MICROCOSMOS

Observamos, por consiguiente, “dentro del Ser” variados “movimientos”. A saber, uno hacia adentro (la síntesis o identificación), y otro hacia afuera (hacia la frontera, lo ajeno, el mundo exterior), además de aquel de reflexión (movimiento sobre movimiento: amor). La frontera es la “representación” de lo ajeno, lo exterior en el Ser. Así que el Ser sería como un microcosmos, reflejo del universo entero. En ese universo, el Ser (lo genuino del Ser) puede moverse “libremente”, viajando (moviéndose) hacia adentro o hacia afuera, y hasta hacer un ejercicio de “autocontemplación”: “mirarse a sí mismo”… Y si el Ser es ese microcosmos, ¿qué es “eso otro” que puede mirar hacia o en diversas direcciones y hasta “contemplarse a sí mismo”…? En cuanto al Ser completo, el microcosmos, el Ser es estático, inmóvil, total, global y se contiene a sí mismo. Mas, en cuanto a lo más genuino del Ser, “la punta del iceberg”, ésta puede viajar o moverse y hasta autocontemplar el mismo Ser. En el microcosmos hay “elementos” aunque “entrelazados”, “identificados” o unificados: se da una pluralidad y unidad al unísono, totalmente inusual o desconocida en nuestra “realidad”. Sin embargo, el Ser “limpio”, “la punta del iceberg”, carece de elementos, es simple, uno, total: es el “propio” Ser característico; totalmente diferente de cualquier otro y se posee a sí mismo… Podríamos decir, desde otra visión, que este Ser característico es tan estable que hasta “carece de movimiento”, pues podemos considerar que es el mismo microcosmos quien se “mueve” respecto al Ser radical. Se va acercando la “frontera”, o se va alejando; cuanto más se aleja más pierde el Ser radical la noción del universo, hasta llegar en el límite a romper todos los lazos con el mismo, de forma que dicho Ser radical, ya sin distracción, permanecería inmutable (no le afectaría el tiempo) sobre sí mismo.

La característica del movimiento hacia afuera es la mirada (“a través de la ventana”). La mirada, el ver, sólo puede definirse si hay ventana (a través de la que pueda verse). Si la ventana (“frontera”) no existe, no hay mirada: el Ser no puede ver, no puede contemplar. Así que, aún para poder autocontemplarse el Ser necesita ventana, pues sin ella es imposible ver, contemplar “nada”, ni a sí mismo. La razón es que el Ser para esa autocontemplación le es preciso verse en un espejo: el que suponen las “señales” que deja el propio Ser en la frontera… Y todo aquello supone un conocimiento, una información… Un conocimiento que se acerca, en cierta forma, a lo que conocemos por “conocimiento en nuestro mundo material”… El equivalente a ello en el Ser radical es el conocimiento sin información, sin número, sin cantidad: la pura clarividencia. Y es que el conocimiento, o autoconocimiento del microcosmos Ser, es ya clarividencia en el Ser radical, pues todo en el Ser radical posee caracteres de globalidad, totalidad, con el desarrollo máximo que alcanza toda su naturaleza, hasta el punto de identificarse con la propia naturaleza del Ser: ¡el logos es la propia naturaleza del Ser!

El Ser radical en su microcosmos es como un “balbuceo”, un ir de allí a acá inquieto, como “sometido dentro de la celda de su frontera”, de la que se librará totalmente a la desaparición de la misma. Pero su celda, su cárcel, es también la que le permite crecer, desarrollarse, evolucionar, lo que sólo es posible “dentro del tiempo”, puesto que tiempo es sinónimo de movimiento, de cambio… y el Ser necesita del cambio para poder “hacerse”, crecer, construir su naturaleza… Y así es cómo en el microcosmos (el universo en miniatura pero completo del Ser), el Ser radical -punta de iceberg- puede desplazarse a su antojo, sin límites de tiempo o espacio; afinando más, alejándose de ellos cuanto más se aleja de la frontera, y en el límite, abstrayéndose de los mismos al “introducirse” en su propio interior. El movimiento hacia la frontera es el de la objetividad (las leyes físicas), y su opuesto el de la subjetividad, la interioridad. Mientras hay frontera, hay capacidad de “focalización”, “atención” sobre los distintos “objetos”, uno de los cuales es el reflejo del Ser, por lo que ese conocimiento es parcial al no tener los caracteres de globalidad o totalidad. Por el contrario, en la clarividencia, por su carácter total, sólo hay una atención, la llamada “lucidez”, indisolublemente unida a aquella. El Ser tiene una lucidez despierta hacia toda su naturaleza, y la atención es total e ilimitada a todo su Ser, la naturaleza de su Ser.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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