La célula: neuronas y membranas (VII)

En la superficie de nuestras células existe una familia de receptores de “identidad” que diferencian y distinguen a unos individuos de otros.

Un subgrupo de receptores, denominados autoceptores, antiguos leucocitarios humanos (HLA) o antígenos de histocompatibilidad para el reconocimiento tisular, está relacionado con las funciones del sistema inmunológico. Si se eliminaran estos receptores, las células ya no reflejarían nuestra identidad.

Y es que no son las proteínas receptoras lo que proporciona a los individuos su identidad, sino aquello que las activa. Cada grupo de receptores de identidad se localiza en la superficie externa de la membrana celular, donde actúa como “antenas” que se unen a las señales complementarias del ambiente. Así que, en cierto modo, estos receptores de identidad leen una señal del “yo” que no existe en el interior de las células, sino que procede del ambiente. Mi identidad sería un sello complejo dentro de la vasta información que forma en su conjunto el entorno.

Las hormonas del estrés, producidas por el eje “de protección” HPA (hipotalámico-hipofisario-suprarrenal), ante una amenaza del entorno, son tan eficaces a la hora de inhibir la función del sistema inmunológico, que los mismos médicos las recetan a los pacientes de trasplantes para que su sistema inmune no rechace los tejidos extraños trasplantados. O sea, una consecuencia secundaria de la activación del eje HPA es la reducción de nuestra capacidad para luchar contra las enfermedades, así mismo, disminuye la capacidad de pensar con claridad.

El subconsciente, que en realidad lleva a cabo todas nuestras funciones básicas para la vida (respiración, etc.), funciona sólo en el “ahora”, así que los posibles conceptos erróneos del mismo no son controlados, o más bien,  “monitorizados”, por lo que suelen llevarnos, en muchas ocasiones, a comportamientos desacertados y coartados.

La capacidad de la mente consciente de poder obviar la programación del subconsciente es la base del “libre albedrío”.

No obstante lo anterior, los yoguis, y hasta la “gente corriente”, pueden aprender a controlar conscientemente esas funciones “innatas” (del subconsciente).

Sabemos que los hipnoterapeutas reducen la actividad cerebral de sus pacientes hasta las ondas delta y theta (las delta están entre 0,5-4 Hertz, y las theta entre 4-8 Hz), porque estas frecuencias tan bajas los dejan en un estado más sugestionable.

Las ondas EEG (electroencefalográficas) son las “imágenes eléctricas” del cerebro.

La actividad alfa (de 8 a 12 Hz) se corresponde con estados de relajación.

Mientras la mayoría de nuestros órganos sensoriales (como los ojos, etc.) observan el mundo exterior, la “conciencia” es como un órgano sensorial un tanto especial que se comporta como un espejo que refleja el funcionamiento interior de toda la comunidad celular que forma el cuerpo; diríamos que es una percepción del “yo”.

A los doce años, aproximadamente, el espectro encefalográfico del niño comienza a mostrar períodos de frecuencia más alta llamados ondas beta (entre 12-35 Hz). Estos estados cerebrales “beta” se caracterizan por una conciencia “activa o concentrada”, del tipo que se produce cuando leemos un libro. Habría un quinto estado de actividad encefalográfica de aún mayor frecuencia (>35 Hz) denominado ondas “gamma”, que correspondería, por ejemplo, al “rendimiento máximo” que presentan los cerebros de los pilotos al disponerse a aterrizar el avión.

(De la obra del autor “Vida y mente: ciencia y misterio”)

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