Alma y conciencia (I).

(De la obra de Alejandro Álvarez Silva “Ciencia, Filosofía, Religión. Una visión armónica”. Copyright 1995)

“La Conciencia es una especial forma de la sensibilidad por la que el hombre se reconoce a sí mismo como un yo frente  a los otros yo. También con este t´rmino nos referimos a la percepción de las propias sensaciones, tanto internas como externas, y de los estados o procesos psíquicos interiores. La Conciencia permite que todo lo que se conoce, se quiere, se piensa, o se hace sea reconocido por uno mismo, como algo que nos pertenece.

Como la consciencia es la percepción de los propios estados psíquicos y actos en el momento que acontecen, lo que presupone un estado de vigilancia y atención en el sujeto, lo que se llama también sentido interno, la Conciencia sería capacidad de reflexión, creencia en un yo subyacente que cambia a través de sus diferentes estados, pero que no llega a disolverse.

Tanto la Psicología como la Epistemología o teoría del conocimiento evitan una interpretación de la Conciencia como cosa -sustancia espiritual-, decantándose hacia una interpretación de la misma como fenómeno, resultado de una serie de procesos fisiológicos o psicofisiológicos.

Desde Descartes la evidencia existencial del yo se convierte en un punto de partida de la Filosofía: racionalismo, empirismo, etc.

Kant distingue entre una conciencia pura o trascendental y una conciencia empírica.

La conciencia pura o trascendental se caracteriza por ser un principio activo del conocer. (La Conciencia interviene en el acto de conocer, ordenando y clasificando los datos procedentes de la sensibilidad). D e ahí la oposición entre las cosas en sí -lo incognoscible para Kant- y las cosas como aparecen a nuestra mente (fenómenos). El conocimiento de la existencia de la conciencia pura se obtiene de la abstracción de los contenidos (representaciones y vivencias) de la conciencia individual; de este modo pueden sustraerse las funciones lógicas con las que opera la mente.

De Kant surgen: el idealismo lógico (autoconciencia) y el objetivismo trascendental. El último (Brentano, Bergson, Husserl) se interesa por la relación de una conciencia finita frente a un mundo objetivo externo que la determina (intencionalidad, referencia necesaria de la Conciencia a un objeto externo a ella misma). Husserl se interesa por el mundo objetivo en general, Scheler en la esfera de los valores. Esta última teoría, junto con la que considera a la Conciencia como resultante de procesos orgánicos o epifenómenos, son las que predominan en el pensamiento contemporáneo.

Ahora nos introduciremos en el concepto de alma, que es junto con el cuerpo, lo que constituye el ser viviente.

Hay varias definiciones de la misma. Por ejemplo: “Conjunto de funciones psíquicas y estados de conciencia”, o “principio sensitivo que da vida e instinto a los animales, y vegetativo que nutre a acrecienta a las plantas”.

Los griegos designaron como PSYCHÉ al soplo, hálito, aliento o fuerza vital, el espíritu, la inteligencia, la mente.

Para la tradición homérica, el alma era el doble del yo; ligada intrínsecamente al cuerpo, y que al desintegrarse este último en el muerto, vagaba como una sombra por el Hades privada de la auténtica vida. En el siglo VI el orfismo proclamaba la naturaleza espiritual del alma, su preexistencia en el mundo celestial, su inmortalidad y la necesidad de una ascensión para que ésta se vea libre de las reencarnaciones.

Para los filósofos presocráticos el problema del alma está ligado sustancialmente con sus concepciones cosmológicas, pues el alma se identificaba con el principio común que anima toda la realidad. Los seres participan de este alma común (hilozismo) y ésta no es más que el principio origen de todas las cosas.

Platón recoge las dos corrientes anteriores. Para Platón la primera característica del alma es ser semoviente (aquello que se mueve por sí mismo). La inmortalidad del alma viene demostrada, según Platón, por su condición de principio de todo movimiento, principio de vida (que excluye la muerte) y por su naturaleza simple (sólo se corrompe lo compuesto).

Para Aristóteles el alma es una sustancia incorpórea que hace pasar la virtualidad de lo orgánico a su actualidad o realización total.

Tomás de Aquino considera el alma a la vez forma pura separada del cuerpo y principio organizador de éste; de ahí su distinción entre ánima y animus.

Es con Descartes con su identificación del alma con el yo pensante cuando el alma se verá reducida cada vez más a la idea de conciencia. Para Descartes el alma es la res cogitans y el cuerpo la res extensa.

Leibniz concebirá el alma como una  mónada espiritual, simple en sí misma, como todas las otras mónadas, pero con la propiedad de ser consciente, es decir, de poder reflexionar sobre sí misma.

Hume la interpreta como la unidad de las representaciones, negando abiertamente su existencia como sustancia separada.

Para Kant el alma no es más que una idea o principio regulativo que tiene por objeto todos los fenómenos de la Conciencia. Frente a esta idea del alma como noúmeno, reconoce la idea de un yo fenoménico como conjunto de todas las experiencias.”

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