LAS TRES FASES VIVENCIALES DEL SER (III)

LAS TRES FASES VIVENCIALES DEL SER (III)


Entremos, ahora, en la ontología del ser.

En el segundo capítulo de este trabajo (“El parto de Dios”), describíamos lo que acontece en el interior de todo ser vivo, con el campo cuántico especial que domina el “presente” de cada uno de ellos y que en cierta forma se identifica con su campo mental. También, existía otro tipo de campo cuántico que engloba los distintos “presentes” produciendo el efecto de “transcurrencia”, gracias al cual es posible “la mismidad” del ser, con lo que se explica su “unicidad”, su esencia. LLegado a este punto, conviene acordarse de los cambios que produce “la estimulidad” en el ser. Sucede que acompañando a un estado del ser vivo, resultado de su configuración interna y de la recepción de ciertos componentes físicos externos (radiación, vibración sonora, etc.), aparece un sentimiento o una emoción específica que en muchas ocasiones lleva a la realización de una acción determinada o tan sólo la “captación” de una cierta cualidad o conjunto de cualidades del entorno que de esta forma se hacen “reales” en dicho ser (en la interpretación de Zubiri). Pero, ¿ esta cualidad o conjunto de cualidades incluyen también la “esencia” de otras criaturas vivas?… Antes de nada hay que recordar que la “esencia” existe, pero no se hace real nada más que en los “presentes” de los seres vivos (excepción hecha del hombre). Entonces, si esta “captación” se realiza a través de una transferencia material (radiación, etc.), la “realidad” imprescindible de la misma sólo es compatible, por lo anterior, con la “parte” de la esencia que corresponde a los “presentes”. Así, pues, la posibilidad de “captación” de las “esencias” se reduce a una secuencia incompleta de partes inconexas que, solamente, pueden “intuir” la “esencia” de la criatura en cuestión. En el caso del hombre habría que ampliar la capacidad de captación hasta la “totalidad” de la esencia, ahora bien, hay que hacer hincapié en la necesidad de la “concentración” máxima, tanto de receptor como de emisor para la citada transferencia, cuestión ésta que supone una actitud positiva de ambos así como la presunción de la necesaria existencia de la “libertad” en los mismos.
¿Y qué significa todo esto? En primer lugar, la retroalimentación “vívica” que supone la “reflexión” en la criatura humana y que hace posible la intelección sentiente zubiriana es una condición básica en el emisor, y al mismo tiempo esa actitud del emisor es la que debe poseer el receptor, como si fuese una reflexión que, evidentemente, dirigida hacia sí mismo, no “capta” su propia esencia, sino la del emisor. Este nuevo “concepto reflexivo” es como el círculo que saliendo de sí mismo y volviendo de nuevo a sí mismo (“realidad” de la conciencia), pasase, además, a través de la esencia del emisor, lo que produce en el receptor la “captación” de la misma… Es una especie de relación conectiva íntima, que produce una “sublimación” de ambas esencias en los momentos en que esta “conexión” (“captación”) se produce. El efecto que origina esta “captación” en el receptor, por la “sublimación” anterior trae como consecuencia una cierta “captación” de rebote en el emisor. El resultado es la “participación” en una misma “vivencia” de receptor y emisor, una suerte de “amalgama” entre ambos que dura lo que duran las condiciones necesarias para que se produzca, a saber, la actitud reflexiva libre tanto de emisor como de receptor “conectadas” por intermedio de un cierto agente (transmisor), ciertamente real. El poso común de esta experiencia, “sublimación”, es lo que podríamos definir como un nexo afectivo, ¿un acto de amor, quizás?… Sin embargo, en todo nexo afectivo no hay sublimación. Por ejemplo, en el caso general de la “captación” de cualquier “esencia” animal. Este nexo afectivo sólo existe entre seres vivos (“esencias transcurrentes”), no en la “captación” de las simples cualidades (“estimulidad”). Y sólo existe este nexo afectivo entre los seres vivos por ser “esencias” reales, aunque sólo sea en sus “presentes”. (La cualidad existe pero no es real por sí). Muchas veces la “captación” de un ser vivo pasa a ser, simplemente, la que corresponde a la “estimulidad”. (Por ejemplo, la recepción de la imagen del mismo). Ahora bien, el nexo afectivo necesita de una cierta actitud por parte del receptor como del emisor. Para el emisor (por supuesto, también para el receptor) esto supone una cierta “conciencia” (un darse cuenta) de esta relación; lo que sólo es posible para esencias “reales” (la que existe en los “presentes”). Por todo ello, como hemos dicho con anterioridad, el nexo afectivo sólo se produce entre seres vivos.
Pero, ¿en qué consiste este darse cuenta?
Diríamos que no es una intelección, es, más bien, una “aprehensión” de esta relación. Ello crea en ambos, receptor y emisión, un lugar común, el nexo o unión, de forma que se da la conmutatividad de ambos, el receptor pasa a ser el emisor, y al revés, aunque, verdaderamente lo que sucede es que el “nexo” pasa a ser por sí un componente más, a partir del momento que ocurre, de ambos. Los nexos afectivos, pues, se configuran como la argamasa del Universo, por lo que significan como lugares comunes (pertenecientes a distintos entes a la vez), sinónimos de la unión perfecta. Así, podemos imaginar que la conexión entre las esencias “completas” humanas y las de los seres vivos en general, tal vez, se realizan por medio de estos nexos afectivos. Y no sólo en ese ámbito, la conexión entre las esencia humanas y la del Ser Superior debería ser de la misma índole.

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