Filosofía básica del Paradigma (Bergson IV)

Acerca de la inmortalidad del alma, el argumento racionalista, con Platón a la cabeza, consiste en decir: el alma es simple, por consiguiente no tiene por qué descomponerse al descomponerse el cuerpo. Pero el racionalismo olvida decirnos lo esencial, a saber, de qué unidad se trata. Además ¿qué sabemos, por esta vía, de la relación que hay entre el alma y el cuerpo para llegar a esta conclusión platónica? En cambio, si el espíritu es una durée que se va abriendo paso por las estructuras somáticas en la medida en la que ellas se lo permiten, no hay razón para que esta acción cese cuando haya cesado la materia. Tan cierto es esto intuitivamente, que justo entonces quien tendría que demostrar la muerte del alma es justamente el “mortalista”. La inmortalidad aparece como un hecho inmediato. Ciertamente no se trata sino de una supervivencia; no sabemos aún la duración misma de ella. Pero a fuerza de acumular probabilidades intuitivas llegamos asintóticamente a una verdadera certeza de la supervivencia para siempre.

La esencia de la conciencia es la memoria. Una realidad que no tuviera la capacidad de retener el pasado en un presente sería un espíritu de estructura puntual; cada acto comenzaría en cero, y aunque ejecutara actos iguales o parecidos a los de antes, esta semejanza sería mera repetición. Sería justo la inconsciencia. La conciencia es, pues, esencialmente  memoria. Ahora bien, la memoria no es un acto del cerebro. El cerebro no es un depósito de imágenes. En lugar de pensar que el cerebro es el órgano de la presencia de las imágenes, puede suponerse que el cerebro es el órgano de las ausencias, es decir, el órgano que selecciona lo que podemos recordar, ya que el cerebro es el órgano que permite y establece las condiciones de la inserción de la voluntad en la materia. “Recibe de la materia las percepciones  que constituyen su alimento, y se las devuelve en forma de movimiento en el que ha impreso su libertad”. El espíritu, pues, es una relidad propia irreductible a la de la materia y accesible tan sólo a la intuición.

La evolución es innovación. Es el élan que se va abriendo paso a paso a través de la materia. La vida va inventando por tanteo distintas formas de abrirse paso a paso a través de aquella. Se obtiene así unos sistemas que fracasan, y otros que son viables y tienen porvenir. Así es como se va constituyendo lo que después se llamó la biosfera. En este sentido de élan innovador, la evolución es algo inmediatamente aprehendido en la intuición. Para la intuición vivir es tener este élan, es crear, es inventar.

Esta concepción permite interpretar la totalidad de lo real. Ante todo, la diferencia entre la materia y la vida. El élan tiene una dirección ascendente en la que va innovando hasta la liberación completa del espíritu humano. Pero tiene una dirección descendente: si vamos reduciendo el élan al repetir siempre lo mismo, habremos obtenido justamente la materia inerte, una materia que, por lo mismo, carece de interioridad. La materia es pura repetición, sin creación ni invención. La materia es siempre la misma: es una eternidad de muerte. El espíritu nos lleva a algo que es siempre lo mismo, pero es una eternidad de vida, Dios.

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