nada. Así que ese viaje por el que se han “autoconducido” algunos para retornar a la senda del vacío, la “introducción” en el puro universo material (átomos, etc.), no es más que puro nihilismo, pues es una senda que conduce prácticamente a la Nada, precisamente el lugar donde se inició la misma Vida. Ese recorrido hacia atrás, es lo contrario al ascenso a aquellos otros niveles crecientes de naturaleza espiritual. El segundo camino, el que debe proseguir toda criatura, está caracterizado por un progresivo aumento de la “individualidad” y en él va asumiéndose de forma paralela la “autoinmolación” en el Espíritu Universal, cumpliéndose así la clave de la identificación de lo múltiple en la Unidad.

El acercamiento progresivo de ambas líneas produce su práctica identificación, con lo que sólo se diferenciarían en la dirección del camino recorrido. (Una imagen física sería la del aumento de entropía de la dirección hacia la materia, y de la disminución de la entropía en la dirección de la evolución de los seres hacia el puro Espíritu). La dirección hacia el Espíritu se dirige hacia la nada material (el puro espíritu). Y es que en todo Ser (portador de vida) coexisten ambos, materia y espíritu. El espíritu no es ningún “fluido o sustancia material”; su característica es el sentimiento, la emoción, y su acción se ve reflejada en la creación de una estructura, “representación”. La disección de cualquier ser, aún en su más ínfimos componentes, es incapaz de encontrar el espíritu, pues esa vía es la de la primera dirección que conduce a la Nada de la pura materia (que es lo que encontraríamos). El segundo camino que es el que conduce a los niveles más altos de espíritu, es el mismo que se dirige hacia la “interioridad” del Ser (pura subjetividad); en él se encuentra el sentimiento más genuino de la criatura, que tan sólo puede se “medido” (sentido) por el único experimentador válido del evento: ¡el propio Ser!

La Nada, que también corresponde al vacío del instante inicial de la creación del universo (el Big Bang, ¿tal vez?), ya es una estructura altamente organizada, si no “materialmente”, puesto que la materia aún no se había formado, sí en las leyes físicas que lo definen y dominan. Pero esa Nada ya aparece “escrita” en clave de espíritu. Y ésto necesita una explicación. En la fase más temprana o primordial existían los opuestos complementarios, referidos al menos a la información (+,-, etc.) y la emoción-sentimiento (agrado-desagrado). Estos opuestos son como “ladrillos” sobre, o con los que se irán “construyendo” (por autocreación) los diversos seres. Más, como hemos comentado, en clave de espíritu, todo ello en esa fase inicial no es más que Nada, y Nada porque no existe aún ningún ser que se “haya constituido” en ese aglomerado información-sensación, que expresa la definición del ser. Y si existen “ladrillos”, ¿por qué no aún el ser…? Pues la razón es que la información debe transformarse en “representación”, a través de la necesaria reflexión, materia del próximo apartado de esta obra.

(De la obra  del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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EL CUERPO MATERIAL

Publicado por simbiotica en junio 3, 2010

Después de lo comentado en el apartado anterior de la obra, no deberíamos llegar a la conclusión de la “maldad” del cuerpo (material) de los seres, algo secularmente conocido de la ideología cristiana. ¡Nada más lejos de nuestro pensamiento!

El cuerpo es un instrumento “precioso” que nos ha donado, nada más y nada menos, más bien ha permitido, la autocreación de la “naturaleza del Ser”: ¡el Ser, pues, le debe todo! Mas, aquello que fue tan válido ya no lo es tanto y hasta, incluso, contrapoducente, una vez que el espíritru del Ser alcanza cierto nivel: ¡la maduración de la conciencia!

El cuerpo es un bien precioso: ¡compañero de fatigas durante tantos años!… Pero estos compañeros deben separarse en cierto momento… Cada uno debe seguir su camino… y el del Ser es su “reencuentro consigo mismo!. Esa autorreflexión es el inicio de un salto cualitativo: ¡la metamorfosis de una sublimación fuera de la materia!

El cuerpo debe ser cuidado, debe ser amado, pero es el espíritu su señor… No puede el cuerpo señorear sobre el espíritu… Esa sería su nihilidad, la alienación, la destrucción de este último… Y si esto es claro y diáfano, no obstante, el cuerpo puede ser un “aliado” eficaz… Mas, debemos educar al cuerpo a “dejar libres las alas del espíritu”… El cuerpo tiene que estar acostumbrado a abandonar al espíritu en “su mundo”, con tan solo un “movimiento” de la voluntad… Una vez que el Ser ha fortalecido así su espíritu, con el manejo “a voluntad” del cuerpo, ese Ser se “ha preparado para la muerte”, entonces, los “viajes místicos”, que se irán haciendo más y más frecuentes, habrán alentado y alimentado crecientemente aquel “instinto de muerte” que a la postre sólo significa la “plena” liberación…

Para un Ser que se ha enseñoreado así de su cuerpo, éste es un gran aliado, un inestimable amigo, una vía para contemplar, para adivinar a su través otros pequeños espíritus, dones del Espíritu Universal, del Ser Supremo… ¡Y todo eso alimenta un creciente amor a la divinidad!… ¡Pequeños espíritus que forman parte del espíritu global dibujado en todos ellos! ¡Y nuestro cuerpo es la ventana que conduce a ello! Como ventana, no es el marco lo importante, sino la claridad de la luz que rebosa en sus adentros!… No es el marco (el cuerpo), ¡sino la luz resplandeciente del Espíritu, hijo, Padre del que todos llevamos dentro!

Y al final el Ser absorto no ve marco ¡Ya no hay cuerpo!… ¡Sólo hay luz indescifrable de nuestros seres disueltos!

