El ascenso de la autoorganización. -Alejandro Álvarez Silva-

A continuación, en base a la magnífica obra de Natalia López Moratalla titulada “La dinámica de la evolución humana”, estudiaremos ese proceso “evolutivo” que va desde la materia inerte hasta la autoorganización que supone lo que llamamos “vida”.

Nos dice López Moratalla que “el conocimiento más importante de las ciencias biológicas de los últimos años es el descubrimiento de que los dos grandes procesos temporales de los seres vivos -la evolución y el desarrollo embrionario-, presentan idéntico dinamismo. Ambos procesos tienen una flecha del tiempo: transcurren de lo simple a lo complejo a través de los mismos mecanismos de cambio de la información genética, y de la regulación y retroalimentación del mensaje genético.”

Hace hincapié en que el 2% de las diferencias genéticas entre el hombre (Homo sapiens sapiens) y el chimpancé (Pan troglodytes) son mayoritariamente responsables de la construcción y maduración del cerebro.

Y entrando de lleno en la materia del artículo, nos comenta la autora que “la principal diferencia que distingue la realidad inerte y la viva es la manera en que se corresponden los materiales y la forma que los configura”. La materia inerte, sea natural o artificial, no posee información propia para constituirse como ser. En palabras de López Moratalla: “No tienen un sí mismo intrínseco, sino un según“.

Y es que “las leyes de la química que rigen el cambio hacia la complejidad no son propiamente evolutivas. No pautan en sí mismas una tendencia al progreso. De su más con más no emerge algo que se acumula como parte de un pasado y que, por tanto, le pertenezca. La actualización de potencialidades es extrínseca al sistema de partida. Depende del pasado, pero no posee futuro dependiente de qué es un momento determinado.”

La vida transcurre de lo más simple a lo más complejo, y es evolutiva hacia una mayor intensidad, “hacia más interior y sí mismo propio de los seres vivos, y menos según lo externo, que es lo propio de la realidad inerte”.

Y es que hay una ganancia de autonomía en un ciclo temporal cerrado en sí mismo que  es el ciclo propio de cada ser vivo con su nacimiento, vivencia, reproducción y muerte, y que encierra en sí la posibilidad de evolucionar. Y aquí sí hay historia: “la historia de cada una de las especies son los capítulos de la historia de la vida que se inició hace unos tres mil millones de años”.

Nos dice Natalia López Moratalla que “en la historia de la vida, a la actividad vital básica, vegetativa en cuanto a mantener las funciones necesarias para desarrollarse, crecer, alimentarse, etc., ha seguido el sentir, reconocer lo que conviene o no,…”

Pero esa evolución biológica “no es una sucesión lineal de etapas; tiene un diseño arborescente, con ramas enormemente irregulares”. Y ese progreso evolutivo de lo simple a lo complejo es irreversible. “En esa dinámica, azar y determinación cooperan como dos parámetros termodinámicos que son”. “La vida no tiene marcha atrás; es un permanente alejamiento del equilibrio termodinámico”. (El equilibrio significa la muerte).

La capacidad de cambio, el automovimiento de los vivientes está motivado por las inestabilidades y fluctuaciones, fuente de orden en los procesos irreversibles, lo que Illia Prigogine denominó procesos disipativos de entropía. En ellos, “los parámetros azar y determinación cooperan en la aparición de un orden, arquitectónico o funcional, al que se denomina orden fluctuación“. El azar (las fluctuaciones que permiten a un sistema alejarse de los estados de equilibrio termodinámico) y la necesidad (la inestabilidad propia del medio), en vez de oponerse, cooperan.

Todo sistema biológico, pues requiere que el sistema sea abierto (para el intercambio de materia y energía con su entorno, disipando entropía), y que el sistema se mantenga alejado del equilibrio.

Remata Natalia López Moratalla: “En un ser vivo este orden por fluctuación es intrínseco, es decir, el cambio es automovimiento. Existir viviendo, transmitir vida y poder evolucionar, supone poseer por sí y en sí mismo mecanismos generadores de inestabilidad, que le permiten mantenerse alejados del equilibrio. Esos mecanismos son propios, le pertenecen, y por ello el proceso de ordenación de los seres vivos es más que la mera relación entre la estructuración de los componentes: es autoorganización.”

2 comentarios

  1. Desde Prigogine y Kauffman, se ha escrito mucho sobre la autoorganización, el orden y la vida. Lástima que la autora se quede en lo anecdótico.
    Por otro lado, la autora tiene errores conceptuales gravísimos. Por ejemplo, el equilibrio termodinámico no significa la muerte. Pero para entender este matiz, habría que haberse leído algún libro elemental de termodinámica, donde se enseña a distinguir entre sistemas: aislados, cerrados o abiertos.
    En fin. A seguir estupidizando a los incautos.

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