Cap.2. El Fenómeno vital. Apartado III. La polémica del gen egoísta (3ª parte). (Del libro “El parto de Dios”).

LA POLÉMICA DEL GEN EGOÍSTA.

“Hubo un tiempo en que la ciencia era el signo de la modernidad, del progresismo; era un renacimiento de la antigua y adelantada sabiduría de tiempos pasados, apagada por el oscurantismo de la Edad Media. Hoy en día, aunque no pueda hablarse en justicia de toda la ciencia, sí hay en ella una tendencia general (al menos en lo más visible) conservadora, dogmática, indiferente, y a veces casi opuesta, a los aires renovadores que, por contra, casi corren paralelos e impregnan a la antigua magia cuasireligiosa de nuestros más vetustos ancestros. Es cierto que no hay peor ciencia que una ciencia contaminada del subjetivismo que se antepone a los hechos objetivos. La seriedad ante este peligro se entiende y hasta aquí es comprensible, pero ¿realmente los continuos rechazos a los nuevos aires e ideas por parte de la ciencia oficial provienen en su totalidad de este planteamiento? ¿No es verdad que en muchísimas ocasiones dicho comportamiento se parece más a una forma de conservar un status o unos privilegios que, por ridículos, se parecerían más a los de los arcaicos “popes” de las antiguas religiones oficiales?

Si en algún ámbito puede seguir teniendo, todavía, un verdadero valor la filosofía es en el que estamos abordando. Ya que la ciencia no quiere descender a las cuestiones esenciales tan importantes para nuestras personas, tan sustanciales para sus espíritus, en resumen, tan fundamentales para su “estar en la vida”, tendremos que volver a acudir a nuestra original filosofía, aquella ciencia de la sabiduría, madre de la ciencia actual. Estas disquisiciones que quisieran ser profundamente científicas, necesariamente han de ser estrictamente filosóficas. Nuestras referencias obligatoriamente han de pasearse por los más eminentes filósofos, y de ellos deben beber nuestras fuentes. Así que éste no es un libro científico, es un libro filosófico, es un libro de “sabiduría científica”… No nos preocupemos más de estas cuestiones, ya que en el fondo da igual, cuando lo que se busca y se pretende desvelar es la simple realidad, la verdad. ¡Dejemos para los críticos la ubicación de esa verdad!

Estamos con Zubiri en que el “faro” de todo es la realidad; otras elucubraciones o construcciones mentales pueden estar dotadas de una cierta belleza, pero son como en física cuántica, posibilidades que se decantan o desvanecen ante el hecho, el suceso, el acontecimiento, en suma, ante lo “real”.

La realidad, pues, igual que para Zubiri, es nuestra guía. Y la realidad nos enseña que en el universo existe la materia de que nos habla la física, la vida que nos enseña la biología, la evolución darwiniana, la “mental”, evidente por sí misma y de la cual somos privilegiados testigos. Cada una de ellas (materia, vida, mente) posee cualidades irreductibles: la mente presupone la vida, y la vida presupone la materia. Pero vida es “algo más que materia”, o si queremos, la vida es una cualidad de la materia que se presenta cuando esta última posee cierta distribución u organización. También mente es “algo” más que materia, si queremos, de igual forma, es una cualidad de la vida que precisa de una cierta “complejidad”. Y ninguna de las tres puede reducirse a cualesquiera de las otras dos, pues, sí son esencialmente distintas.

Materia, vida, mente son estrictamente la realidad, no una elucubración teórica. Esta realidad presupone la realidad de lo que hace posible la materia, la vida y la mente. Luego es real el átomo, las moléculas, los “instintos” (no queremos aquí tomar partido por ninguna teoría acerca de lo que significa el instinto, simplemente se toma éste en el sentido más amplio o más general) que definen la vida, la “esencia básica” (quizás sentimientos, emociones, intelección, etc.) de lo que constituye la mente.

Es real la emoción que preside cualquier instante de nuestra vida: al admirar la belleza, en la recepción de un color, en el acto de la intelección, etc. Y estas emociones son muy diversas. Cada criatura del “árbol filogenético” posee las suyas, estrechamente relacionadas con las “sensibilidades” de que está dotado cada organismo, el cual está construido a partir de las instrucciones escritas en su código genético. El gen que configura el organismo es en último lugar el responsable de las distintas sensibilidades que hacen posible el abanico de sentimientos de que es capaz cada criatura. El código genético de cada criatura viva “hace posible”, pues, la “recepción” de un conjunto de sentimientos o emociones por parte de ésta. Cuando hablamos de “recepción” no queremos presuponer, sin más, la existencia de “ciertas cosas” fuera del propio ser del individuo que son recogidas por éste en lo que llamamos la emoción o el sentimiento. Aquí, también, nos parece plausible la concepción del estímulo zubiriano, en cuanto a la “realidad” del estímulo en sí, compuesto necesario e inseparable del dualismo: causa física (radiación, etc.) y órgano receptor del mismo. Ahora bien, sí podemos decir, sin presuponer nada y sin ir más allá de lo que estamos diciendo, que la estructura organizativa del organismo es la condición necesaria para que el sentimiento y la emoción tengan lugar, se produzcan, es decir, se hagan reales; en otras palabras, esta especial organización, transcripción del código genético, hace posible que la emoción y el sentimiento pueda existir en el universo, de forma concreta, en el concepto zubiriano del “de suyo” de cada criatura.”

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