Simbiotica's Blog

Hacia una simbiosis entre Ciencia y Filosofía.

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El concepto estético de Schiller (y II).

Publicado por simbiotica en febrero 13, 2011

(De la obra del autor “Ciencia, filosofía, religión. Una visión armónica”)

“El mismo impulso que, aplicado a su pensamiento y a sus actos, debería conducir al hombre a la verdad y a la moralidad, al estar inmerso en el instante y en lo particular, no da origen, ahora, a otra cosa que a inquietud y temor, ambos efecto de la razón y no de la sensibilidad; pero de una razón que ha equivocado el objeto, imponiéndose directamente a la materia.

Schiller nos dice que la fruta de este árbol son todos los sistemas categóricos que prometen la felicidad, ya sea al día presente o a la vida eterna. Para él, una duración ilimitada de la existencia y bienestar, sólo por dicha existencia y bienestar, es un mero ideal forjado por la apetencia, exigencia que sólo puede ser planteada por un mero animal, aspirante a lo absoluto. Esta actitud no gana nada para su humanidad, sino por el contrario, sale perdiendo además la feliz limitación del puro animal, la pérdida del presente, en aras de su aspiración a lo absoluto, sin buscar en esa lejanía ilimitada otra cosa que el presente.

Para Schiller la contemplación (o reflexión) es la primera relación liberal del hombre con el mundo en el que vive. Mientras que el apetito aprehende directamente a su objeto, la contemplación aleja el suyo de sí, protegiéndolo de la pasión, pasando así dicho objeto a ser su propiedad verdadera. “La necesidad natural que dominaba absolutamente al hombre en el puro estado sensible, lo abandona en la reflexión, una paz momentánea se apodera de los sentidos, el tiempo mismo, lo eternamente cambiante, se detiene, mientras se concentran los dispersos destellos de la conciencia y un reflejo de lo infinito, la forma, proyecta su luz en el efímero fondo. Cuando se hace la luz en el hombre, ya no hay más noche fuera de él, cuando alcanza la serenidad, se aplaca también la tormenta del universo, y las fuerzas naturales en pugna encuentran la calma entre límites permanentes”.

Nos sigue comentando Schiller que no es extraño que los poemas fundacionales hablen de ese gran suceso interno del hombre como si de una revolución se tratara, representando al pensamiento que triunfa sobre las leyes del tiempo. El hombre pasa de ser un esclavo de la naturaleza, cuando sólo siente, a ser su legislador, tan pronto como empieza su pensamiento. El hombre supera cualquier horror de la naturaleza, tan pronto como es capaz de darle forma y hacerle su objeto. Los dioses se desprenden de sus máscaras fantasmales. El dios monstruoso de Oriente, adopta en la fantasía griega el perfil de la humanidad; los titanes caen, y la fuerza infinita aparece dominada por la infinita forma.

Para Schiller, la belleza es obra de la contemplación libre, y con ella se entra en el mundo de las ideas, sin abandonar por ello el mundo sensible, como ocurre con el conocimiento de la verdad. En el deleite que nos proporciona el conocimiento, se distingue el paso de la actividad a la pasividad, y se aprecia claramente que la primera acaba cuando aparece la otra. Con la belleza no puede distinguirse esa sucesión entre la actividad y la pasividad, reflexión y sentimiento están tan fundidos que creemos estar sintiendo directamente la forma. La belleza es un objeto para nosotros, porque la reflexión es la condición por la que tenemos una sensación de belleza. La belleza es forma porque la contemplamos, pero es a la vez vida, porque la sentimos, o sea al mismo tiempo estado y acto. Al ser ambas cosas, la pasividad no excluye la actividad, ni la materia la forma, ni la limitación la infinitud. Schiller nos continúa diciendo que no podemos generalizar nuestros placeres sensibles porque no nos es posible generalizar nuestra individualidad. Los placeres del conocimiento los disfrutamos únicamente en tanto especie, habiéndose apartado de nuestro juicio todo rastro de individualidad. Sólo la belleza la disfrutamos a la vez como individuos y como especie.

El bienestar sensible únicamente puede hacer feliz a una persona, pues está fundado en la apropiación de una sola cosa, lo cual equivale a la exclusión de todas las demás; pero sólo puede hacer a ese individuo parcialmente feliz, porque no interviene su personalidad. El bien absoluto sólo hace feliz bajo unas determinadas condiciones, que pueden suponerse para todos los individuos, pues la verdad es el premio de la abnegación, y tan sólo los corazones puros creen en la voluntad pura.

La belleza es la única capaz de hacer feliz a todas las personas, pues todos los seres olvidan sus limitaciones al experimentar su mágico poder. Pero, ¿existe algún Estado de la belleza? y si existe, ¿dónde está? Para Schiller se encuentra en toda alma armoniosa, o acaso en algunos círculos escogidos, que no se “comportan imitando estúpidamente costumbres ajenas a ellos, sino siguiendo su propia y bella naturaleza; allí donde el hombre camina con valerosa sencillez y serena inocencia por entre las más grandes dificultades y no necesita herir la libertad de los otros para afirmar la suya propia, ni renunciar a la dignidad para dar muestra de su gracia.”

(Obra de referencia: “Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre”)

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El concepto estético de Schiller (I).

