CONTEMPLACIÓN

El amor como contemplación, mirada, está adornado de una nueva característica, debido a aquel conocimiento “especial”. Al ser un conocimiento no parcial, una “no atención”, ese amor no puede estar fijado sobre nigún objeto en especial, más bien en todo; ni en sí mismo ni en lo ajeno, el prójimo. Ese amor es diáfano, abierto, no centrado sobre nada, porque no va hacia afuera, lo externo, las partes, sino que sólo posee una dirección, la que “pervive” dentro, ese dentro compuesto por “todo”, pues todo está representado en la naturaleza del Ser. Ese amor es como una explosión de luz, todo lo llena, porque llena el interior del Ser, que lo es todo… En cada Ser está repetida la totalidad, la totalidad que es ese mismo Ser: ¡identificada con Él! El Ser es, a su vez, la totalidad… ¡Cada Ser es una totalidad! Pero los seres no se identifican entre ellos… Cada uno es único, y encierra en sí la totalidad… Como cada Ser “centra el mundo” sobre sí mismo, en ningún modo uno es igual a otro, puesto que las “perspectivas” son totalmente distintas…

Las “naturalezas” de los seres son distintas, así su clarividencia, su lucidez, su “amor” en suma… Y fuera y dentro es lo mismo, la luz que refleja ese amor resplandece dentro y fuera igual, con la “potencia” de su naturaleza… Y como ama todo (igual que a sí mismo), también a Dios… podría decirse, pues, que el amor que “posee” cada Ser (al fin y al cabo su “felicidad”), es el amor que posee “hacia” Dios, o “de” Dios, como si se “alimentara” del mismo.

El amor hacia nosotros mismos, hacia nuestro ser, que indudablemente nos da la confortabilidad de la felicidad, ya no se “riñe” con el debido a “nuestro prójimo” o al mismo Dios, puesto que, aquí, son lo mismo, son inseparables, como la clarividencia y la lucidez, así que nuestra felicidad coincide con la de los demás, la del propio Dios. Por consiguiente, recíprocamente nuestro amor, nuestra felicidad contribuye a la felicidad de Dios.

Pero los seres son distintos (sus naturalezas). Podríamos decir que el amor que nos profesamos a nosotros mismos, está “identificado” con el que profesamos a los “otros” y al mismo Dios. (Y todo ello considerando nuestra “radicación” del mundo sobre nosotros, es decir, el amor profesado por nosotros -nuestra radicalidad- sobre los otros seres, Dios y nosotros mismos). Mas, desde la perspectiva de las otras criaturas -cambio de radicalidad- ese amor es distinto. El infinito amor de Dios se alarga sobre sí mismo y sobre cada una de las criaturas -desde la radicalidad de Dios-. Así que, infinito es también el amor que profesa Dios a cada criatura, e idéntico al que se profesa a sí mismo… Pero ello no significa que haya transitividad en el sentido que nuestro amor a Dios sea también infinito (lo mismo para los demás seres), tal es por la “capacidad” de la naturaleza de nuestro Ser: muy inferior.

Hay “igualdad” de amor para todas las criaturas, mas debido a las propias “perspectivas”, intensidades diferentes en la “interioridad” de unos u otros seres. La “potencia” de nuestro Ser, la grandeza del mismo marca la “felicidad”, la íntima felicidad de nuestra complacencia.

Es conveniente aclarar que “la frontera” no puede identificarse con nuestro cuerpo, lo que parecería obvio. Esa frontera va más allá, son los propios frincipios físicos que sí construyen el cuerpo, pero también construyen el universo, puesto que, por ejemplo, hay “emanaciones” que puede percibir el Ser (aún con su espaciotiempo coartado o limitado) que pueden provenir tanto del pasado, como del presente y hasta del mismo futuro (¿sincronicidades?), por ello los “tentáculos” del Ser, su frontera, puede extenderse a todo lo largo del tiempo y el espacio, al universo presente, pasado o futuro. La frontera, pues, puede ser enorme; en el caso límite podría extenderse a todo lo largo del espacio y el tiempo del universo. Esto quiere decir que, extrapolando, no seríamos tan distintos de Dios, que es eterno y dominador de todas las dimensiones. Queremos decir que no hay un abismo entre unas criaturas limitadas como nosotros, cambiantes, en continuo movimiento, y Dios, eterno, inmutable y teóricamente inmóvil. Si la frontera es el universo, sus espectros (Dios y el Ser) se acercarían mucho, es decir, no serían cualitativamente diferentes.

(De la obra del autor “El cierre del círculo”. Copyright 2002)

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