Filosofía básica del Paradigma (Sartre II)

Desde este enfoque la alegría sería una conducta mágica que tiende a llevar a cabo como por conjuro la posesión del objeto deseado como totalidad instantánea. Esta conducta, si bien va unida a la certidumbre de que, tarde o temprano, la posesión se llevara a cabo, intenta de todos modos anticiparse a esa posesión.

La verdadera emoción va unida a la creencia. Las cualidades intencionadas sobre los objetos son aprehendidas como verdaderas. Esto quiere decir que la emoción es padecida. No puede uno librarse de ella a su antojo; va agotándose por sí misma pero no podemos detenerla.

Cabe pensar que la emoción no es simplemente interpretada, no es un comportamiento puro; es el comportamiento de un cuerpo que se halla en un determinado estado: el estado solo no provocaría el comportamiento, y el comportamiento sin el estado es una comedia; pero la emoción aparece en un cuerpo trastornado que desempeña una determinada conducta. El trastorno puede sobrevivir  a la conducta, pero la conducta constituye la forma y la significación del trastorno. Por otra parte, sin ese trastorno, la conducta sería pura significación, esquema afectivo. Nos encontramos efectivamente ante una forma sintética: para creer en las conductas mágicas hay que encontrarse trastornado.

La conciencia que se conmueve se asemeja bastante a la conciencia que se adormila. Así, pues, el origen de la emoción es una degradación espontánea y vivida de la conciencia frente al mundo. Lo que ésta no puede soportar de un determinado modo, trata de aprehenderlo de otro, adormeciéndose, acercándose a las conciencias del sueño, del ensueño y de la histeria. Y el trastorno del cuerpo no es sino la creencia vivida de la conciencia en tanto que vista desde el exterior. Cabe señalar, sin embargo:

1. Que la conciencia no tiene téticamente conciencia de sí misma como degradándose para librarse de la presión del mundo: sólo tiene una conciencia posicional de la degradación del mundo que se traslada al nivel mágico. Sin embargo, es conciencia no-tética de sí misma. En esta medida, y solo en esta medida, puede decirse de una emoción que no es sincera. No es de extrañar, pues, que la finalidad de la emoción no quede establecida por un acto de conciencia en el seno de la emoción misma. Esta finalidad no es, sin embargo, inconsciente: se agota en la constitución del objeto;

2. Que la conciencia cae en su propia trampa. Precisamente porque vive el nuevo aspecto del mundo creyendo en él, se ve atrapada en su propia creencia, exactamente como en el sueño o la histeria. La conciencia de la emoción está cautiva; pero no debe entenderse con ello que un ente cualquiera exterior a ella la haya encadenado. Ésta cautiva de sí misma, en el sentido de que no domina esta creencia, de que se esfuerza por vivir.

La conciencia se trasciende a sí misma, por esencia. Le resulta, pues, imposible recogerse en sí misma para dudar de que se halla fuera del objeto. Solo se conoce sobre el mundo.

Ese carácter de cautiverio no lo realiza la conciencia en sí misma, sino que lo aprehende sobre los objetos: los objetos son cautivadores, esclavizadores, pues se han apoderado de la conciencia. La liberación ha de venir de una reflexión purificadora o de una desaparición total de la situación conmovedora.

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