Publicado por simbiotica en febrero 11, 2011

(De la obra del autor “Ciencia, filosofía, religión. Una visión armónica”)

Schiller nos dice que sólo a través de la sucesión de sus representaciones, el yo esencial se reconoce a sí mismo como un fenómeno. La realidad, materia de su actividad, la recibe el hombre percibiéndola como algo que está fuera de él (en el espacio), y como algo que cambia dentro de él (en el tiempo). En opinión de Schiller, la materia que cambia dentro de él, está acompañando a su yo invariable, y lo que le indica su naturaleza racional es que permanece él mismo en todo cambio, transformando toda percepción en experiencia, haciendo de cada manifestación temporal una ley intemporal. “Sólo transformándose existe, y sólo permaneciendo invariable es él el que existe”.

La definición que adopta Schiller del hombre es: “aquella unidad persistente que, en el influjo de las variaciones, sigue siendo siempre la misma”.

Para Schiller el hombre lleva ya en su personalidad una disposición a la divinidad, y el camino hacia ella es a través de los sentidos. Sigue diciéndonos, que mientras el hombre no intuye ni siente (por la materia), sólo es forma y capacidad vacía, y es que su sensibilidad por sí misma, separada de toda actividad autónoma del espíritu, sólo es capaz de convertir al hombre en materia. “Para no ser mero mundo, el hombre ha de dar forma a la materia; para no ser mera forma, tiene que dar realidad a la disposición que lleva en sí”.

Añade Schiller, que el hombre hace real la forma al crear al tiempo, oponiendo variación a lo permanente, lo múltiple del mundo a la unidad eterna de su yo; y también da forma a la materia suprimiendo ahora el tiempo, afirmando la persistencia en la variación, e introduciendo la variedad del mundo en la unidad de su yo.

Para Schiller, surgen así, dos exigencias opuestas en el hombre (leyes fundamentales de la naturaleza sensible -racional-): exigencia de realidad absoluta, o de transformación en mundo de todo lo que es nueva forma (dar realidad a todas sus disposiciones); y exigencia de absoluta formalidad, o de erradicación de sí mismo de todo lo que es únicamente mundo, dando armonía a todas sus realizaciones. En sus palabras: “debe exteriorizar todo lo interno y dar forma a todo lo externo”.

El segundo impulso que podríamos denominar formal proviene de la existencia absoluta del hombre o de su naturaleza racional, y le proporciona la libertad de armonizar las múltiples manifestaciones, afirmando a su persona en todos los diferentes cambios de estado. La persona, como unidad absoluta e indivisible, no puede contradecirse consigo mismo; en palabras de Schiller: “ya que nosotros seguimos siendo nosotros para toda la eternidad, aquel impulso que insiste en la afirmación de la personalidad no podrá exigir nada que no sea para toda la eternidad; así, pues, decide para siempre lo que decide ahora, y exige ahora lo que exigirá siempre. Abarca todo el tiempo, y eso es tanto como decir que suprime el tiempo, que suprime la variación, que pretende que lo real sea necesario y eterno, y es que lo eterno y necesario es real; en otras palabras: exige la verdad y la justicia”.

El impulso sensible sólo da lugar a cosas, el formal dicta leyes. Y continúa Schiller: “Sólo en tanto el hombre es autónomo hay realidad fuera de él, es receptivo; sólo en tanto es receptivo, hay realidad en él, es una fuerza intelectual”.

En opinión de Schiller, el estado del espíritu humano, previo a toda determinación que le van a proporcionar las impresiones de los sentidos, es una determinación ilimitada. La infinitud de espacio y tiempo aparece al libre uso de su imaginación, pero llega un momento en que la sensibilidad del hombre se impresiona, y del innumerable número de determinaciones, tan sólo una va a hacerse real. Va a nacer una representación; a una capacidad vacía le sigue una fuerza activa, al recibir un contenido; pero como fuerza activa, ya tiene límites, cuando como simple capacidad, carecía de límites. Así, la realidad ya existe, pero la infinitud se ha perdido. Para determinar la forma en el espacio, hay que poner límites al espacio infinito, para imaginar una variación en el tiempo hay que fraccionar la totalidad del tiempo. Se llega a la realidad, pues, sólo mediante limitaciones, a la posición mediante negación o exclusión, y a la determinación suprimiendo nuestra libre determinabilidad.

Sin embargo, de una pura y simple exclusión no resultará ninguna realidad, ni tampoco de una pura y simple sensación resultaría ninguna representación, si previamente no existiera algo de lo que poder excluir.

Sin el espacio absoluto no llegaríamos nunca a determinar el punto. Sin el tiempo absoluto no llegaríamos nunca a representarnos el instante. Así, pues, sólo se llega a las partes mediante el todo y a la limitación mediante lo ilimitado.

Continúa Schiller diciéndonos que cada uno de estos dos impulsos fundamentales siguen su naturaleza, tendiendo a buscar su propia satisfacción, pero dado que ambos son necesarios, y, cada uno de ellos tiende a objetos opuestos, queda anulada recíprocamente esa doble coacción, con lo que la voluntad afirma una completa libertad entre los dos impulsos, comportándose como un poder fundamental de la realidad. La autoconciencia no puede depender de la voluntad, ya que la voluntad la presupone. (Sólo a quien es consciente de sí mismo puede exigírsele uso de razón). Ni la abstracción ni la experiencia pueden retornarmos a la fuente de la que parten los conceptos de universalidad y necesidad; la temprana aparición de esos conceptos los sustrae al observador: “El hombre es incapaz de pasar directamente del sentir al pensar; tiene que dar un paso atrás, porque sólo si se suprime una determinación puede aparecer la opuesta”.

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