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Hacia una simbiosis entre Ciencia y Filosofía.

Archivos de la categoría ‘Bergson’

EL TIEMPO (y II).

Publicado por simbiotica en abril 11, 2011

(De la obra de Pietro Redondi “Historias del tiempo”)

“Cuando las mismas partes y cada magnitud de un objeto solo pueden representarse por medio de limitaciones, entonces la representación entera no puede estar dada mediante conceptos (ya que estos contienen solo representaciones parciales), sino que debe basarse en una intuición inmediata”.

Las consecuencias que saca Redondi de todos estos conceptos son:

a) “El tiempo no es algo que exista por sí mismo”.

b) “El tiempo no es otra cosa que la forma del sentido interno, esto es, del intuirnos a nosotros mismos y nuestro estado interno”.

El tiempo “determina la relación entre las representaciones existentes en nuestro estado interior”.

“La misma representación del tiempo es una intuición, ya que todas sus relaciones pueden expresarse en una intuición externa”.

c) “El tiempo no es más que una condición subjetiva de nuestra (humana) intuición (que es siempre sensible, es decir, en la medida en que somos afectados por objetos) y en sí mismo, fuera del sujeto, no es nada.” “Sin embargo, es necesariamente objetivo en relación con todos los fenómenos y, por tanto, en relación con todas las cosas que pueden presentarse en nuestra experiencia”.

 Por todo ello Redondi sostiene la realidad empírica del tiempo, o sea, “su validez objetiva en relación con todos los objetos que puedan ofrecerse a nuestros sentidos”, “Al ser siempre sensible a la intuición, no puede darse en nuestra experiencia ningún objeto que no esté sometido a la condición del tiempo”. No obstante, Redondi niega al tiempo “toda pretensión de realidad absoluta”. “Únicamente los fenómenos constituyen el terreno de su validez”.

“A diferencia de Bergson, para quien el recuerdo, es decir, el pasado, no pertenece a nuestra vivencia del tiempo, para Proust el pasado sí puede ser vivido”.

“Proust, con su relato introspectivo, muestra cómo la memoria avanza a tientas de un sentimiento confuso del pasado hasta la claridad de su recuerdo, y lo hace como si estuviera enfocando el visor de una cámara fotográfica”.

“El tiempo es la coordinación de los movimientos”.

“El tiempo desempeña el mismo papel que el espacio con relación a los objetos inmóviles”.

“El espacio es un algo instantáneo captado en el tiempo, y el tiempo es el espacio en movimiento; ambos constituyen, en su reunión, el conjunto de relaciones de concatenación y de orden que caracterizan a los objetos y sus movimientos”.

“Comprender el tiempo es liberarse del presente”. “Es trascender el espacio por un esfuerzo móvil: es, esencialmente, hacer acto de reversibilidad. Seguir el tiempo, según el solo curso irreversible de los acontecimientos, no es comprenderlo, sino vivirlo sin tomar conciencia de él”.

“El tiempo racional o sistema de las operaciones que constituyen la noción del tiempo es tan reversible como el tiempo empírico”.

“Egocentrismo e irreversibilidad son una sola y misma cosa, y caracterizan ambos el estado de “inocencia” que precede a la construcción crítica. En el dominio del tiempo psicológico, tal actitud conduce a vivir sólo en el presente y a no conocer el pasado más que por sus resultados: de allí las dificultades de “reflexión”.

“Kant tuvo el gran mérito de mostrar que nuestra idea de tiempo no es un calco de las cosas, sino una forma de considerarlas”.

“Nuestras percepciones, como tales, no pueden proporcionarnos muchos elementos de la sucesión, puesto que cada una de ellas se sitúa en el instante; sin embargo, gracias a la memoria, también poseemos imágenes. Según las leyes de esta asociación, dichas imágenes reproducen la serie de sucesos vividos, y nos permiten tomar conciencia de las relaciones del antes y el después que las unen”.

En el siglo XIX todos los autores “intentaban explicar nuestra idea del tiempo a partir del análisis de los estados de conciencia”. Sin embargo, Bergson, en vez de descubrir tal multiplicidad, “admite la unidad intuitiva de la duración homogénea del yo”. Este proceso reflexivo “siempre es actual, y puede considerarse una actitud permanente de la mente humana”. 

