LA NATURALEZA DE LOS SERES (II)

LA NATURALEZA DE LOS SERES (II)

Esta es la forma cómo la Evolución cambia la naturaleza del ser. Cada ser tiene su sensibilidad, distinto bagaje de sentimientos; si cambiamos la naturaleza, este bagaje de sentimientos será distinto. Puesto que la información que vamos recibiendo a lo largo de nuestra vida va variando, así mismo, la sensibilidad (reflejo de nuestra naturaleza) también va cambiando. Los sentimientos -la sensibilidad- van siendo distintos sobre un “yo” que recuerda “aún” los sentimientos antiguos, pero que, ahora, ante una misma situación como la pasada ya no sentiría lo mismo. Hay un recuerdo de lo que se sintió en un tiempo pasado (el receptor del sentimiento está en el pasado, no en el presente). El presente (el yo actual) no puede captar ya ese sentimiento; éste ya sólo puede ser percibido a través del pasado; el presente lo conoce pero tan solo gracias a un recuerdo. El sentimiento referido es conocido por el presente, por el presente que significa la memoria actual. Por consiguiente, se conocen (ahora) en el presente muchas cosas que nuestra naturaleza actual (receptora) sería incapaz de asimilar en este preciso momento. Luego, nuestro mundo “presente” no es real, sino sólo nuestro propio mundo, que no coincide con la realidad objetiva exterior. Es decir, cada criatura tiene su propio mundo, construido a lo largo del tiempo sobre la realidad, que no coincide en un momento determinado con su realidad exterior.
Deducimos de todo esto que lo que “sienten” los seres vivos, la materia viva, mueve al “ser” en las direcciones positivas (de aumento de sensación gratificante) que marcan los sentimientos implementados -introspectivamente- en el universo (sería el principio teleológico -tan denostado- de la naturaleza).
En cuanto al autoconocimiento de la naturaleza propia, volvemos a transcribir lo que se dice en mi obra citada anteriormente, que nos está sirviendo de guía para desarrollar estos apartados. En la página 191 se dice: “Conviene que sepamos que nos conocemos a nosotros mismos a través de los demás; nadie puede observarse hacia su interior; para ver su interior debe ver fuera, para que los reflejos de nosotros mismos en lo exterior podamos captarlos, haciéndonos una idea de nosotros mismos. Consecuencia: somos como “ojos” que miran a través de una ventana; nosotros y todos los seres irradiamos al exterior, fuera de nosotros mismos, nunca hacia sí mismos; el reflejo de nuestros rayos fuera de la ventana, en su retroceso, nos hace ser conscientes de nosotros mismos, por ello, “sin lo otro” (lo externo) nunca seríamos conscientes de nuestro “ser”, lo que equivaldría a que seríamos la nada.
En un mismo grupo de partículas materiales (véase un cuerpo humano) coexisten multitud de seres: unos, cada una de las células individuales que lo conforman; otro, el grupo de partículas en sí considerado como organismo, cual es el cuerpo, y otro más, la totalidad de la especie humana. El “sentimiento”, es fácil concluir, lo tienen cada uno de estos seres, no la materia de la que están formados. Digamos, pues, que la materia física de que está compuesta la célula es como la conexión objetiva entre todos los seres que la habitan; la localización de dichos seres no es la que corresponde a la materia física de dicha célula, pues, dichos seres no tienen localización, propiedad que en último extremo no puede definirse para los mismos. El alma, por consiguiente, no tiene localización, aunque, verdaderamente, sí “la hace posible” un conjunto de células cuya materia física sí posee localización.
Sólo podemos afirmar que la materia de la que están constituidas las células físicas, es la “ventana” a través de la que “miran” los citados seres hacia el exterior de sí mismos. Ocurre que al desaparecer dichas células físicas, la ventana desaparece, con lo que dichos seres no pueden ver hacia afuera, por lo que no pueden verse a sí mismos, lo que equivale a la nada para el mundo externo. Sin embargo, todo aquello que se “observó” a través de la citada ventana a lo largo de la vida, ha ido construyendo la naturaleza del ser, por lo que, dichos seres, en cierto modo, ya son autocontenidos, es decir, tienen una cierta conciencia del propio ser.

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