El concepto estético de Schiller (y II).

(De la obra del autor “Ciencia, filosofía, religión. Una visión armónica”)

“El mismo impulso que, aplicado a su pensamiento y a sus actos, debería conducir al hombre a la verdad y a la moralidad, al estar inmerso en el instante y en lo particular, no da origen, ahora, a otra cosa que a inquietud y temor, ambos efecto de la razón y no de la sensibilidad; pero de una razón que ha equivocado el objeto, imponiéndose directamente a la materia.

Schiller nos dice que la fruta de este árbol son todos los sistemas categóricos que prometen la felicidad, ya sea al día presente o a la vida eterna. Para él, una duración ilimitada de la existencia y bienestar, sólo por dicha existencia y bienestar, es un mero ideal forjado por la apetencia, exigencia que sólo puede ser planteada por un mero animal, aspirante a lo absoluto. Esta actitud no gana nada para su humanidad, sino por el contrario, sale perdiendo además la feliz limitación del puro animal, la pérdida del presente, en aras de su aspiración a lo absoluto, sin buscar en esa lejanía ilimitada otra cosa que el presente.

Para Schiller la contemplación (o reflexión) es la primera relación liberal del hombre con el mundo en el que vive. Mientras que el apetito aprehende directamente a su objeto, la contemplación aleja el suyo de sí, protegiéndolo de la pasión, pasando así dicho objeto a ser su propiedad verdadera. “La necesidad natural que dominaba absolutamente al hombre en el puro estado sensible, lo abandona en la reflexión, una paz momentánea se apodera de los sentidos, el tiempo mismo, lo eternamente cambiante, se detiene, mientras se concentran los dispersos destellos de la conciencia y un reflejo de lo infinito, la forma, proyecta su luz en el efímero fondo. Cuando se hace la luz en el hombre, ya no hay más noche fuera de él, cuando alcanza la serenidad, se aplaca también la tormenta del universo, y las fuerzas naturales en pugna encuentran la calma entre límites permanentes”.

Nos sigue comentando Schiller que no es extraño que los poemas fundacionales hablen de ese gran suceso interno del hombre como si de una revolución se tratara, representando al pensamiento que triunfa sobre las leyes del tiempo. El hombre pasa de ser un esclavo de la naturaleza, cuando sólo siente, a ser su legislador, tan pronto como empieza su pensamiento. El hombre supera cualquier horror de la naturaleza, tan pronto como es capaz de darle forma y hacerle su objeto. Los dioses se desprenden de sus máscaras fantasmales. El dios monstruoso de Oriente, adopta en la fantasía griega el perfil de la humanidad; los titanes caen, y la fuerza infinita aparece dominada por la infinita forma.

Para Schiller, la belleza es obra de la contemplación libre, y con ella se entra en el mundo de las ideas, sin abandonar por ello el mundo sensible, como ocurre con el conocimiento de la verdad. En el deleite que nos proporciona el conocimiento, se distingue el paso de la actividad a la pasividad, y se aprecia claramente que la primera acaba cuando aparece la otra. Con la belleza no puede distinguirse esa sucesión entre la actividad y la pasividad, reflexión y sentimiento están tan fundidos que creemos estar sintiendo directamente la forma. La belleza es un objeto para nosotros, porque la reflexión es la condición por la que tenemos una sensación de belleza. La belleza es forma porque la contemplamos, pero es a la vez vida, porque la sentimos, o sea al mismo tiempo estado y acto. Al ser ambas cosas, la pasividad no excluye la actividad, ni la materia la forma, ni la limitación la infinitud. Schiller nos continúa diciendo que no podemos generalizar nuestros placeres sensibles porque no nos es posible generalizar nuestra individualidad. Los placeres del conocimiento los disfrutamos únicamente en tanto especie, habiéndose apartado de nuestro juicio todo rastro de individualidad. Sólo la belleza la disfrutamos a la vez como individuos y como especie.

El bienestar sensible únicamente puede hacer feliz a una persona, pues está fundado en la apropiación de una sola cosa, lo cual equivale a la exclusión de todas las demás; pero sólo puede hacer a ese individuo parcialmente feliz, porque no interviene su personalidad. El bien absoluto sólo hace feliz bajo unas determinadas condiciones, que pueden suponerse para todos los individuos, pues la verdad es el premio de la abnegación, y tan sólo los corazones puros creen en la voluntad pura.

La belleza es la única capaz de hacer feliz a todas las personas, pues todos los seres olvidan sus limitaciones al experimentar su mágico poder. Pero, ¿existe algún Estado de la belleza? y si existe, ¿dónde está? Para Schiller se encuentra en toda alma armoniosa, o acaso en algunos círculos escogidos, que no se “comportan imitando estúpidamente costumbres ajenas a ellos, sino siguiendo su propia y bella naturaleza; allí donde el hombre camina con valerosa sencillez y serena inocencia por entre las más grandes dificultades y no necesita herir la libertad de los otros para afirmar la suya propia, ni renunciar a la dignidad para dar muestra de su gracia.”

(Obra de referencia: “Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre”)

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