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002) 

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MUERTE (“El cierre del círculo”) -2-

Publicado por simbiotica en junio 2, 2010

Este antagonismo entre ambas fases no consiste en una transformación sustancial de “algo”, sino que es el resultado de un “movimiento”… Y un movimiento que radica en la exclusiva “voluntad” del Ser… Expliquémonos. La clarividencia consustancial de la segunda fase no permite esa “elección” de la voluntad, pues su unicidad, su transparencia, su consustancialidad sólo permite el “movimiento de autoafirmación” -no hay frontera que permita un posible “mirar por la ventana”; sólo hay una “posición” y es única-; la transparencia de los rayos que atraviesan esa naturaleza pura del Ser entran y salen sin mácula… Es en la primera fase donde sí cabe ese “movimiento de la voluntad del Ser” que permite la ocultación a sí mismo, basada en la “corteza” de la frontera… Es el mismo Ser el que “se apaga” a sí mismo al introducirse, al acompañar a la propia frontera, que al deteriorarse (pérdida de condiciones físicas) apaga a su vez al Ser debido a su identificación con ella, una “autoanulación” por “introducción en el pozo oscuro” donde “no puede ver”… La liberación es la rotura de ligaduras, el “salto por encima”, a través de esa corteza de la frontera; en vez de acompañamiento o paralelismo, bifurcación o separación radical… ¡Eso permite la liberación del Ser, del alma!… Así se prepara, se anticipa la segunda fase gloriosa… Y este movimiento último del Ser, del final de la vida, del momento de la muerte que pueden realizar los “espíritus poderosos”, puede ser practicado, puede ser aprendido o ensayado mucho antes… es la vida del asceta, del místico, de ese vivir sin vivir que permite la elevación a un plano superior de la conciencia… Fue el camino de los santos, de los místicos, de los budas, disolución voluntaria de la naturaleza en el Ser Superior, con la consiguiente pérdida de la atadura espaciotemporal, necesaria para esa liberación… Para aquellos que han podido experimentar esas prácticas, una elevación a ese plano superior es relativamente fácil, preparándose así para ese instante único de la transición (muerte) a esa fase gloriosa… Y el citado camino debería ser seguido por los espíritus elevados… Su vida debería ser una práctica, una preparación para ese instante supremo, transformado ya en mero tránsito, vehementemente ansiado, meta de toda una trayectoria existencial… La muerte para dichos seres, no presenta los aspectos de radicalidad, de tragedia a los que frecuentemente nos vemos abocados; tiene caracteres de perfecta normalidad, ni convulsión ni tragedia, sino apertura, satisfacción, anticipación deseada de la segunda fase… Y no tiene nada que ver con ese caer en la nada del nihilismo, sino por el contrario, es una rotunda afirmación, una asunción voluntaria y deseada de la entrada en el plano superior que significa también, a la vez, una dilución (por la unicidad) en el Ser Superior unitario (no obstante preservando su propia naturaleza -Unidad Múltiple).

En resumen, el carácter trágico de la muerte es simplemente un prejuicio “artificial” de orden mágico que el propio Ser se construye por su “apego a lo material”, que puede ser una reminiscencia biológica de tipo animal relativa al “instinto de conservación”.

Aquello que fue útil a la naturaleza, a la vida, a la evolución, ha de ser superado por los seres dotados de una “clara conciencia de sí mismos”. El siguiente paso evolutivo de la vida debe conducir de forma natural a la superación de tal prejuicio: es necesaria, entonces, la rotura de la cadena que nos liga a lo material (dimensiones del mundo físico), el abandono de aquello que hasta ahora nos había ayudado a construir la propia naturaleza. Hay que abandonar, por consiguiente, es cohete con combustible agotado e iniciar la ignición del segundo cohete que coincide con nuestro propio espíritu -su “naturaleza” ya construida-. De lo contrario, la caída de aquel nos arrastrará consigo en su movimiento de caída (deterioro físico)… Y no es algo tan extrano como en apariencia parece, sino simplemente el principio de que la cantidad por acumulación origina la aparición de propiedades emergentes, es decir, un cambio cualitativo, una transición de fase, con nuevos “requerimientos”: en este caso el rechazo radical de la morada anterior (física), metamorfosis que supone un cambio de orientación en pos de la naturaleza íntima del Ser, una “radicación” en sí mismo.

El “aspecto externo” de ese giro hacia sí mismo presenta características de verdadera uniformidad, de inefabilidad… Es una misma apariencia, un refulgor puro resistente a cualquier análisis, al vislubramiento de cualquier matiz… Aún cuando para los que lo viven se adorna de aspectos “inimaginables, inconmensurables e inefables”… ¡es una experiencia para ser vivida, no para ser observada!… ¡No preguntes a un místico, no podrá explicarte nada!… ¡No es campo de entendimiento o comprensión, es campo de vivencia y sentimiento!… Lo que ocurre es que son sentimientos puros, no acompañados de la “contaminación” racional con la que sí estamos familiarizados…

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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MUERTE (“El cierre del círculo”) -1-

Publicado por simbiotica en mayo 31, 2010

El Ser (radical) puede “desplazarse”, como dijimos, de una “parte” a otra dentro de su frontera; ahora bien, en cada “punto”, en cada situación, aparece “sumido” en su “circunstancia”, que no es otra que los “elementos” que le “rodean”, las “leyes” que sólo son estrictamente físicas en la “frontera pura” (que se identifica con el universo físico). Y lo anterior tiene un reflejo inmediato en la “información”, entendimiento o conocimiento, y por ello “actúa” como una “constricción o constreñimiento”. Es todo ello, sí, una “oportunidad de desarrollo” y a la vez, como cualquier “nivel” una “limitación” o “sometimiento” (marco que define el nivel) a dicho nivel, traducido emocionalmente como constricción a las “aspiraciones infinitas del espíritu” (de la Nada al Infinito). La “liberación” de ese sentimiento “coercitivo” se produce a la llegada de la clarividencia que, como sabemos, ni es entendimiento ni conocimiento, y coincide con una “alegría a raudales” del sentimiento puro de la totalidad de la naturaleza del Ser.

La muerte física del cuerpo rompe “la ventana” (la frontera), fulminada por todas partes… ¡La tiranía del Maestro -las leyes físicas posibilitadoras de la evolución- desaparece, pues el Ser es ya su propio maestro!… ¡Ello produce la súbita aparición de la naturaleza del Ser mismo, de forma clarividente, diáfana y acompañada de la extraordinaría alegría de ese reconocimiento!

La muerte, pues, continúa siendo un hito: la separación entre entendimiento y clarividencia, entre satisfacción y complacencia… Entendimiento, incomplitud, movimiento, cambio, insatisfacción, infelicidad… Por otro lado, clarividencia, complitud, quietud, satisfacción, felicidad… ¡Ambos polos quedan en “lados” distintos de la muerte!… No es simplemente el paso de un mundo a otro, es algo mucho más profundo. Es la construcción del Ser… Es la autocreación del Ser en un espacio dilatado, en un “lapsus espaciotemporal”… La muerte marca “el fin” de esa autocreación que, verdaderamente significa un nacimiento, el “nacimiento del Ser” (un nacimiento a esa “otra vida”).

