El futuro: la vida extraterrestre (IV)

Otra explicación para la aparente rareza de las civilizaciones tecnificadas sería el necesario enriquecimiento químico de la galaxia. Cualquier forma de vida terrestre y también cualquier proceso bioquímico extraterrestre imaginable depende de elementos más pesados que el omnipresente hidrógeno y el helio, en particular del carbono, el nitrógeno y el oxígeno que, por cierto, son el producto de reacciones nucleares en las estrellas y que se han ido acumulando progresivamente en el medio interestelar en el que se forman nuevas estrellas y galaxias. Por ello sus concentraciones eran más reducidas en el pasado, quizás demasiado bajas para el resurgir de la vida. Como ejemplo, el Sol cuenta por su edad con una abundancia relativa de tales elementos, si la comparamos con otras estrellas de nuestro entorno galáctico. Así que no puede excluirse que, simplemente por casualidad, nuestro sistema solar arrancase en cabeza de la carrera del origen y la evolución de la propia vida. No obstante, este argumento no es del todo válido al desconocerse las proporciones críticas mínimas de los elementos pesados requeridos para el desarrollo de la vida.

En el caso de la estrella 47 de la Osa Mayor, semejante al Sol y que cuenta con un planeta de la masa de Júpiter, contiene elementos en las mismas cantidades que el Sol, pero tiene una edad estimada en sólo siete mil millones de años, así que cualquier tipo de vida que pudiese haber surgido en ese sistema planetario se nos hubiese anticipado en dos mil quinientos millones de años; además, hay muchos millones de estrellas en nuestra galaxia de antigüedad semejante y con abundancia de elementos químicos en su región central, así que la evolución química por sí sola no puede justificar la paradoja de Fermi.

Otra consideración importante igualmente. Como la vida multicelular animal apareció hace unos 700 millones de años, eso quiere decir que durante más de 3000 años en nuestra Tierra sólo existieron microorganismos unicelulares. Tal gran lapso de tiempo podría significar que la evolución hasta organismos más complicados que la célula simple no es un fenómeno muy probable, así que la transición a los animales multicelulares sólo se originaría en una pequeñísima fracción de los millones de planetas habitados por dichos microorganismos unicelulares.

Y otra vuelta de rosca más: aún en el caso de que aparecieran formas multicelulares, no todas de las mismas habrían de conducir a criaturas inteligentes capaces de sostener civilizaciones tecnificadas. Stephen Jay Goul en su obra “Wonderful Life” nos dice que la vida inteligente dependería de una multitud de influencias del ambiente que esencialmente son tremendamente aletorias.

De cualquier forma, toda esta discusión sobre la paradoja de Fermi se mantiene en regiones fronterizas de la ciencia “donde el conocimiento acaba y comienza la ignorancia”. Así que, en este caso, no es nada disparatada la aplicación del Principio Antrópico: “Las conclusiones sobre las civilizaciones ET deben ser compatibles con el hecho evidente e incontrovertible de la existencia de nuestra civilización técnica no abortada por aquellas en su evolución”.

Otra importante fuente de información sobre el tema proviene de la obra “Cosmos” del insigne Carl Sagan, en la que aparece la llamada ecuación de Frank Drake que nos da el valor N, o número de civilizaciones técnicas avanzadas de la galaxia, obteniéndose un valor aproximado de 10.

Evientemente este valor (N=10) está sometido a una gran incertidumbre por la gran inseguridad de las estimaciones tomadas. No obstante, el dato anterior indicaría que en cualquier momento dado sólo habría un puñado de civilizaciones técnicas en la galaxia, manteniéndose su número prácticamente constante. Así que no sería de extrañar que fuésemos nosotros la única civilización técnica presente en la actualidad en nuestro entorno cósmico, aunque no esté de más recordar que estamos ante el supuesto caso de que las civilizaciones típicamente se autodestruyeran, por ejemplo, si nuestra civilización se destruyera mañana mismo y en los cinco mil millones de años que quedan para que el Sol muera, no pudiera emerger ninguna otra civilización técnica en nuestro sistema.

(De la obra del autor “Tempo e irracionalidad”)

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