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Filosofía básica del Paradigma (Bergson IV)

Publicado por simbiotica en marzo 5, 2009

Acerca de la inmortalidad del alma, el argumento racionalista, con Platón a la cabeza, consiste en decir: el alma es simple, por consiguiente no tiene por qué descomponerse al descomponerse el cuerpo. Pero el racionalismo olvida decirnos lo esencial, a saber, de qué unidad se trata. Además ¿qué sabemos, por esta vía, de la relación que hay entre el alma y el cuerpo para llegar a esta conclusión platónica? En cambio, si el espíritu es una durée que se va abriendo paso por las estructuras somáticas en la medida en la que ellas se lo permiten, no hay razón para que esta acción cese cuando haya cesado la materia. Tan cierto es esto intuitivamente, que justo entonces quien tendría que demostrar la muerte del alma es justamente el “mortalista”. La inmortalidad aparece como un hecho inmediato. Ciertamente no se trata sino de una supervivencia; no sabemos aún la duración misma de ella. Pero a fuerza de acumular probabilidades intuitivas llegamos asintóticamente a una verdadera certeza de la supervivencia para siempre.

La esencia de la conciencia es la memoria. Una realidad que no tuviera la capacidad de retener el pasado en un presente sería un espíritu de estructura puntual; cada acto comenzaría en cero, y aunque ejecutara actos iguales o parecidos a los de antes, esta semejanza sería mera repetición. Sería justo la inconsciencia. La conciencia es, pues, esencialmente  memoria. Ahora bien, la memoria no es un acto del cerebro. El cerebro no es un depósito de imágenes. En lugar de pensar que el cerebro es el órgano de la presencia de las imágenes, puede suponerse que el cerebro es el órgano de las ausencias, es decir, el órgano que selecciona lo que podemos recordar, ya que el cerebro es el órgano que permite y establece las condiciones de la inserción de la voluntad en la materia. “Recibe de la materia las percepciones  que constituyen su alimento, y se las devuelve en forma de movimiento en el que ha impreso su libertad”. El espíritu, pues, es una relidad propia irreductible a la de la materia y accesible tan sólo a la intuición.

La evolución es innovación. Es el élan que se va abriendo paso a paso a través de la materia. La vida va inventando por tanteo distintas formas de abrirse paso a paso a través de aquella. Se obtiene así unos sistemas que fracasan, y otros que son viables y tienen porvenir. Así es como se va constituyendo lo que después se llamó la biosfera. En este sentido de élan innovador, la evolución es algo inmediatamente aprehendido en la intuición. Para la intuición vivir es tener este élan, es crear, es inventar.

Esta concepción permite interpretar la totalidad de lo real. Ante todo, la diferencia entre la materia y la vida. El élan tiene una dirección ascendente en la que va innovando hasta la liberación completa del espíritu humano. Pero tiene una dirección descendente: si vamos reduciendo el élan al repetir siempre lo mismo, habremos obtenido justamente la materia inerte, una materia que, por lo mismo, carece de interioridad. La materia es pura repetición, sin creación ni invención. La materia es siempre la misma: es una eternidad de muerte. El espíritu nos lleva a algo que es siempre lo mismo, pero es una eternidad de vida, Dios.

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Filosofía básica del Paradigma (Bergson III)

Publicado por simbiotica en marzo 1, 2009

La coincidencia entre intuición y durée es el punto preciso en que se inscribe la verdad filosófica para Bergson. La verdad de la intuición no es una adecuación, sino una inserción simbiótica, simpática, es la durée misma. Como la durée es esencialmente imprevisible, por eso es quimérico representárnosla en términos de mero análisis conceptual. En este sentido es imposible encerrar en una fórmula la verdad absoluta de la durée. Es menester ir conviviéndola. De esta manera quizá no lleguemos a conclusiones absolutas, pero tendremos la seguridad de habernos mantenido en la realidad misma,y lograremos probabilidades crecientes, que en el límite equivalen a una certeza.

Para Bergson, en la base del simbolismo científico se hallan unos cuantos hechos, unas cuantas intuiciones fundamentales de las que la ciencia ha nacido y de las que recibe todo su valor. La ciencia generalmenta las ha olvidado. Es posible que crisis periódicas de su historia se las vuelvan a recordar. Pero la misión del filósofo consiste en almbrarlas de nuevo. El llamado relativismo de la ciencia significa tan solo que la ciencia es incompleta, lo cual es evidente.

Según Bergson, y particularizando en la Biología, el proceso sensitivo centrípeto es tan sólo un “seleccionador” de lo percibido, pero no es la percepción. La percepción es la presencia del espíritu en las cosas.

La vida ha dado al hombre una facultad de simpatía con la materia: es la inteligencia. Lo que en esta línea logra la inteligencia es una serie de verdades fragmentarias, pero verdades absolutas en su línea.

La ciencia no es ciencia por ser simbolización, sino por ser intuición simpática con la materia, y por serlo, es decir, por ser la materia algo sólido, es por lo que la ciencia puede y tiene que echar mano de la simbolización. La ciencia no es intrínsecamente relativa. El relativismo está tan sólo en la utilización de la ciencia en el dominio del espíritu. Es un dominio que pertenece a la metafísica.