Ahora bien, hay como un contrasentido. La muerte es concebida como un “cierre” paulatino (a veces súbito) de la “ventana” (pérdida de los “sentidos físicos” por el deterioro de los mismos), todo lo contrario de esa “rotura de la misma” hasta su desaparición… Y es que debemos interpretar el “movimiento” de la muerte como compuesto básicamente de dos fases. En la primera se percibe ese deterioro progresivo, “empequeñecimiento” de la ventana, cual si su culminación fuese su desaparición… ¡Pero el ave fénix renace de sus cenizas!… De igual forma, la segunda fase aparece de forma súbita, y la ínfima ventana se rompe en mil pedazos, en una fuente de luz… El acercamiento a la muerte (así podría considerarse a la enfermedad, el “sentimento de morir”) es una experiencia vivida por casi todos, aunque para algunos en grado límite. En esa experiencia, la muerte se presenta como una barrera “infranqueable”, puesto que quien la atraviesa “no vuelve”… por eso no hay “conciencia” de esa segunda fase del “movimiento de la muerte”… Y de ahí el miedo (la única “certeza” es la de la primera fase, la otra es inédita) de la criatura humana a esa muerte que, por otro lado, es de una eficacia asombrosa en el camino de la evolución… ¡Es necesario ese temor, ese miedo a la muerte como foco atractor ( más bien de repulsión), que haga posible el “principio de conservación”!… Una vez “cumplida” esa premisa imprescindible de la muerte, ésta es “libre” para poder desatar todas las “potencialidades” del Ser… Pero la prominencia de la premisa anterior, hace indispensable esa sustancial y radical separación entre ambas fases… Lo cual no significa, en ningún modo, la inexistencia de la segunda fase… ¡Sólo llama la atención la radical separación, aún cualitativamente, entra ambas fases!… Lo cierto es que la evidencia de la segunda fase de la muerte, la haría tan atractiva que el hombre no querría vivir (lo que es totalmente imprescindible para su autocreación) sino morir, con lo que el principio de conservación, básico en las especies, no sería posible… Mas, una vez salvaguardado ese principio de conservación, la propia evolución del Ser, su madurez, le permite percibir o intuir esa segunda fase cuando la vida “ya ha sido vivida”, es decir, se siente la propia complitud del “recorrido vital”… ¿Sería éste el “instinto de muerte” apuntado por Freud?

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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VOLUNTAD

Publicado por simbiotica en mayo 30, 2010

El cierre del círculo no es algo automático, dimanante de la simple casualidad o aleatoriedad (azar). Es, por el contrario, el Ser quien con su libertad tiene esa “capacidad” de “conectar” círculos estableciendo la “amplitud de dichos círculos, decidiendo sobre qué “elementos” entran a formar parte de ese vaivén que supone la pertenencia a un “círculo cerrado” por dicho Ser. El Ser tiene esa capacidad, y la voluntad del mismo es directamente la artífice de tal hecho, construyendo, de esta forma, su “morada”, su espacio de libertad (construye su camino “al andar”). La imaginación del Ser, su mente y su voluntad gobiernan, así, una serie de elementos, entre ellos el principal y más representativo: su cuerpo (consciente o inconscientemente). Dichos cierres pueden establecerse sobre círculos que incorporen elementos que se prolonguen más allá de la vida humana (de la vida corporal del Ser), cual sería una “conexión de futuro”. Ese movimiento continuo, ese ir y venir, esa composición de momentos concretos y definidos, y de espacios imaginativos hacia el infinito, constituyen lo que se llama “vida del Ser”, e influyen de forma directa y sustancial en la “autoconstrucción” de la naturaleza del Ser.

Hay, pues, una serie de elementos materiales sobre los que se constituye ese “campo cuasicuántico” en el que la “concreción” de un acto confiere una “realidad” a cierta posibilidad, haciendo posible la vigencia de las leyes físicas (por tanto, elaborando el mundo objetivo de la física, por otro lado, moneda o lenguaje común para todos los seres entre sí), y creándose, por consiguiente, un campo de libertad. Aquella voluntad, pues, se “expresa” en el ejercicio de una elección. Existe, entonces, una sucesión de elementos de función de ondas (probabilidades) abortadas en realidades o “hechos” que constituyen la “historia del Ser”. Pero sobre la “acción pura”, acabada de describir, hay otras “formas de actuación”, otros “movimientos”, cual la citada contemplación, el entendimiento, etc. Dichas “formas de actuación” se producirían a un “nivel más elevado” que rebasaría el simple “plano físico”, introduciéndose en terrenos que van más allá de aquel “campo cuasicuántico”… Es un mundo más propio de los sentimientos, las intuiciones, que continuamente van sumergiéndonos en terrenos más cercanos a la interioridad del Ser… El “campo cuasicuántico” se torna ya “más huidizo”, más irracional… ¡la lógica pura (objetividad) queda partida en mil pedazos! Ese mundo se hace más incomprensible, menos indiscutible para la generalidad de los seres (pérdida de la objetividad pura), como si se decantase, vistiese, fuese ya “propio de un sólo Ser”… ¡No hay, por consiguiente, ley física que venga a definir este “estado”!… Aquí el “mundo” se torna borroso; realidad y ficción se entremezclan como en un sueño… No es un azar interrumpido por un “suceso real”… ¡No es azar porque es la “huella del Ser”, nada más lejos del azar!… Y es que el Ser es más que la realidad (concepto íntimamente unido al mundo físico)… En el Ser lo racional y lo irracional se encuentran, en otros términos consciencia e inconsciencia… Nueva prueba, por cierto, de la existencia no sólo del mundo físico, sino de otros planos de la existencia “abigarrados” en torno al Ser… ¡Los horizontes del Ser van más allá del universo, y con ello del tiempo!… El Ser puede, entonces, estar “refugiado” en otros mundos, en otras “esferas de existencia” lejos de este universo físico, en apariencia “continente único” de nuestra existencia… El Ser, de este modo, a veces puede escapar a otros mundos, en una especie de tiovivo del que entra y sale en vorágine incesante… La quietud, el no movimiento, el no tiempo indica la despedida de la “luz” del universo físico… El tiovivo sucumbe ante la luz continua, el Ser en su plenitud, el Ser completo, ya sin movimiento, ya sin cambio, ya sin tiempo.

