Alma y conciencia (y II)

(De la obra del autor “Ciencia, Filosofía, Religión. Una visión armónica”)

“El progreso de la Psicología  trae consigo el advenimiento de la seudociencia llamada frenología, entre cuyos propósitos figuraba la demostración de la materialidad del alma.

Recientemente, sigue concibiéndose el alma fundamentalmente como conciencia, como yo o como síntesis de las manifestaciones o funciones intelectivas o volitivas, o, tal vez, el conjunto de estas acciones (actualismo de Wundt, Bergson y Paulsen).

Ya hemos dicho que el hilozismo de los antiguos filósofos jónicos estaba inspirado en la idea del principio vital del mundo considerado como un organismo vivo.

En el Renacimiento se consideraba el “alma del mundo” como la segunda emanación del Uno (realidad Suprema), noción adoptada por filósofos como Giordano Bruno, Agripa, Campanella y Paracelso.

Todos ellos creían que las partes del mundo estaban unidas entre sí por la llamada fuerza de la “simpatía”, fundamento, en su opinión, del ejercicio de la magia. Concepto que apareció de nuevo en Schelling, quien intentó explicar con él la conexión del Absoluto con cada una de sus partes. También, el mismo concepto sigue vivo en toda la corriente vitalista (Driesch y Bergson). El “élan vital” bergsoniano es una nueva forma de interpretar esta noción.

Para el pensamiento chino e indio, el alma es una manifestación del gran todo, al cual vuelve después de la muerte. El pensamiento oriental es mayoritariamente monista, identificando, en cierto modo, el alma particular con el Principio Universal. Todas las filosofías de la China y el Shinto, en el Japón, concuerdan en afirmar que el alma del hombre después de la muerte se reintegra al Principio Celestial, al Todo, al camino-Tao, al Principio Universal. No obstante, conceden al alma cierta permanencia en su existencia individual después de la muerte, que depende, en cuanto a lapso, de los méritos adquiridos en la vida terrenal.

Para el hinduismo, las “purushas” o almas individuales han salido de Brahma, Dios, al cual tienden y con el cual se identifican, después de la muerte, en una unidad pura si el hombre muere completamente puro; en caso contrario, irá reencarnándose sucesivamente hasta adquirir la pureza necesaria para poder unirse con Brahma.

El “Atma”, principio de actividad, de energía (tanto espiritual como material), de creatividad, se identifica, en cierto modo, con Brahma, vivificando todas las purushas. Las almas o purushas se individualizan cuando entran en contacto con la materia al habitar en un cuerpo.

Para el budismo, en cambio, no existe ningún yo permanente, sino una sucesión de yos específicos. Vida y alma son puro acontecer, por lo que no existe la inmortalidad al no existir un alma sustancial y permanente que pueda ser sustrato de esta cualidad inmortal. Como máximo, puede asemejarse a la inmortalidad el renacer creador y continuo de las almas en el reencarnación y de toda la realidad en la gran totalidad.

Podríamos decir que todas las filosofías orientales afirman que el alma individual se reduce a un continuo indiferenciado donde la realidad particular se identifica con la realidad única.”

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