Amigos y compañeros: Animalia

“Las rocas caen, las plantas se desarrollan, los animales actúan. El comportamiento animal varía según las circunstancias externas y los estados emocionales en que se encuentran.”

(“¡Vivan los animales!” Jesús Mosterín)

 

Los etólogos -y cualquier persona que tenga una mascota- saben que los perros, gatos, etc. sienten celos, ternura, agresividad, dolor, etc., afecciones características de los seres con ánima, o animales, ya que la palabra castellana “animal” procede de la latina ánima, alma.

En la obra de Aristóteles “Investigación sobre los animales”, se “subraya la continuidad y gradación de las diferencias psiquicas entre hombres y animales. En particualar, hay una gran semejanza en el comportamiento de los niños y los monos en su infancia”.

En el año 1871 Darwin publica “The descent of man, and selection in relation to sex” (“El origen del hombre, y la selección en relación al sexo”) en la que dice: “no hay diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos superiores en cuanto a sus facultades mentales”. Y también: “hay un intervalo mucho mayor en potencia mental entre uno de los peces más primitivos como la lamprea, y uno de los grandes simios que entre un simio y un hombre”. Añadiendo: “es obvio que los animales inferiores, al igual que el hombre, sienten placer y dolor, felicidad y miseria. La felicidad nunca se exhibe tan claramente como cuándo juegan juntos animales jóvenes, tales como gatitos, cachorros, corderos, etc., al igual que nuestros propios hijos”.

Como en 1806, Charles Bell había insistido en la tesis del abismo entre el hombre y los animales,puesto que (según él) los humanos habían recibido del Creador la capacidad de sentir emociones y expresarlas, cuya prueba eran los músculos de la cara humana (sin comparación en todo el reino animal), en 1872 Darwin rebate una a una las tesis de Bell en su obra “The expression of the emotions in man and animals” (“La expresión de las emociones en hombres y animales”).

En ella, Darwin detalla las diversas formas como animales humanos y no humanos expresamos las emociones: fruncimiento de entrecejos, movimiento de ojos, posición de las orejas, meneo de rabo, enrizamiento de pelos, etc.

“La emociones son en parte transparentes, y pueden detectarse si se sabe distinguir las expresiones faciales y corporales. Es elocuente el rabo del perro: recogido si tiene miedo, levantado cuando está enfadado y agresivo, moviéndolo de un lado a otro si está contento”.

El conductismo no aceptaba que los animales tuviesen emociones, pero el progreso aunado en la etología y la neurología ha acabado por minar tal prejuicio, abriendo a la investigación científica la vida afectiva de los animales, al menos en parte.

“Cynthia Moss y Joyce Poole han aprendido a reconocer las sutiles y múltiples emociones de los elefantes, incluido su sorprendente sentido de la muerte y muestras de aflicción por el fallecimiento de sus seres queridos. Para Poole es indudable que los mismos experimentan emociones profundas y tienen una cierta comprensión de la muerte”.

“Jane Goodall tras pasar muchos años con los chimpancés, ha observado todo tipo de emociones entre los mismos, como la curiosidad hasta la agresividad destructiva, pasando por la aflicción ante la muerte de los seres queridos”.

En verdad, los últimos años han supuesto una aceleración de trabajos que van corroborando más y más, la metodología conductista, llevándonos claramente en la dirección del reconocimiento de las emociones de los animales.

También, la creciente lectura del genoma de diversas especies van en la misma dirección, puesto que son los genes quienes sustancialmente “deciden” lo que es cada animal, siendo altamente significativa la cantidad de genes que compartimos con los mamíferos.

Ahora bien, la cuestión tiene fuertes implicaciones filosóficas y morales, puesto que el reconocimiento de la vida emocional de los animales va unido a la reivindicación de su consideración moral. “Su capacidad para gozar y sufrir es una de las fuerzas que impulsan la revolución moral actual, que incluye nuestras relaciones con la naturaleza y ellos mismos”.

(De la obra del autor “Vida y mente: ciencia y misterio”)

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