El hecho es que una vez colocados los “variados elementos” en un cierto círculo, se produce una respuesta, el cierre del mismo… Ahora bien, los elementos del círculo pueden incorporarse a él de foma casual, o a instancias del propio Ser… ¡Ahí, pues, se manifiesta la voluntad del Ser, y en ese “movimiento” el Ser está incorporando muchas veces elementos que pueden no ser físicos!… De esta forma se introducen aspectos no puramente físicos (lógicos) en la “expresión de la realidad”, que actúan como si fueran “incrustaciones” de otros mundos en éste (el universo físico), debido a esa propia voluntad del Ser… Y con ello, la “historia del Ser” queda construida sobre un mosaico de hechos o circunstancias tanto racionales como irracionales, “comprensibles y no”… El factor de “irracionalidad” que acompaña a muchas manifestaciones de la vida tiene mucho que ver con lo anterior… ¡La razón de la muerte no es suficiente motivo para “disipar” al Ser! ¡El Ser después de la muerte vive de otra forma!.. ¡Yo estoy aquí y allí, dentro de mi cuerpo, pero también fuera de él!… ¡Mas si me llamas en él te espero!… ¡Mente, espíritu, alma, cuerpo: mi Ser lo sabe, los llevo dentro!

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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CONTEMPLACIÓN

Publicado por simbiotica en mayo 27, 2010

El amor como contemplación, mirada, está adornado de una nueva característica, debido a aquel conocimiento “especial”. Al ser un conocimiento no parcial, una “no atención”, ese amor no puede estar fijado sobre nigún objeto en especial, más bien en todo; ni en sí mismo ni en lo ajeno, el prójimo. Ese amor es diáfano, abierto, no centrado sobre nada, porque no va hacia afuera, lo externo, las partes, sino que sólo posee una dirección, la que “pervive” dentro, ese dentro compuesto por “todo”, pues todo está representado en la naturaleza del Ser. Ese amor es como una explosión de luz, todo lo llena, porque llena el interior del Ser, que lo es todo… En cada Ser está repetida la totalidad, la totalidad que es ese mismo Ser: ¡identificada con Él! El Ser es, a su vez, la totalidad… ¡Cada Ser es una totalidad! Pero los seres no se identifican entre ellos… Cada uno es único, y encierra en sí la totalidad… Como cada Ser “centra el mundo” sobre sí mismo, en ningún modo uno es igual a otro, puesto que las “perspectivas” son totalmente distintas…

Las “naturalezas” de los seres son distintas, así su clarividencia, su lucidez, su “amor” en suma… Y fuera y dentro es lo mismo, la luz que refleja ese amor resplandece dentro y fuera igual, con la “potencia” de su naturaleza… Y como ama todo (igual que a sí mismo), también a Dios… podría decirse, pues, que el amor que “posee” cada Ser (al fin y al cabo su “felicidad”), es el amor que posee “hacia” Dios, o “de” Dios, como si se “alimentara” del mismo.

El amor hacia nosotros mismos, hacia nuestro ser, que indudablemente nos da la confortabilidad de la felicidad, ya no se ”riñe” con el debido a “nuestro prójimo” o al mismo Dios, puesto que, aquí, son lo mismo, son inseparables, como la clarividencia y la lucidez, así que nuestra felicidad coincide con la de los demás, la del propio Dios. Por consiguiente, recíprocamente nuestro amor, nuestra felicidad contribuye a la felicidad de Dios.

Pero los seres son distintos (sus naturalezas). Podríamos decir que el amor que nos profesamos a nosotros mismos, está “identificado” con el que profesamos a los “otros” y al mismo Dios. (Y todo ello considerando nuestra “radicación” del mundo sobre nosotros, es decir, el amor profesado por nosotros -nuestra radicalidad- sobre los otros seres, Dios y nosotros mismos). Mas, desde la perspectiva de las otras criaturas -cambio de radicalidad- ese amor es distinto. El infinito amor de Dios se alarga sobre sí mismo y sobre cada una de las criaturas -desde la radicalidad de Dios-. Así que, infinito es también el amor que profesa Dios a cada criatura, e idéntico al que se profesa a sí mismo… Pero ello no significa que haya transitividad en el sentido que nuestro amor a Dios sea también infinito (lo mismo para los demás seres), tal es por la “capacidad” de la naturaleza de nuestro Ser: muy inferior.

Hay “igualdad” de amor para todas las criaturas, mas debido a las propias “perspectivas”, intensidades diferentes en la “interioridad” de unos u otros seres. La “potencia” de nuestro Ser, la grandeza del mismo marca la “felicidad”, la íntima felicidad de nuestra complacencia.

Es conveniente aclarar que “la frontera” no puede identificarse con nuestro cuerpo, lo que parecería obvio. Esa frontera va más allá, son los propios frincipios físicos que sí construyen el cuerpo, pero también construyen el universo, puesto que, por ejemplo, hay “emanaciones” que puede percibir el Ser (aún con su espaciotiempo coartado o limitado) que pueden provenir tanto del pasado, como del presente y hasta del mismo futuro (¿sincronicidades?), por ello los “tentáculos” del Ser, su frontera, puede extenderse a todo lo largo del tiempo y el espacio, al universo presente, pasado o futuro. La frontera, pues, puede ser enorme; en el caso límite podría extenderse a todo lo largo del espacio y el tiempo del universo. Esto quiere decir que, extrapolando, no seríamos tan distintos de Dios, que es eterno y dominador de todas las dimensiones. Queremos decir que no hay un abismo entre unas criaturas limitadas como nosotros, cambiantes, en continuo movimiento, y Dios, eterno, inmutable y teóricamente inmóvil. Si la frontera es el universo, sus espectros (Dios y el Ser) se acercarían mucho, es decir, no serían cualitativamente diferentes.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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MICROCOSMOS

