EPÍSTOLA DE VIDA, por Juana García Romero.

Querido Dios:

Tienes que estar muy enfadado con la Humanidad para fijarte en mi persona. Ya sabes que soy una joven creyente cristiana, que no me gusta complicarme demasiado la vida, por lo que me cuesta entender el porqué de tu concesión.

Ante mi encrucijada, me han aconsejado que escriba lo que me pasó el sábado 29 de marzo de 2003 pasadas las ocho de la tarde, en el Hospital Gregorio Marañón, y a mis 33 años.

Pues bien, el médico recomendó a mi tío que se operase del corazón y así lo hizo. Una vez que fue trasladado a la planta fui a verle la tarde de dicho sábado. Primero, estuve de compras en el centro de Madrid y, después, dando un paseo me acerqué al hospital y, aunque no me esperaban, resultó ser una sorpresa muy agradable para todos.

Entré en la habitación a ver a mi tío, pero no me gustó lo que presencié -su aspecto empezó a cambiar-. Llamé a mi familia que estaba en el pasillo y enseguida vino el médico. Una vez pasó el susto, mi primo y yo estuvimos hablando de cómo nos iba la vida, etc.

La tarde iba pasando y, a las ocho, me dijo mi madre que fuera despidiéndome porque nos íbamos a casa. Me despedí de todos -incluido mi tío- y salí de la habitación porque no es aconsejable que estén muchas personas alrededor de los enfermos recién operados.

Estando en el pasillo, empecé a sentirme mareada, se me nubló la visión y me apoyé en la pared percibiendo como iba cayendo, lentamente, sobre mi lado derecho del cuerpo hasta que sentí un desgarro en el corazón -como si se partiera en dos-; el golpe que me di en el lado derecho de la cabeza sonó tan fuerte que alertó a mi familia, a los médicos, etc.

No veía nada, sólo pude escuchar la voz de mis primos que decían mi nombre. Intenté contestar pero no pude separar las mandíbulas por lo que no podía articular palabra alguna, sin embargo, mentalmente respondí “¡estoy bien, estoy bien!”, hasta que me di cuenta de que la comunicación era imposible y que estaba pasando algo muy serio.

Mientras tanto, las personas que me rodeaban (familia y personal sanitario) tomaron conciencia de lo mismo y decidieron trasladarme del suelo del pasillo al control de enfermería. En dicho traslado -efectuado por mis primos- oí gritar a mi madre “¡Juani, hija, qué te pasa!”, y pude contestar con voz muy baja “mamá, estoy muy mal”. En ese momento, percibí una oscuridad tal que pensé “se acabó”.

El tiempo pasaba, y mientras que el personal sanitario cuidaba de mi vida, yo pasé de percibir la oscuridad estática a percibir la claridad pura estática. Fue como pasar de un plano negro a otro blanco; no obstante, dicha claridad empezó a tener movimiento y percibí como una sonrisa, mi sonrisa -era yo, no había dudas-. Resultó ser in instante de reconocimiento, de admiración, de tranquilidad, de alegría, hasta que desapareció en el mismo momento en que escuché la palabra cuatro incorporándome de golpe. Alguien dijo “¡salvada!”.

Yo seguí con la misma conversación que mantenía con mi primo; el médico extrañado preguntó ¿qué dice? Mi madre era consciente de lo que había ocurrido y me mandó callar.

Las enfermeras me preguntaron si me podía levantar y yo contesté que sí. Al intentarlo nos dimos cuenta que de cintura para abajo no podía moverme y se hizo un silencio sepulcral. Me tomaron la tensión y viendo que estaba en seis (más o menos) se esperó a que subiera. Una vez, estabilizada en once con algo, pude ponerme en pié aunque tuvieron que sujetarme porque no tenía fuerzas para aguantar mi cuerpo. Lo que me ocurrió, lo diagnosticaron como sincope, sin embargo, alguien me contó que había algo raro.

Me llevaron en silla de ruedas a las urgencias de dicho hospital donde quedé ingresada todo el fin de semana; fin de semana que coincidió con el cambio de hora. Demasiadas anécdotas en un mismo corto período de tiempo, lo que me llevó a pensar que podía ser una experiencia mística. A partir de entonces, mi sensibilidad es distinta y percibo cosas que antes no percibía o, al menos, no era consciente de ellas. No era mi hora como sí fue la de mi tío que, el 12 de junio de dicho año, fue enterrado por culpa de una negligencia médica.

¿Qué quiere decir todo esto? Sé que estamos de paso, pero ¿qué ocurre con la inmortalidad del alma?

 (Copyright Juana García Romero, 2010)

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