Cosmogonía III. (De la obra “El parto de Dios”)

“Para Jung la realidad tranpsíquica es el fundamento inmediato de la psique. Los acontecimientos sincrónicos que no pueden ser insertados legítimamente en nuestras categorías explicativas de la casualidad, del espacio-tiempo, deben ser interpretadas según las categorías próximas a las de la psique cuántica y en función del afloramiento de un arquetipo determinado en cierta situación particular. Por cierto, la mayor parte de los acontecimientos sincrónicos surgen en la vida real en situaciones de alerta o angustia. Por eso Jung considera los arquetipos como figuras psicoides, a la vez materiales y espirituales, la unidad de lo que llamamos la materia y el espíritu, la fuente imperceptible común de ellos y que sólo se revela en circunstancias extraordinarias, es decir, en situaciones más allá de nuestras categorías causales espaciotemporales.

Entonces, bajo esta perspectiva, el inconsciente no sólo es el residuo de pensamientos y sentimientos rechazados de la vigilia, sino también la matriz de posibilidades por venir, la conexión del hombre con el universo, el árbol filogenético del cual la consciencia no es más que un retoño tardío.

La conciencia es una pequeña isla en el mar del inconsciente. El inconsciente personal no es más que una delgada capa que separa el inconsciente colectivo de dicha conciencia. El Yo es el sujeto de esa conciencia.

Como dijimos, el inconsciente colectivo es “una fuerte masa espiritual hereditaria del desarrollo humano que renace en cada estructura individual”. Son las formas primitivas intemporales las que actúan y que son propias de cada uno. Por ello son tan parecidos los símbolos y los mitos de todos los pueblos, conservándose en la psique, no sólo el desarrollo común de toda la estirpe humana, sino también nuestro pasado animal.

Para Jung, la base del inconsciente colectivo es totalmente irracional y no puede ser comprendida por el Yo, como “fondo insondable” de todo lo producido, y de donde antaño salieron las psiques individuales que han conducido a la realidad actual de nuestro mundo.

La realidad del sueño integra un aspecto colectivo, por eso existe un escalón “subjetivo” (relacionado con la situación interior del soñador) y otro “objetivo” (en conexión con la situación concreta exterior). Los sueños se hallan unidos entre sí bajo “el manto de la conciencia”, derivando unos de otros, pero sin tener entre sí conexión lógica.

La relación entre los arquetipos y la vida individual se asemeja a la que existe entre el tema y sus variaciones. Hay tantas variaciones como individuos por la inagotable diversidad de la vida.

Para Jung el alma individual es el “sí”, rodeado del mundo exterior que representa la conciencia, y el mundo exterior del inconsciente colectivo. (La zona límite es el inconsciente personal). La clave superior del Sí, absorbente del mundo exterior, es el “Yo”, y frente al Yo se encuentra la “sombra”. Lo mismo que el Yo es la salida al mundo concreto, la sombra es la entrada al mundo de la profundidad. La sombra es el lado sombrío de nuestro Yo, al que se desprecia y niega por diversas razones culturales o morales; realmente es primitiva o inadaptada. Se tiende a transferir a los demás estos aspectos sombríos de nuestra personalidad; su conocimiento ayuda a aceptarla como una parte de nosotros mismos, eliminándose aquella actitud negativa pertubadora.

Ahora bien, el Sí no puede definirse con exactitud, siendo como es la vivencia más profunda y subjetiva de la propia unidad de la cual sólo conocemos su capa exterior, el Yo.

En palabras de Jung: “Desde el punto de vista intelectual, el Sí no es más que un concepto psicológico, una construcción que debe expresar una esencia que no percibimos, que no podemos concebir como tal, porque sobrepasa nuestro poder de comprensión… El Sí es la expresión más absoluta de esta combinación del destino llamada individuo…, no podemos decir nada de los contenidos del Sí… El Yo es el único contenido que conocemos del Sí…, nos es extraño y no obstante muy próximo; es, en realidad, nosotros mismos, y, sin embargo, no nos es perceptible… Los principios de nuestra vida psíquica parecen provenir de este punto, y todos nuestros objetivos más elevados y últimos parecen converger en él. Esta paradoja es inevitable cuando intentamos definir alguna cosa que se encuentra más allá de nuestra comprensión…”

Y volvamos a nuestras visiones cosmológicas. Platón en el Timeo nos dice que el conjunto del cosmos, vistos su orden y su armonía, debe poseer una inteligencia y ser una “verdadera criatura viva, con alma y razón”. El cosmos que aparece en Timeo es obra de un creador, pero en otros mitos el creador se disuelve en su propia creación, generalmente por medio de la muerte o de la inmolación.

En la cosmología hindú, Purusha, el Hombre Primordial, es descuartizado, y de sus partes es creado el universo.

El ciclo de transmutación no sólo trasciende los géneros de los seres vivos sino que puede participar en el proceso mismo de la creación: al sacrificarse, el creador se dispersa o difunde por toda la creación, aunque pueda resucitar continuamente. La paradoja de que el creador está presente gracias a su muerte es paralela a la idea de que la muerte del hombre forma parte de un ciclo de duración mayor a la propia vida.

La contrapartida de la vida, el precio a pagar a cambio de su cambiante naturaleza, es la muerte; todo lo creado que se desarrolla por transmutación, debe también seguir la parte descendiente del ciclo, es decir, la decadencia y la muerte. La muerte es el reverso del instinto de conservación animal, como la causa oculta del mundo creado. En el Brihandaranyaka Upanishad figura: “…en el principio no existía nada. Todo estaba envuelto en Mrtyn (la Muerte), en el apetito, pues el apetito es la Muerte… Pensó entonces Mrtyn “si yo pudiera tener identidad…” y comenzó a moverse en tanto recitaba las plegarias. Y al recitarlas se formaron las aguas”.

Algunos mitos distinguen entre un tiempo concreto, referido al mundo, y otro universal, referido al cosmos; este último es parecido al que rige la sucesión de las eras del mundo, llamadas kalpas en la mitología hindú. La idea de que el tiempo es el árbitro definitivo entre los principios opuestos origen del cosmos, fue expresada ya por el filósofo Anaximandro: “El origen de todo lo que existe es el infinito, y así como todo lo que es hubo de empezar a ser, así dejará de ser cuando llegue su momento, y cada cual pagará sus desviaciones según los arbitrios del tiempo”.

En algunas cosmologías, la creación se identifica de forma tan estrecha con la fuente divina de la misma, que el mundo se representa como el cuerpo de Dios; es la visión impresionante de Krisna ante la petición de Arjuna (Bhagavad Gita).”

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s