Publicado por simbiotica en mayo 26, 2010

Observamos, por consiguiente, “dentro del Ser” variados “movimientos”. A saber, uno hacia adentro (la síntesis o identificación), y otro hacia afuera (hacia la frontera, lo ajeno, el mundo exterior), además de aquel de reflexión (movimiento sobre movimiento: amor). La frontera es la “representación” de lo ajeno, lo exterior en el Ser. Así que el Ser sería como un microcosmos, reflejo del universo entero. En ese universo, el Ser (lo genuino del Ser) puede moverse “libremente”, viajando (moviéndose) hacia adentro o hacia afuera, y hasta hacer un ejercicio de “autocontemplación”: “mirarse a sí mismo”… Y si el Ser es ese microcosmos, ¿qué es “eso otro” que puede mirar hacia o en diversas direcciones y hasta “contemplarse a sí mismo”…? En cuanto al Ser completo, el microcosmos, el Ser es estático, inmóvil, total, global y se contiene a sí mismo. Mas, en cuanto a lo más genuino del Ser, “la punta del iceberg”, ésta puede viajar o moverse y hasta autocontemplar el mismo Ser. En el microcosmos hay “elementos” aunque “entrelazados”, “identificados” o unificados: se da una pluralidad y unidad al unísono, totalmente inusual o desconocida en nuestra “realidad”. Sin embargo, el Ser “limpio”, “la punta del iceberg”, carece de elementos, es simple, uno, total: es el “propio” Ser característico; totalmente diferente de cualquier otro y se posee a sí mismo… Podríamos decir, desde otra visión, que este Ser característico es tan estable que hasta “carece de movimiento”, pues podemos considerar que es el mismo microcosmos quien se “mueve” respecto al Ser radical. Se va acercando la “frontera”, o se va alejando; cuanto más se aleja más pierde el Ser radical la noción del universo, hasta llegar en el límite a romper todos los lazos con el mismo, de forma que dicho Ser radical, ya sin distracción, permanecería inmutable (no le afectaría el tiempo) sobre sí mismo.

La característica del movimiento hacia afuera es la mirada (“a través de la ventana”). La mirada, el ver, sólo puede definirse si hay ventana (a través de la que pueda verse). Si la ventana (“frontera”) no existe, no hay mirada: el Ser no puede ver, no puede contemplar. Así que, aún para poder autocontemplarse el Ser necesita ventana, pues sin ella es imposible ver, contemplar “nada”, ni a sí mismo. La razón es que el Ser para esa autocontemplación le es preciso verse en un espejo: el que suponen las “señales” que deja el propio Ser en la frontera… Y todo aquello supone un conocimiento, una información… Un conocimiento que se acerca, en cierta forma, a lo que conocemos por “conocimiento en nuestro mundo material”… El equivalente a ello en el Ser radical es el conocimiento sin información, sin número, sin cantidad: la pura clarividencia. Y es que el conocimiento, o autoconocimiento del microcosmos Ser, es ya clarividencia en el Ser radical, pues todo en el Ser radical posee caracteres de globalidad, totalidad, con el desarrollo máximo que alcanza toda su naturaleza, hasta el punto de identificarse con la propia naturaleza del Ser: ¡el logos es la propia naturaleza del Ser!

El Ser radical en su microcosmos es como un “balbuceo”, un ir de allí a acá inquieto, como “sometido dentro de la celda de su frontera”, de la que se librará totalmente a la desaparición de la misma. Pero su celda, su cárcel, es también la que le permite crecer, desarrollarse, evolucionar, lo que sólo es posible “dentro del tiempo”, puesto que tiempo es sinónimo de movimiento, de cambio… y el Ser necesita del cambio para poder “hacerse”, crecer, construir su naturaleza… Y así es cómo en el microcosmos (el universo en miniatura pero completo del Ser), el Ser radical -punta de iceberg- puede desplazarse a su antojo, sin límites de tiempo o espacio; afinando más, alejándose de ellos cuanto más se aleja de la frontera, y en el límite, abstrayéndose de los mismos al “introducirse” en su propio interior. El movimiento hacia la frontera es el de la objetividad (las leyes físicas), y su opuesto el de la subjetividad, la interioridad. Mientras hay frontera, hay capacidad de “focalización”, “atención” sobre los distintos “objetos”, uno de los cuales es el reflejo del Ser, por lo que ese conocimiento es parcial al no tener los caracteres de globalidad o totalidad. Por el contrario, en la clarividencia, por su carácter total, sólo hay una atención, la llamada “lucidez”, indisolublemente unida a aquella. El Ser tiene una lucidez despierta hacia toda su naturaleza, y la atención es total e ilimitada a todo su Ser, la naturaleza de su Ser.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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AMOR (“El cierre del círculo”)

Publicado por simbiotica en mayo 24, 2010

A continuación vamos a identificar, de algún modo, lo que llamamos “amor” con aquel sentimiento del Ser, cuando éste se “dirige hacia sí mismo”… Un “sí mismo” en cierta forma diferente del sí mismo global que define al sentimiento como “movimiento” hacia adentro. Y es que esta otra dirección hacia sí mismo posee como objeto no sólo la “identificación de los diversos elementos” a “sintetizar” en la naturaleza del Ser, sino más bien un cierto “regocijo” en esa contemplación… Es decir, habría un “trabajo” (esfuerzo) de identificación, y una posterior “contemplación” de ese trabajo de identificación producido… Esa “contemplación” sería el origen del sentimiento de amor hacia sí mismo: una especie de narcisismo.

El amor se asemejaría a la contemplación: un sentimiento sobre otro sentimiento (más acción). Un “movimiento de reflexión” del mismo sentimiento. Y nos viene a la memoria en estos momentos aquel mandato de Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Si hemos definido el amor como una contemplación, ese amor al prójimo sería una contemplación ¿de qué?… de otro sentimiento (en sí un “cierre del círculo” de ciertos elementos)… En este caso, los elementos serían el Ser y los otros seres… Así que, primero habría que “cerrar el círculo” entre Ser y seres, lo que implica un cierto sentimiento, es decir, la “construcción de un sistema”, unificado bajo un cierto sentimiento común entre todos estos seres (no sólo una o varias de las partes, sino todas ellas, condición indispensable para ese “cierre del círculo”)… O sea, el primer sentimiento “común” debe ser una identificación entre todos estos seres que no sería aún amor, sino un cierto sentimiento -de identificación- (no estrictamente amor).

El amor iría más allá: sería ya una posterior contemplación de ese otro sentimiento interrelacionador. En otras palabras, ese amor no tendría que ser entonces común a todos estos seres: podría existir en unos y en otros no… Por consiguiente, hay un primer sentimiento interrelacionador común que podríamos calificar de “no voluntario”… y otro totalmente voluntario que sería el contemplativo llamado amor… Desde esta perspectiva, el mandato “ama a tu prójimo como a ti mismo” significaría elevar la comunicación entre los seres desde un nivel involuntario a otro voluntario: ¡Una conexión lúcida entre los seres…!