En su opinión, el origen del ser es la nada, precisamente porque el origen es algo que está más allá de lo originado, y como lo originado es el ser, su origen es la nada. La inteligencia se coloca frente al ser, es decir, fuera de él, y entonces aprehende el ser justo desde allende el ser, esto es, desde la nada. Por este camino nunca llegará a descubrir el ser. Haría falta colocarse no fuera del ser, sino dentro de él, por intuición. Y entonces, en lugar de saltar del ser a la nada, lo que el espíritu descubre es el ser en su íntima condición.

El empirismo entiende por yo el complejo de estados de conciencia. Cuanto más profundo sea el análisis, se descubrirán más estados intermedios entre los estados dados. Lo que hacemos, entonces, es multiplicar los estados mentales y a lo sumo engarzarlos. La crítica de Hume nos viene, aquí, a mano: el yo, este hilo, no está dado jamás en la experiencia. El racionalismo hace lo contrario. Parte de que el yo es una unidad primaria. Los estados mentales son como atributos de este yo que, en su impasible unidad, salta, por así decirlo, de un estado a otro. Precisamente por esto la unidad del yo en sí mismo es meramente abstracta. En realidad, entre los estados mentales el empirisno socava un puente; pero a los dos se les escapa la fluencia del río que corre por la tierra. Es el yo profundo, a diferencia del yo superficial de los estados. Y es que el espíritu es esencialmente durée.

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Filosofía básica del paradigma (Bergson II)

Publicado por simbiotica en febrero 25, 2009

Para Bergson, la intuición filosófica no es la intuición del arte. Y esto por dos razones. Primeramente, nos dice Bergson, porque el arte opera solamente sobre lo vivo, siendo así que la filosofía recae también sobre la materia, y apela, por tanto, a la inteligencia conceptual, pero con un uso diferente. Y en segundo lugar, porque el arte opera con intuiciones, pero es para expresarlas en símbolos. Ahora bien, la filosofía pretende prescindir de los símbolos y de las imágenes, no en el sentido de no usar de ellos, sino para retrotraernos, para reintegrarnos y sumergirnos cada vez más y más en el modo de ser de lo inmediato intuido. No va de la intuición al símbolo, sino del símbolo a la intuición.

La intuición así entendida es un nuevo tipo de experiencia de lo real. En Comte, la experiencia había sido meramente constatativa, o, a lo sumo, perceptiva de lo real. En Bergson, se trata de una experiencia completamente distinta. Es la penetración, o mejor, la compenetración que con toda su fuerza simpática quiere “co-experimentar” justamente el modo de ser de las cosas tomadas como se dan en sí mismas. Es estrictamente una experiencia metafísica (la intuición como experiencia metafísica): he aquí el primer momento del método filosófico, según Bergson.

La intuición es un solo acto, pero un acto de esfuerzo, un acto que consiste en un continuo despliegue y repliegue. La intuición no es una sucesión de actos, sino la durée de un mismo acto, un acto cuya índole consiste en durar. No es una sucesión de actos, sino un acto durativo. El tiempo de la intuición no es el esquema de la sucesión, sino el tiempo puro de la duración. La durée es, para Bergson, una sucesión cualitativa y no numérica.

Y es que el objeto mismo de la intuición es también pura durée. Por esto, entre la intuición y su objeto hay esa profunda simpatía gracias a la cual tenemos un conocimiento absoluto, esto es, un conocimiento del modo de ser mismo de lo real inmediatamente dado.

Tanto en su aspecto cualitativo, como en su aspecto mecánico, la ciencia física ha espaciado el tiempo, con lo cual el tiempo mismo se le ha escapado. Esencial escapada: es justo lo que nos permite movernos con seguridad entre las cosas. Pero la filosofía no pretende esto, sino aprehender las cosas en su realidad inmediatamente dada. Y las cosas físicas tienen ese modo de ser que es la durée. Su aprehensión es objeto de la intuición.

Y esto que es verdad tratándose de la realidad física, es aún mucho más verdadero tratándose de la realidad del espíritu, de la conciencia.

La conciencia no es una multiplicidad numérica de estados, sino una multiplicidad cualitativa de un solo estado, que como un élan (un torrente decía W. James), dura y se distiende sin cesura. El tiempo de la conciencia no es la sucesión de diversos estados, sino la durée de un mismo estado. La esencia de la durée de la conciencia es lo contrario de la determinación: es libertad. Sólo sumergiéndonos en nosotros mismos por intuición es como aprehendemos la realidad inmediata de nuestra conciencia.

La vida misma es esa especie de élan, que se va abriendo paso a través de la materia. La ciencia llama vida al organismo. Pero el organismo no es sino la impronta sobre la materia de la durée, del élan en que la vida consiste.

Intuir la durée es conocer ya el modo propio de ser de cada cosa que dura. Porque la durée no es algo incualificado, sino perfectamente cualificado en cada caso.

