“Pero, las causas y efectos no pueden descubrirse por la razón, sino por la experiencia.
De todo ello se deduce que toda creencia en una cuestión de hecho o existencia reales deriva meramente de algún objeto presente a la memoria o a los sentidos y de una conjunción habitual entre éste y algún objeto. O, en otras palabras: habiéndose encontrado, en muchos casos, que dos clases cualesquiera de objetos, llama y calor, nieve y frío han estado siempre unidos; si llama o nieve se presentaran nuevamente a los sentidos, la mente sería llevada por costumbre a esperar calor y frío, y a creer que tal cualidad realmente existe y que se manifestará tras un mayor acercamiento nuestro. Esta creencia es el resultado forzoso de colocar la mente en tal situación. Se trata de una operación del alma tan inevitable cuando estamos así situados como sentir la pasión de amor cuando sentimos beneficio, o de odio cuando se nos perjudica. Todas estas operaciones son una clase de instinto natural que ningún razonamiento o proceso de pensamiento o comprensión puede producir o evitar.
Ya hemos observado que la naturaleza ha establecido conexiones entre ideas particulares y que, tan pronto como una idea se presenta a nuestros pensamientos, introduce su correlato y lleva nuestra atención hacia él mediante un movimiento suave e insensible. Estos principios de conexión y asociación los hemos reducido a tres: semejanza, contigüidad y causalidad, y son los únicos lazos que mantienen unidos nuestros pensamientos y dan origen a la corriente regular de reflexión y discurso que, en mayor o menor medida, tiene lugar en toda la humanidad. Pero surge una cuestión de la que depende la solución de la presente dificultad. ¿Ocurre en todas estas relaciones que, cuando uno de los objetos es presentado a los sentidos o a la memoria, no sólo la mente es llevada a la concepción de su correlato, sino que alcanza una representación (concepción) más firme y vigorosa de él que la hubiera podido alcanzar de otra manera? Este parece ser el caso de la creencia, que surge de la relación causa y efecto. Y si el caso es el mismo con otras relaciones o principios de asociación, puede establecerse como ley general para todas las operaciones de la mente.”
“Aquí hay, pues, una especie de armonía preestablecida entre el curso de la naturaleza y la sucesión de nuestras ideas, y, aunque los poderes y las fuerzas por las que la primera es gobernada nos son totalemente desconocidas, de todas formas, encontramos que nuestros pensamientos y representaciones han seguido la misma secuencia que las demás obras de la naturaleza. La costumbre es el principio por el cual se ha realizado esta correspondencia tan necesaria para la supervivencia de nuestra especie y la dirección de nuestra conducta en toda circunstancia y suceso de la vida humana. Si la presencia de un objeto no hubiera inmediatamente excitado la idea de los objetos usualmente unidos a él todo nuestro conocimiento hubiera tenido que limitarse a la estrecha esfera de la memoria y sentidos, y nunca hubiéramos sido capaces de ajustar medios a fines o emplear nuestros poderes naturales para hecer el bien o evitar el mal. Aquellos que se deleitan en el descubrimiento y contemplación de las causas y efectos, tienen aquí un amplio tema en el que ejercitar su asombro y admiración.”
“Añadiré, para mayor confirmación de la teoría precedente, que como ésta operación de la mente, por medio de la cual inferimos los mismos efectos de causas iguales y viveversa, es tan esencial para la subsistencia de todas las criaturas humanas, no es probable que pudiera confiarse a las engañosas deducciones de nuestra razón, que es lenta en sus operaciones, que no aparece en grado alguno durante los primeros años de la infancia y que, en el mejor de los casos, está en todas las edades y períodos de la vida humana muy expuesta al error y a la equivocación. Concuerda mejor con la sabiduría habitual de la naturaleza asegurar un acto tan necesario de la mente con algún instinto o tendencia mecánica que sea infalible en sus operaciones, que pueda operar a partir de la primera aparición de la vida y pensamiento y que pueda ser independiente de todas las deducciones laboriosas del entendimiento. De la misma manera que la naturaleza nos ha enseñado a usar nuestros órganos sin darnos conocimiento de los músculos y nervios por los cuales son movidos, igualmente ha implantado en nosotros un instinto que conduce al pensamiento por un curso que corresponde al que ha establecido entre objetos externos, aunque ignoremos los poderes o fuerzas de los que este curso y sucesión regular de objetos depende en su totalidad.”
“Si los objetos no tuvieran una conjunción regular entre sí, jamás hubiéramos tenido una noción de causa a efecto, y esta conjunción regular produce la inferencia de la mente, que es la única conexión que, en parte, podemos comprender.”