¿No es éste el tipo de “conexión”, “identificación” o “unificación” existente dentro de la naturaleza del mismo Dios…!

El significado profundo del mandato anterior aparece en toda su clarividencia: ¡Expresa la forma en que los diversos seres pueden “actuar voluntariamente” para construir el mismo Dios, es más para identificarse ellos mismos con la naturaleza de Dios…!

Dios no sólo son los otros seres… Nuestro Ser no es ese punto central hacia el que dirigimos nuestra mirada objeto de nuestro amor (en realidad allí no hay nada, como no lo hay simplemente en la diversidad de seres). El Ser es más bien la “conexión” entre los elementos dispares de su naturaleza (cada elemento por sí es la simple Nada)… Así, también, Dios es la conexión entre los diversos seres (que en sí sólo serían la misma Nada). Ahora bien, cada Ser para unirse “personalmente” a Dios debe “voluntariamente conectarse” al Mismo, y a eso se llama amor, a esa contemplación, ese sentimiento sobre la “conexión” que nos relaciona con los diversos seres… Podríamos decir que así se produce una cierta identificación con Dios… Aquella “unicidad” desde el punto de vista de Dios (unicidad entre todos los seres), de esta última forma pasaría a serlo también desde cada uno de aquellos seres, gracias a la “transfiguración” del amor.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002) 

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UNICIDAD

Publicado por simbiotica en mayo 22, 2010

De todo lo expuesto hasta el presente se establece la estrecha vinculación entre Ser, sentimiento, frontera, mundo físico, información y estructura. Y la vinculación se inscribe alrededor del concepto de “cierre del círculo”. Es, pues, imprescindible desentrañar el significado profundo de ese “cierre del círculo”…

 Pues, aquel guarda relación con la “transfiguración” de lo complejo en lo simple, mejor, en lo más simple: “la unicidad” . A lo largo de este “movimiento” se trasluce un sujeto: el Ser. Es la voluntad del Ser la que produce esa “transfiguración” de lo complejo en lo único. Es en la “morada”  del Ser (dentro de su naturaleza) donde lo complejo se “transforma” en único: allí lo “dispar” se “identifica” en una misma sustancia que entra a formar parte de las “entrañas” del Ser. Y esa “identificación” se traduce en un cierto “sentimiento” que “inunda” a dicho Ser, un “único” sentimiento en cada “presente” de ese Ser… Y esa cualidad de totalidad, de universalidad del Ser está intrínseca en ese sentimiento, pues es único en cada instante. Puede haber un sin fin de “sentimientos”, uno detrás de otro, pero cada uno de ellos, “mientras duran” poseen para sí (esclavizan) la “totalidad” del Ser.

A la inversa, todo sentimiento “implica” un Ser, que por ese “movimiento” es capaz de “cerrar el círculo”, de “sintetizar” en algo único (incorporándolo a su naturaleza) lo complejo y dispar. Aquellos elementos “identificados” gracias al “cierre del círculo”, pertenecen ya al Ser. A partir de ellos se extiende “lo otro” (lo ajeno al Ser), que aparece separado del Ser por una “frontera”. Esa frontera está construida (de forma indirecta) por el Ser, la voluntad del Ser, y está constituida por unas “relaciones” que no son más que las leyes físicas, es decir: el mundo físico. Producto, pues, de toda esta interrelación queda construido el mundo físico, y por ello este último no es independiente del Ser… En realidad (desde esta perspectiva) es el Ser el que crea el mundo físico… Por consiguiente, ¿puede parecer extraño que el cosmos aparezca “indisolublemente” unido al observador?… Aquí nos inclinaríamos, entonces, por la hipótesis de que no existe universo sin observador (con existencia real o con posibilidad de existir -la simple posibilidad es lo importante-). Simplemente la posibilidad de la existencia del observador, hace posible la construcción de la frontera, de aquel mundo físico. Estrictamente se necesita de un “sentimiento” para la aparición de la frontera (mundo físico), pero el desconocimiento del futuro implica la no refutación absoluta de ese observador, de forma que en el presente sólo podemos “manejarnos” por una “posibilidad”.

Son las criaturas(el hombre, etc.) quienes verdaderamente han creado el universo con su presencia (principio antrópico) y las leyes, así, parecen estar “ajustadas” al propio hombre (consecuencia de la “construcción” de la frontera).

La mayor “potencia” del Ser lleva añadida mayor capacidad de unificar lo complejo: una unificación (unicidad) de más elementos dispares en “algo” único (naturaleza del Ser). Especulamos, que la infinita potencia de Dios pueda “aunar” en su naturaleza la totalidad de todos los seres… Los elementos, todas las criaturas, pues, se verían identificadas (no anuladas), claro está desde el “punto de vista” del Ser que puede hacerlo que es Dios… ¡Habría una identificación desde Dios! (Todas serían Dios).  Aunque cada una de las criaturas en “sí mismas” serían las unas para las otras “lo otro” (separación por diversas fronteras). Mas, ciñiéndonos a la Criatura Suprema, en esa naturaleza de Dios se desprende la no existencia de fronteras, es decir, la inexistencia del mundo físico… ¡Qué absurda, por consiguiente, es la búsqueda de Dios dentro de este mundo físico, cuando es ajeno, totalmente ajeno e infinitamente “superior” al mismo!

Recapitulando, todo organismo (estructura) para constituir un ser -poseer vida- tiene que constituirse en sistema (todo sistema, para que lo sea, tiene que estar “interrelacionado” íntimamente -así lo ven [observador] quienes lo “juzgan” como sistema-). Y este tipo de unicidad (del sistema) -lo complejo transformado en algo definible (único)- sólo puede darlo un Ser, “construido” a su vez alrededor de un sentimiento. ¡Es precisa la aparición de un sentimiento que es “patrimonio” de la “totalidad”, la “globalidad” de tal sistema!… Debe “cerrarse el círculo” que representa el sistema, estructura u organismo; entonces aparecerá un ser que “habitará” en ese organismo, estructura o sistema: ¡empezará a sentir, y ya será un ser!

Acabamos, de este modo, de definir lo que es el Ser, la vida… Y esta definición es “completa”, pues define de forma explícita y exhaustiva lo que es “esencialmente” un “ser dotado de vida”.