Precisamente por ser una tensión dinámica, la durée tiene tres caracteres precisos. Es, ante todo, una variedad cualitativa distinta en cada caso. Es, en segundo lugar, una continuidad de progreso; en su virtud, el esfuerzo intuitivo nos lleva a un conocimiento de otras cosas posibles distintas de aquellas que estamos intuyendo. Finalmente, la durée tiene una unidad de dirección propia de cada cosa y que sólo puede aprehenderse en su peculiar intuición. Por estos tres caracteres, la intuición de la durée nos abre el campo de un verdadero conocimiento del modo de ser de las cosas en su diversidad. Ser es siempre en una u otra forma durée. Precisamente porque lo real es durée, es por lo que el único órgano mental para aprehender la realidad en su modo de ser, en su carácter absoluto, en la intuición, que en sí misma es también durativa.

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Filosofía básica del Paradigma (Bergson)

Publicado por simbiotica en febrero 19, 2009

HENRI BERGSON  (1859-1941)

Nace y muere en Paris.

Sin más preámbulos acometemos el meollo de su pensamiento, que es lo que nos ocupa. Para Bergson, el hombre, con sus conceptos y símbolos de cosas recortadas con vistas a las necesidades prácticas, conoce de las cosas tan sólo lo que tienen de relación las unas con las otras. En cambio, si nos reintegramos a lo que son las cosas inmediatamente dadas, prescindiendo de toda relación con las demás, entonces nos quedamos frente a frente a la realidad en sí y por si misma, “suelta” de toda relación con otras: es la realidad “absoluta”. En una palabra, lo absoluto es lo inmediatamente dado, tomado en y por sí mismo. Frente a lo que Comte pretendía, a saber, que el objeto es el hecho científico, para Bergson el objeto de la filosofía es el hecho inmediato. Y esto es lo absoluto.

Absoluto significa lo inmediatamente dado, tomado en sí y por sí mismo. Mientras para Comte el hecho es siempre y sólo el hecho científico, para Bergson hay hechos, los hechos inmediatos, que son hechos, pero que no son científicos, en el sentido de las ciencias. De ahí que un saber no científico puede ser, sin embargo, positivo. Tal es el saber filosófico. La filosofía es un saber positivo de la realidad.

Segun Bergson, todo verdadero filósofo no ha dicho, a lo largo de su vida, más que una sola cosa. Su discurso es una frase única.

Este absoluto es una primigenia simplicidad, pero ¿cómo aprehenden? Es el punto decisivo.

Cuando Aristóteles y Kant se enfrentaron, cada uno a su modo, con el problema del conocimiento de las cosas, siempre dieron por supuesto que el hombre está fuera de ellas. Por consiguiente, lo que el hombre tiene que hacer es entrar en relación adecuada con esas cosas. En verdad que para Aristóteles es el hombre el que gira en torno a las cosas para recibir de ellas sus conceptos. Para Kant son las cosas, en tanto que objetos, las que giran en torno al hombre que les impone sus condiciones de sensibilidad e inteligibilidad. Pero para ambos filósofos se trata siempre de un “girar”, precisamente porque el hombre está fuera de las cosas. Pues bien, habría una tercera posición: el hombre no está fuera de las cosas y, por tanto, no es cuestión de girar, sino que el hombre, por algún acto primario suyo, está dentro de las cosas. “Dentro” se dice intus. Por esto el acto radical de la filosofía, el gran órgano mental para filosofar es, para Bergson, la intuición. Es el acto que nos coloca, que nos instala dentro de las cosas. La intuición, ciertamente, no es un método exclusivo de la filosofía; pero es para Bergson su método específico. Si embargo, ¿que es para Bergson la intuición?

En primer lugar, llama intuitiva a la aprehensión inmediata, esto es, a la aprehensión de las cosas por métodos directos, no simplemente refiréndonos a ellas con conceptos previos tomados de otras realidades.

En segundo lugar, esta prehensión no es una simple constatación. En la intuición hay algo distinto, algo más que una mera constatación. Hay una especie de simpatía o simbiosis, no sólo con los hombres, sino con las cosas.

En tercer lugar, no se trata de una constatación pasiva, sino que es todo lo contrario: es una actividad, una violenta actividad del espíritu por la que tiene que despojarse no solamente de las ideas preconcebidas, sino que tiene que esforzarse por convivir con lo que tiene delante, que no es un estado quiescente y puntual, sino algo distinto, una durée. Es una auscultación de lo real, en la que cada visión tomada sobre lo intuitivo es mantenida no para fijarla, sino justamente al revés, para ir corrigiéndola en sucesivas visiones tomadas dentro de la intuición misma. La intuición, pues, no es pasividad, sino máxima actividad.

En cuarto lugar, inmedita y activa, la intuición no recae sobre “cosas”, sino sobre su durée, concepto bergsoniano que representa el tiempo puro.

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