Cap.III. La polémica del gen egoísta (II). De la obra “El parto de Dios”.

La polémica del gen egoísta (II).

“De inmediato podría hacérsenos una objeción. La “expansión” de la esencia del gen en el tiempo y el espacio, siendo este último como es un simple código, todo lo elaborado que queramos, y cuya base es la identidad del ser en cada una de sus duplicidades citadas, recuerda fuertemente a las simples moléculas y átomos cuya identidad, si cabe, es más palpable. ¿Es que la “esencia” del átomo de cualquier elemento está “expandida” de igual forma en el espacio y el tiempo? Tengamos en cuenta que el átomo desde su génesis prácticamente va a durar una eternidad, para ser exactos hasta la desintegración del cosmos en energía (salvando, claro está, los elementos radioactivos). Pues bien, la objeción es tremendamente fuerte y muy evidente. El problema no puede soslayarse por mediación de explicaciones más o menos artificiossas, pues entramos de lleno en el quid de la cuestión. A grandes problemas, grandes soluciones, mejor, una solución drástica, definitiva, nunca buscada por lo que significa… Y es que, no queda más remedio que reconocer, rotundamente, que la simple materia, aún en sus más bajos niveles de organización, “palpita”, puesto que su esencia es ya el germen de la vida futura. La esencia de la misma materia contiene, al igual que el gen, una “memoria” de todos los acontecimientos en los que interviene a lo largo de todo lo ancho del espacio y el tiempo del cosmos, mejor, a lo largo de su presencia en el cosmos, esté definida en el mismo cualquier dimensión, cuestión esta última en la que no queremos entrar.

La materia rezuma vida, rezuma voluntad (la voluntad de Schopenhauer); posee en sí misma toda la potencia necesaria para que por su intermediación las criaturas sientan todas las emociones y sensaciones presentes en la naturaleza. (Para Nietzsche la “voluntad” presenta en el hombre características distintas a las apuntadas por Schopenhauer).

La materia, el gen, posibilita en general una cierta configuración de las criaturas, de la materia viva y a cada configuración corresponde la capacidad de recepcionar las mil y una sensaciones posibles de la naturaleza. La “esencia” del átomo, por ejemplo, “para sí” quizás sólo puede sentir su existencia, su “voluntad” de conservación, pero, su “actuación”, al formar parte de un gen, que a su vez configura la constitución de un organismo, posibilita a l final, en este último, la recepción por el mismo de unas precisas sensibilidades o emociones. La existencia de un gen no es eterna, por eso su “memoria”, que implementa a su esencia, no puede tener constancia de acontecimientos que van más allá en el tiempo. Si embargo, el átomo que forme parte posteriormente de otro gen, en su esencia sí puede tener “reflejados” acontecimientos de un futuro más lejano, tanto como el final de nuestro universo, por ello, la “influencia” de este átomo en el momento presente podría posibilitar la recepción de “algo” perteneciente al mismo final del universo todo. ¿Qué estamos diciendo?… Pues, suponiendo la evolución como una línea ascendente de complejidad de la vida, podemos intuir el final de esta cadena, es decir, el cenit, por la observación “si estamos capacitados para ello”, de la misma materia. El sentimiento general en todas las civilizaciones de un ser supremo, unitario, todopoderoso ha podido ser intuido desde muy antiguo, simplemente observando las cualidades positivas que observamos en el cosmos, en la simple materia, en la simple realidad. Por cierto, en este punto es conveniente manifestar que nos adherimos a la doctrina “materialista” del filósofo español Xavier Zubiri (verdaderamente una materia con características totalmente espirituales, a su pesar), que esencialmente niega la existencia de algo fuera de la estricta realidad, de la materia que nos rodea que guarda en sí no sólo la simple materia estudiada por la Física, sino la vida, la complejidad organizada sentiente, el “de suyo” de Zubiri.

Las críticas de este pensador a la Ciencia, en cuanto al rechazo o menosprecio de esta última del subjetivismo, están más que fundadas, pues ¿qué es esencialmente o qué explicación tiene el sentimiento que aparece en los seres vivos ante el estímulo que representa un simple color o una melodía?… Obviamente son temas que para la ciencia oficial no tienen entidad, o están fuera de su objeto. Si esto es así, esta ciencia necesita de una urgente renovación, la que está demandando una sociedad que desea que “su” ciencia siga dándole soluciones a los problemas o inquietudes que le preocupan.”

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