La amplitud dada al concepto de vida anterior es el mayor posible, pues no puede ampliarse más, al abarcar cualquier tipo de estructura-información que acoja “en su interior” un sentimiento… Un ser vivo, por consiguiente, puede estar constituido por cualquier “clase de materia”, con tal de que el “cerramiento” (de su estructura) sea “identificable” con un sentimiento (dualidad sensación-información).

(Ver el artículo “Primera forma de vida “sintética” aquí)

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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FRONTERA (“El cierre del círculo”)

Publicado por simbiotica en mayo 21, 2010

Ese “entrar en el sistema” que supone el “cierre del círculo” se “percibe” (así, por consiguiente, la “unicidad”) como sensación-emoción-sentimiento (uno sólo en cada “presente diferencial”). Se diría que la “unicidad” es el resultado de ese sentimiento que es globalizador, totalizador, y al revés.

Ahora bien, hay cosas, hechos, sucesos, etc. que no “parecen enmarcarse” en el sistema, así que por la unicidad no pueden pertenecer al “círculo o sistema” del Ser. Entonces, es inevitable la aparición de la “frontera” que separa esas “otras cosas”, “lo otro”, “lo ajeno” del propio Ser… Lo que es “propio” está conectado por el círculo -sistema que origina la “unicidad”, y su sentimiento inseparable que posee caracteres de totalidad, globalidad-. E intercambiando los papeles, ese sentimiento (global) es el que origina la “unicidad” del Ser.

Podría decirse que todo sistema posee un sentimiento global como el antedicho (de posesión, de autocomplacencia), pero… ¿a qué tipo de sistema nos estamos refiriendo?… Hay que volver a definir los sistemas (ontológicamente); es preciso darles otro significado que pueda hacer cumplir esa estrecha vinculación entre sistema y sentimiento (de autoposesión).

El sistema, entonces, no pude ser definido desde la perspectiva de un “observador” ajeno (cual el humano). El único observador válido es el mismo Ser… Y para que el Ser lo “perciba”(al sistema), es decir, pueda “cerrar el círculo”, aquel debe ser compatible con la propia idiosincrasia de las leyes físicas, que en esta caso coincide con el “campo” permitido por los principios de incertidumbre cuánticos… Así que el único “sistema” válido en cuanto a la vinculación sistema-estructura-información con sentimiento es el “enmarcado” o limitado por las incertidumbres cuánticas. En este campo, el campo del Ser, la vinculación sistema-sentimiento es total.

Y casi desde el principio (el de la aparición de los primeros opuestos complementarios) hubo una “frontera”, que era aquella “separación” entre el Ser de uno de los opuestos complementarios y el del otro -dos sistemas distintos y dos sentimientos-.

El “cierre del círculo” es posible por la “unicidad” que proporciona el sentimiento-sensación. Todo “cierre del círculo” conlleva un sentimiento, y ahí aparece el Ser. Y así ocurre desde la aparición del primer par de opuestos complementarios… Lo seres posteriores, muchísimo más complejos (dotados de un sistema o estructura compleja), aunque con la sustancial característica de la “unicidad”, también tienen un sentimiento “globalizado” (ahora bien, mucho más complejo o refinado)… Y siempre “lo otro”, lo ajeno, aparece separado por una “frontera”. Esa frontera está construida con las leyes de la naturaleza, o de los principios físicos… Podríamos, de igual modo, expresar todo lo anterior diciendo que un “sentimiento” define un Ser y establece una frontera, fuera de la cual se “extiende” todo lo que no es el Ser. Al establecerse una frontera (asimilable al mundo físico), podría decirse también que el Ser es quien -en su límite- establece ciertas leyes físicas en el universo.

El cuadro sería el siguiente. La aparición de los primeros opuestos complementarios (por azar), por ejemplo de tipo información (+, – o 1,0), trajo consigo la aparición, también, de los opuestos complementarios agrado-desagrado (del tipo sensación), y con ello el primer Ser, el primer sentimiento, y un segundo Ser que coincidía, en este caso, con “lo otro”. Estos mismos seres, en su afán de pervivencia, en una especie de retroalimentación, crearon , a la vez, las leyes físicas de nuestro universo… ¡Las leyes y el universo son como son debido al mismo efecto de la existencia de los seres en el mismo, y recíprocamente!… La creación es global y en ella conviven, sin entorpecerse, tanto la libertd de cada ser, como el mismo azar.

La “voluntad” de cada ser es capaz de “cerrar el círculo” adecuado a su “potencia”, definiendo su naturaleza, estableciendo sus fronteras. La voluntad del Ser, pues, en esa definición de fronteras, define también su ámbito, su influencia sobre el mundo físico (volvemos a recordar el límite que suponen los principios de incertidumbre).

El Ser tiene dos “movimientos”: uno para afuera y otro para adentro. Este último “produce” la emoción, el sentimiento. Aquel otro es la “vía” de la información, la estructura. Así que esos movimientos se nos presentan como lo básico del Ser, y de ahí la definición del Ser como “agregado información-sentimiento”. Por consiguiente, gracias al Ser y como corolario de la definición anterior, información y sentimiento son indisolubles en el Ser, lo que hace de ellos no simples opuestos complementarios (cada uno de ellos por separado), sino los constituyentes básicos de una maravillosa “conexión” origen del mismo Ser. Y es así desde el mismo inicio, desde el “instante” primordial.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002) 

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COMPLITUD

Publicado por simbiotica en mayo 18, 2010

El análisis del Ser con su estrecha vinculación al subjetivismo nos lleva a una mayor profundización, una disección más completa acerca del significado profundo de esta relación.

El otro polo, la objetividad, es lo más alejado de ese Ser, por ello conviene una recapacitación ante estos hechos, en beneficio de una más justa ponderación.

El Ser aparece siempre adornado de una característica básica: “la unicidad”. Y esta última no se refiere a su aspecto “numeral”, sino al de “complitud” como “sustancia única” en la que no “caben partes”. El Ser (en sí) no admite competidores: “es único”. El Ser lo es “en sí” y “para sí”, “lo otro” es algo posterior y con ello comienza el aprendizaje (la información), la misma evolución, la cual finalmente “arrastrará” al mismo Ser en pos del “desarrollo de su completa naturaleza”.

