LAS TRES FASES VIVENCIALES DEL SER (VI)

LAS TRES FASES VIVENCIALES DEL SER (VI)

Hemos partido de la configuración evolutiva del órgano complejo para indagar en el concepto de “improntas instintivas”. En el citado ejemplo existe una especie de “retroacción” del tiempo; es como si el futuro influyese sobre su pasado. Sin embargo, el caso más general, aún cuando ambos se dan comúnmente en la naturaleza, es el de la “impronta instintiva” proveniente del pasado y que lógicamente queda reflejada en el código genético. Esta última parece mucho más evidente, mas si nos fijamos es tan extraordinaria (admirativamente, no por su rareza, pues es totalmente cotidiana) como la anterior. Y es que hablamos de la parte “subjetiva” del instinto, es decir, de la “emoción” del ser vivo cuando siente el estímulo o la tendencia instintiva. Volvemos a repetir que del hecho de que el instinto, más o menos fuerte, sea una “tendencia” y no una orden absoluta se sigue la existencia de una cierta libertad y de la emoción o “sentimiento” subsiguiente. Pues, esta emoción aparece en el ser viviente cuano “capta” la esencia de otro “ser” (el gen, el ser viviente predecesor, etc.). Las “improntas instintivas” pueden provenir de cualquier instante en el tiempo, pues al estar relacionadas con las esencias y ser estas transcurrentes (las de los seres vivos), se elevan por encima del tiempo, por lo que siempre están presentes, tan solo se requiere cierta compatibilidad entre las “estructuras” de las esencias del “emisor” y el “receptor”.
Un hecho tan cotidiano, que se presenta en cualquier lugar de la naturaleza donde exista vida, sigue apareciendo ante nuestros ojos como algo misterioso aún; nos estamos refiriendo al instinto. La connotación subjetiva anterior es evidente, lo que de inmediato conduce a admitir la existencia de un “hálito” o “ánima” en la materia viva, algo de lo que huye continuamente el hombre de ciencia, no sin bastante razón histórica; el pavor que ello causa ha conducido a la construcción de distintas teorías de lo más rebuscadas, lo que ha ido creando paulativamente, y sin ser buscada, una cierta niebla en el asunto, haciendo artificialmente misterioso aquello que se presenta con una claridad pasmosa.
El hecho evidente de la vida obliga a admitir lo que desde el mismo Aristóteles se conoce: el ser vivo es una dualidad de materia y ánima; o mejor, la materia no sólo posee las propiedades definidas por la Física, sino que posee otro estado que depende de su complejidad (desde un cierto punto de vista que incluye un ordenamiento del mundo alrededor de sí misma), y que incluye, además, otras propiedades “no materiales”, que en conjunto pueden denominarse “ánima” (su esencia). Y pasemos, de una vez, la página del idealismo: ni existe el materialismo, ni el idealismo, tan solo la vida a secas. La “esencia” de cualquier ser vivo está íntimamente “conectada” a multitud de otras esencias, entre ellas las de sus predecesores, pero, también, las de sus descendientes más o menos lejanos. La “impronta instintiva” de un descendiente lejano “influye” de algún modo en todo ser viviente, así, desde este punto de vista, es como si fuese, a su vez, el descendiente predecesor de sicho ser viviente. (Es una reedición de la paradoja del huevo y la gallina). De esta forma se cierra el círculo: yo soy padre de quienes, a su vez, han construido mi ser, con lo que de alguna forma son padres míos.
Teológicamente, lo anterior es trascendente. Las “improntas” del Ser Supremo, nacido al cabo de las eras como el logro más sublime de la evolución (hijo, por tanto, de todos los seres predecesores), “influye” continuamente en las circunstancias vitales de todos los seres predecesores suyo, guiando de alguna forma su propia aparición (creación). El Ser Supremo, desde esta visión, es “padre” de todos los seres vivientes pero, a su vez, es “hijo” de todos ellos. El cierre del círculo, si lo analizamos en profundidad, equivale a la “anulación” del tiempo, que requiere de esa “conexión” entre principio y fin, realizada por intermedio de todos los “seres” que han existido desde el Ser Supremo a todos los demás. Existe, pues, esta “conexión íntima” entre todos los seres que han existido y existirán…, y es que se han creado a la vez (unificación del tiempo, bajo la apariencia de un sólo instante), juntos, y sin que uno pueda existir sin los otros, pues forman parte de una cadena en la que todas las cuentas son necesarias. Ninguno de dichos seres podría vivir por sí, pues necesita de los demás. La existencia de uno sólo de ellos equivale, de inmediato, a la existencia de los otros, pero no como seres aparte, sin relación entre ellos, sino todo lo contrario: la interrelación entre ellos es “sustancial”, y muy importante, podría decirse que es casi su mismo ser.
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