Introducción a la obra “El parto de Dios”

La presente obra actualiza a comienzos del siglo XXI la aventura del Espíritu, sin complejos ni tapujos.

La reciente historia del siglo XX con su continua lucha entre corrientes materialistas de diversa índole y las espiritualistas, una vez renacidas, son eso, historia. Por ello, no pretendo justificar, ni disfrazar la presencia evidente del Espíritu en toda nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Su presencia es tan cotidiana, estamos tan inmersos en ella que muchas veces no somos capaces de reconocerla; es como si no quisiéramos encontrarnos de frente con Él, para que nuestros ojos no se crucen con los suyos. ¿Es una muestra de timidez o culpabilidad?

Nuestra propia vida no tendría el más mínimo significado, la más mínima explicación si, siendo totalmente honrados e íntegros, no reconociéramos su evidente presencia. En cualquier caso, la hipótesis de su presencia en la criatura viva es tan plausible como cualquier otra, como poco al mismo nivel que las tildadas pretenciosamente de científicas (no hace falta recordar las críticas, a veces, acérrimas, que han vertido sobre la Ciencia personalidades de su mismo ámbito).

Creo que no es momento de justificaciones, no es momento de sortear convenciones sociales inquisitorias; como acabo de decir, eso ya es historia. El nuevo siglo XXI va a ser moderno por lo menos en esto.

En la presente obra aparece el Espíritu en toda su plenitud. Las ideas de Platón, Schopenhauer, Bergson y el mismo Teilhard de Chardin son precursoras de cuanto se dice a continuación.

En mi obra anterior, “Ciencia, Filosofía, Religión. Una visión armónica”, expuse las primeras versiones de la nueva teoría; su refinamiento posterior, singularmente en el plano metafísico, es el móvil de la aparición del presente ensayo.

La teoría presenta la novedad de considerar el acto de creación no limitado en el tiempo, pues es extensivo a todo el espacio temporal. Y esta creación presenta propiedades singulares, quizás difíciles de digerir en el sentido de que la necesaria libertad requiere el retorcimiento del tiempo, en el que el ciclo presente-pasado-futuro se cierra sobre sí mismo. Toda la creación, desde el origen hasta el final, es una totalidad indefectiblemente conectada o unida entre sí, en la que aún lo más insignificante, es absolutamente indispensable para su funcionamiento y su propia existencia; su falta equivaldría al desvanecimiento de todo el conjunto, la pérdida de su sustancia. Esta íntima unión explica el cierre del tiempo: la influencia no sólo de las criaturas del pasado sobre las del futuro, sino, ¡lo que es sorprendente!, la profunda influencia de las criaturas futuras sobre las del pasado. El cómo se produce ello (por supuesto, manteniendo la validez de la ley causa-efecto) tiene cabida respuesta en la teoría.

De todo ello se sigue la importancia de nuestra presencia en el universo (y de todas las demás criaturas vivientes) en orden a la aparición del Ser Supremo. ¡Somos tan importantes para Él como lo es Él para nosotros!

En esta visión el universo, campo de expresión del tiempo, representa el proceso total de creación, de todo, hasta el mismo Dios. El universo con su evolución representa el “parto de Dios”.

La forma como se ha articulado el presente libro es eminentemente impulsiva, espontánea, y el mantenimiento de esta espontaneidad ha sido la guía que ha presidido su desarrolo.

En el primer capítulo se hace referencia a las cosmogonías tradicionales más reconocidas, muy resumidas en aras de la sencillez.

A continuación se entra de lleno en las tesis revolucionarias acerca del significado, origen y móvil de la vida, deteniéndonos y tomando partido en la reciente polémica del “gen egoísta”.

Una vez establecidos los primeros trazos del meollo de la teoría, se vuelve a hacer un poco de historia de las ideas religiosas que han supuesto tradicionalmente el advenimiento del Espíritu.

El tema religioso nos lleva irremisiblemente al hecho de la muerte, lo que conduce a hacer, de igual modo con brevedad, un poco de historia sobre la mitología acerca de la misma. Se finaliza con un mensaje optimista en relación a su superación.

Por fin, en el último capítulo se aborda la teoría del Bien y del Mal de las religiones tradicionales, sustituyéndola por el Bien y el principio opuesto al que se llama el “dolor de parto”.

El Ser Supremo, aparece con un doble aspecto: el del Absoluto, infinito de todos los infinitos, inmutable y fuera del tiempo; y el mitológico, que encierra el mito de la muerte-resurrección, el de la creación-destrucción, y que es el resultado de la transposición del Ser Supremo a las dimensiones finitas del hombre, de la materia, del mismo universo.

El resultado final supone las tres fases vivenciales del Ser: el primigenio, anterior al tiempo; el vital, dentro del tiempo; y el místico, formando parte del cuerpo místico de Dios, una vez superado el tiempo.

Por último se hace hincapié en el parelelismo que parece presentar la teoría con el pensamiento del filósofo Teilhard de Chardin. La mística que emana de la obra de este autor es aplicable a la teoría aquí expuesta.

Espero que la lectura del presente ensayo no deje indiferente los espíritus, haciendo renacer en nosotros ese gusanillo que llevamos dentro y que representa “la búsqueda” de esa “esencia” misteriosa de las cosas que no es más que el Espíritu que alienta y palpita en las mismas.
(Copyright 2002)

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