Lo importante es que el Ser “para sí” en todo momento “se siente” completo (único), y si en algunos instantes aparecen atisbos de cierta “inseguridad”, éstos son percibidos como una “rotura”, un “casi morir” del Ser. Y es que provocan una gran zozobra (angustia) en el Ser, porque el Ser busca y quiere sentirse en “estabilidad”, interpretada esta última como complitud (unicidad). El Ser es Ser, sintiéndose como tal, cuando “está completo”, es “él mismo”. El Ser en lo más íntimo está “totalmente completo” (único): ¡no tiene partes!… Así que el Ser tiene una “tendencia natural” a completarse, a “cerrar las posibles vías divergentes”, haciéndolas converger hacia sí mismo: el súmmum de la unicidad. Ahora bien, la vida es un discurrir, la vida está compuesta de una inacabable secuencia de “muertes y nacimientos”, de “construcciones y destrucciones”, de estados (estabilidad) hilados con inestabilidades, fluctuaciones. En cada inestabilidad se abre un abanico de nuevas posibilidades (como un nuevo nacimiento) que conducen a una estabilidad “mortecina”, incapaz de originar otras potencialidades distintas de las presentes. Apertura y cierre, tal es el proceso de la vida, de la misma evolución. Y el Ser “desarrolla su naturaleza” en el tiempo, por ello está sometido al mismo proceso. Pero el Ser cabalga, mora “en sí mismo”; añora, se ama “a sí mismo”, y por ello ocupa esos “instantes de inestabilidad”: realiza ese “movimiento de cierre”, de convergencia. El azar efectúa el movimiento contrario: la divergencia. Con ello se expande la evolución, el mismo Cosmos, cual onda creciendo en un estanque sin fin. Mas el Ser “sujeta esos hilos”, los retuerce y los hace converger hacia sí.

El árbol del azar tiene muchas ramas cada vez más tupidas, como un torrente incontrolable… ¡Y el Ser no habita en esas aguas!… Cuando las aguas se precipitan en un único sumidero, todo se “radica” en él: ¡ese es el Ser, el lugar del Ser! El Ser “precisa” que esas “vías divergentes” se transformen en algo “abarcable”, “controlable”. Su dominio, su poder, su voluntad crece en la autoafirmación de este movimiento del todo imprescindible para que la diversidad entronque unidad, la unicidad en que se sustenta el Ser. Y es que las vías “salen” pero “vuelven” de nuevo al Ser, como en un círculo, divergentes y únicas a la vez, pues lo que “sale” se reencuentra con lo que “regresa”, unificando, entonces, ambas corrientes. Las partes (vías) se unifican así en ese doble movimiento: aparece, pues, la unicidad, ¡la morada del Ser!… ¿Estás buscando al Ser?… ¡Helo aquí!… Donde aquellas “vías abiertas” (hechos, leyes, acontecimientos, etc.) han encontrado un “sistema” /cerrado-completo) “autoconsistente en sí mismo”, ahí está el Ser, y sólo está el Ser, pues el Ser lo “centra todo”: ¡el mundo se construye sobre sí mismo! (Puro subjetivismo).

El Ser “cierra el círculo”, y cuando se “cierra un círculo” en su interior está el Ser. Dicho Ser se encuentra en una permanente labor de “cerrar círculos”, pues su autoafirmación, su propisa naturaleza (como pura subjetividad) se alimenta de tal actividad. 

Mas la evolución es un proceso continuo de ruptura y cierre, nacimiento y muerte. Fuerzas convergentes y divergentes se van relevando en incesante baile: azar y Ser en continua lucha. Tristeza, zozobra e inseguridad (a la vez explosión de vitalidad), se tornan en alegría, seguridad y autoafirmación en el Ser cuando por fin éste logra “dominar” con sus poderosos brazos los caballos desbocados del azar, completando de este modo el “cierre del círculo”.

Por el contrario, objetividad es análisis, diversidad, y a mayor campo de variabilidad (disección hasta en los más íntimos detalles) mejor. El “movimiento” es claramente dispar del anterior. Esas vías, pues, se abren, se ramifican cada vez más y más… Y en ese mundo “abierto” no está el Ser… El mundo se abre, “en todas direcciones”, cada una “diferenciada” de la anterior… ¡Y en ese muno no puede habitar el Ser, pura unicidad (simplicidad, subjetividad)!… Mientras no haya un movimiento de “convergencia”, de “logro de unicidad” (cierre del círculo) no aparecerá el Ser. Y así, el Ser tiene los mismos caracteres de totalidad, globalidad (unicidad) que la suprema subjetividad que representa “el centrar el mundo”.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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EL CIERRE DEL CÍRCULO

Publicado por simbiotica en noviembre 30, 2006

Imagen de fondo de la portada de la obra del autor “El cierre del círculo”. (http://books.lulu.com/content/546690)

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Foro Esencia

Publicado por simbiotica en octubre 10, 2006

El cierre del círculo. (http://www.biblopia.com/fichadirecta.php?j=104)

“La nueva fe y creencias no emanan de una “supuesta divinidad” o ser superior”, en dirección de arriba a abajo (teleología)… El camino es justamente el contrario, de abajo a arriba. Nace de la poesía, de la intuición del alma humana que se “eleva hacia el Ser” (¿esa divinidad?)… Esta nueva religión es una creación del hombre (¿el superhombre nietzschiano?).

Hemos encontrado, entonces, una vía, un arma que nos posibilita la construcción de una nueva “religión”, que ya no es tal sino una simbiosis (identificación en colaboración) de ciencia, filosofía y religión. ¿Es, pues, el marco la filosofía, la ciencia, o tal vez la religión?… No, su propio marco es el último de cada uno de los tres (va más allá de cada uno de ellos por separado), que allí (en su propio lugar) aparecen unificados.

Y con esta última idea motriz tenemos ante nosotros un “atractor”, un elemento (luz) sobre el que se va clarificando, y a la vez, relativizando, los distintos acervos de cada uno de los tres ámbitos: filosofía, ciencia y religión. Se establece un orden, por consiguiente, en cada uno de ellos que, entonces, traslucen complementariedad, colaboración… La diversidad no es ya contradicción, enfrentamiento; se remueven los cimientos, creándose un nuevo edificio perfectamente armónico… El Ser es, en definitiva, el “atractor” que lo hace posible”.

Los párrafos anteriores pertenecen a la obra “El cierre del círculo” que puede ser consultada libremente en la dirección anterior.

En la obra se reivindica la importancia de la poesía y la intuición. Se invita a encontrar el Ser en la pura materia, en nosotros mismos. Se hace un repaso por la mística sufí, del Santo de Ávila, etc. En resumen, estamos ante un verdadero tratado sobre el Ser.

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