LA AVENTURA DEL ESPÍRITU (VII), de la obra “El parto de Dios”

LA AVENTURA DEL ESPÍRITU (y VII)

Haremos ahora algunas consideraciones acerca de la trascendencia y significado del fenómeno espiritual cristiano.

Hoy no cabe duda alguna de que el cristianismo sufrió la influencia de las corrientes religiosas de su tiempo, así como de anteriores tradiciones procedentes de fuentes distintas, y no sólo la judía. Estas influencias están determinadas por una idea central común a las diversas fuentes: la redención.

A las angustiosas vacilaciones sobre el tema de la muerte en la Antigüedad clásica, se va oponiendo gradualmente la esperanza cierta de la inmortalidad, de una duradera felicidad para quienes así lo merezcan.

El hombre busca la liberación: del ciclo de nacimientos, del destino, etc. Esa liberación se obtiene por el ascetismo; elevado por el éxtasis el hombre experimenta su unión con la divinidad, hasta el punto de su identificación con ella.

Del estudio del misterio de la redención se deduce que dos ideas importantes de la historia de las religiones han partido de Irán. Una de ellas es la idea del juicio del mundo (el juicio final de la Biblia), apuntada inicialmente en la religión de Zaratustra. Otra, que el hombre primitivo era de esencia divina (el Adán de antes del pecado); las almas de los hombres son como fragmentos desprendidos de este hombre primitivo. La elevación del hombre de la corporeidad, vuelve a colocar al alma humana en su residencia celestial. En esto consiste la redención; para alcanzarla, es preciso despertar de nuestro sopor, cuidando en nosotros la chispa celeste.

En el centro de los misterios de la antigua Grecia se encuentra el Dios convertido en hombre. El mito de Dios que muere y resucita (simbolismo de la muerte y renacimiento periódicos de la naturaleza) y el del libertado nacido de una virgen, ya había aparecido en las religiones de misterios (de Atis, Osiris, Mitra) mucho antes de que surgiera el cristianismo.

La piedad cada vez más espiritualizada, característica de la posterior evolución religiosa, no por ello dejaba de provenir de aquellas concepciones arcaicas que aseguraban la posibilidad de la apropiación del dios alimentándose de su cuerpo. La sustancia santa, al penetrar en el hombre, convierte a éste en una encarnación de la divinidad, pudiendo comunicar, entonces, su fuerza a otros por medio de fórmulas sagradas. Son de esas lejanas fuentes místicas de las que deriva en último lugar la doctrina cristiana de la comunión.

Si se añade a esos diferentes elementos los correspondientes a la poderosa tradición judía, se tiene una idea del caldo de cultivo de la primitiva religión cristiana.

El cristianismo de San Agustín bebe en las fuentes del neoplatonismo y el maniqueísmo.

Plotino fue el más ilustre representante del neoplatonismo. Para éste, el fin supremo es el éxtasis, es decir, la residencia del alma en una región donde se alcanza el conocimiento perfecto y la felicidad espiritual. Plotino concibe la belleza de Todo, de un animal, planta u objeto, como la manifestación espontánea e interna de un principio superior. El principio supremo, el Uno, produce, sin alterarse a sí mismo, diversos órdenes de la realidad. Y a través de esos órdenes o grados cada vez más espirituales del ser, nuestro yo busca el Uno, la Unidad. Este movimiento del alma es un verdadero viaje metafísico que lleva más allá de las realidades sensibles, hasta el mismo éxtasis.

El maniqueismo, de amplia difusión, tuvo una importancia singular durante mil años, desde el siglo III hasta el XIII. Su fundador fue Manes o Maniqueo (Manijaios en griego), que nació entre los años 215 y 240 en Babilonia.

Manes fundió los elementos esenciales de las tres grandes religiones que le habían precedido: el Zoroastrismo, el Budismo y el Cristianismo.

Del cristianismo tomó el clero y la organización del culto; del zoroastrismo posterior ya eminentemente dualista adoptó su principio fundamental, el de la eterna coexistencia de los dos poderes opuestos: el del Bien y el del Mal (el Príncipe de las tinieblas, o Satán). El primero, origen y esencia de todo bien, sólo puede engendrar dicho bien, pues era la luz que lo representa; el otro, forma parte de la materia, reina sobre ella, y actúa por su mediación.

Satán es el creador del hombre (no el Dios de la luz), pues éste es un ser corporal con el alma, por ello, pegada en la materia.

Solamente después de la muerte del cuerpo pueden ser elevados a la religión de la luz los elementos que hayan podido desprenderse de la materia; los demás quedan en la tierra dando lugar a las existencias.

Es curiosa la convergencia de ideas budistas y pitagóricas. Por una parte la metempsícosis, por otra la sublimación del alma. Lo que después de la serie de metempsícosis pierda por completo la sustancia celeste, en los “últimos tiempos” reingresará en la masa confusa de la materia; las almas liberadas serán reunidas eternamente en la luz eterna.

Este pensamiento, pues, establece como objetivo la espiritualización progresiva del hombre, del mundo entero y la iluminación. Es, pues, una liberación del alma de los lazos que la unen a la materia, preconizando el respeto por todo lo que, al tener vida, anima la materia. Es, también, un incesante esfuerzo para llegar al conocimiento (copia de la doctrina búdica) y a la perfección moral.

Muchas veces, el advenimineto del Espíritu, no viene reflejado por la belleza de una doctrina, sino por el ejemplo de una vida, de un testimonio: es el caso de Francisco de Asís. Su ejemplo: amor, alegría, pobreza. Para él todas las criaturas del Universo son manifestaciones de la divinidad; de una benévola divinidad, fuente de la vida y felicidad de las criaturas.

Su mística era la sencillez. La belleza sensible que le revelaba la simple contemplación de la Naturaleza, no era para él menos admirable que la belleza espiritual; los sentidos y el espíritu eran una sola cosa. Desde el Sol hasta la lombriz, todo era el suspiro de los seres que viven, sufren y mueren; y es que, tanto en su vida como en su muerte, todos ellos cumplen la obra de Dios.

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