MELODÍA EN LAS ESTRELLAS (XIII)

(“Copartícipes” de la Creación)

“A partir de nuestro nivel de evolución parece abrirse con claridad una “dicotomía” en la misma complejidad. Por un lado, complejidad alrededor de la propia naturaleza del ser (evolución “animal” del hombre), y por otro, complejidad “en torno” al Ser Supremo (evolución, más bien, “espiritual”). Mas nuestra naturaleza más sublime (como hijos de Dios) acompaña a la última tendencia, de forma que la complejidad en cualquier otra dirección que no sea la apuntada parece producir un “retraso” de nuestra verdadera y más radical naturaleza. Y es que, a partir del nivel del ser humano todo “incremento” de complejidad “obligatoriamente” debe pasar por esa nueva vía abierta (“acercamiento” al Ser Supremo, sobre la base de que la evolución hacia Dios del hombre -Dios como “hijo” nuestro- indica una clara “evolución” en este sentido).

O sea, hay dos tendencias o atractores: uno sobre sí mismo (sentimiento “egoísta” animal); otro en pos de Dios. El hombre es libre (igual que todo ser sobre el campo que comprende las distintas “tendencias” o instintos que posea) para “elegir” uno u otro, pero la primera opción supone una “disminución de su complejidad” (entendida esta última -por la ley complejidad-conciencia- como la capacidad para sentimientos cada vez más “excelsos”), es decir, un retroceso en su evolución “como hombre” (la evolución del hombre es ya más mental que biológica).

Deberíamos decir mejor que ese “quiebro” en la evolución (del “crecimiento lineal” de la ley complejidad-conciencia) no consiste tanto en la aparición de atractores externos e internos, sino que esos atractores sean “entendidos” en relación con conceptos en lo que priva fundamentalmente la “eternidad”, como principal atributo del polo “Criatura Suprema”.

El acontecimiento es el mismo que el más general de la “retroacción del futuro”; la diferencia estriba en el “grado de complejidad” capaz de hacer entender, “sentir”, la eternidad y la inmortalidad como “catapulta” para acceder, intuir o empezar a comprender y amar a Dios. Ese “conocimiento” es un hecho singular para el ser en el que tiene lugar. A partir de ese momento, ese “encuentro con Dios”, no podemos ser ya indiferentes, y esto se nos presenta como una necesaria elección, no entre dos posibilidades “equiparables”, sino que poseen una y otra “niveles” distintos; a una de ellas, a la que consideramos superior, le aplicamos el calificativo de espiritual. A partir de entonces, identificamos como lo puramente nuestro todo lo que va “paralelo” a aquella vía. La otra opción la intuimos como una regresión en nuestro linaje, como si nos acercáramos a nuestros antecesores, el lugar donde partimos, que en el límite corresponde a la misma Nada, lo que constituye un retroceso innegable en nuestra “individualidad”.

La Filosofía enseña que toda unidad “parcial” deshumaniza. Lo verdadero es el Todo (Hegel). La verdadera unidad debe ser total, y así nos lo proponían los antiguos grandes filósofos (Husserl, Bergson, etc.).

Y es que el pensamiento es realmente filosófico, en el sentido que nos interesa, cuando busca y abarca lo universal del diálogo. Por todo ello se edificó años atrás una nueva Teología que limase las divergencias para construir una “unidad” con base en la diversidad.

No hay nada más contrario que los opuestos complementarios, y sin embargo, a partir de ellos se construye el ser. Por eso, a partir de la diversidad se edificó un cuerpo único, la Superencia de nuestros días, una doctrina única, una metafísica.

Aseveramos y es nuestra creencia, que la materia, toda la materia, es la “residencia” del ser, así que la vida “anida” en la materia desde siempre… y en toda materia. Y es que hay un sinfín de seres “dentro” de esa materia, ya que toda “estructura o forma” de la misma “centrada sobre sí misma” es un ser, o sea, una vida en el más amplio sentido.

No hay emergencia de ninguna propiedad, simplemente “emerge ilusoriamente para nuestra percepción”, puesto que nuestros órganos o capacidades poseen ciertos umbrales precisos para su funcionamiento.”

AVLIS volvió sus ojos hacia el horizonte con mansedumbre; calló unos momentos; miró a su alrededor, a las pequeñas criaturas que le rodeaban. Su corazón flotó lánguidamente, humildemente, bajó a la madre tierra, y volvió a henchirse de amor. Y quiso AVLIS que todos vieran el Espíritu, que reconocieran dónde se encontraba el ser.

(De la obra “Melodía en las estrellas”. Copyright 2003)

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