DIFERENCIAS ENTRE YO Y SÚPER YO (III)

DIFERENCIAS ENTRE YO Y SÚPER YO (III)

Aquello que hasta ahora era nuestra principal barrera, el edificador de fronteras que coartaban nuestro espíritu, ha de ser transformado en la catapulta de nuestro ascenso a los cielos, de nuestra labor creativa. Aquí promulgamos el nuevo mandamiento de la nueva era: ¡Limpia tu mente de imperfección; te crecerán alas para remontar el vuelo de la Creación!
La obligación ineludible de cada ser humano consistirá en “controlar” la mente, purificándola de toda contaminación que le desvíe de su propio y único camino, que no consiste por cierto, en despojarla de todo entendimiento para sumergirla en la ignorancia. En nuestra opinión, un método útil en aquella dirección podría ser la profundización en la vía que lleva a separar perfecta y nítidamente lo que son la elaboración de ideas y la toma de información, de lo que es la acción o la toma de decisiones. Esta última fase debe ser exquisitamente preservada, tomando la precaución de que ninguna “idea negativa” se introduzca entonces en dicho “mecanismo de la acción” (pues su retroalimentación sería “engendradora” de mal). El proceso podríamos enmarcarlo en lo que llamaba Buda la “acción correcta”.
A veces puede parecer extraño cómo perdidas muchas de las condiciones del estado de alerta que permite la consciencia y la vigilia, puede el yo “ejercer” sus prerrogativas. Parecería que lo normal en estados de “amorrodamiento” o “adormecimiento” este yo se “diluyese” en cierta forma, de acuerdo también con ese “relajamiento” de la atención y el entendimiento. Pues, todos tenemos la experiencia de que no ocurre así. El sueño es una experiencia cotidiana en la que nuestro yo “se mueve a sus anchas”, acompañado de un sin fin de sentimientos que nos recuerda tremendamente “una situación real”. Entonces, hasta parece en cierto modo una paradoja que el relajamiento de ciertos factores del entendiminto y de inputs exteriores (recepción de los sentidos), no produzca el mismo efecto que, por ejemplo, ocurre con la “atonía de los músculos (motores)”. En nuestra opinión, habría dos factores principales que explicarían este hecho. En primer lugar, evidentemente, el carácter cíclico, autorreflexivo, retroactivo en “sentido general”; las líneas convergentes representadas por el “cierre del círculo”, presente y característica de la existencia del ser y la vida (ver la obra “El cierre del círculo” del autor), cuyo iceberg es el yo, tiene que representar un papel esencial en la cuestión. Puesto que existe ese carácter “cíclico” en la estructura del ser, eso equivale a una “sustancia autocontenida” en sí misma. El “movimiento” del ser es hacia afuera, para volver dentro en una especie de microcosmos que “se contiene a sí mismo”. Siempre hay “aportes de fuera” que “enriquecen el ser” (y precisamente esto es lo que hace evolucionar y crecer a dicho ser), pero esto no quita el carácter de “autocontención” de “cierre”, de unidad en suma que caracteriza al ser. Ya vimos que en el ser existen continuamente dos movimientos básicos: uno de rotura de estructuras (como el cangrejo al eliminar la cutícula en su crecimiento), y otro de “incorporación” de los nuevos elementos adheridos, en una nueva Unidad. Pero el estado “verdadero” más esencial del ser es el de la Unidad, el de estabilidad (que por otra parte, dijimos, equivale casi a una “cesación de la vida” -algo parecido a una muerte-). De aquí surgió en nuestra conciencia el mito de la muerte-renacimiento, tan consustancial con el espíritu humano.

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