El fenómeno hipnótico y los estados de conciencia. -Alejandro Álvarez Silva-

(Del artículo de Psicodeia del Dr. J. L. González de Rivera titulado “Sugestión y estados de conciencia”)

Nos dice el doctor González de Rivera que para comprender mejor el fenómeno hipnótico es necesario diferenciar dos componentes confundidos con demasiada frecuencia: la sugestionabilidad, y la alteración de la conciencia.

La sugestionabilidad se refiere a la aceptación de ideas ajenas sin un previo criticismo o aprobación, y como ejemplo enuncia la publicidad, ciertas actividades de grupo, etc. También hay que decir que unas personas son más sugestionables que otras, y que dicha sugestión varía en la misma persona de unos momentos a otros y en particular según el “estado de conciencia” en que se encuentre.

Los estados de conciencia corresponden a “los distintos niveles en que un individuo mantiene su percepción del mundo y de sí mismo”. Afirma el Dr. González que “cada estado de conciencia posee unas características psicofisiológicas determinadas, y en cada estado de conciencia existen percepciones y recuerdos característicos”.

Los estados de conciencia formarían un continuo, del que conocemos mejor ciertos “puntos”:  psicosis, euforia, ansiedad, “yo”, relajación,  nirvana, “ser”, etc. En teoría sería posible poseer en cada estado toda la información presente de los demás, pero en la práctica el hombre ordinario o normal “muestra una incapacidad para transferir su conocimiento de unos estados de conciencia a otros”.

Concomitante con los estados de conciencia anteriores pueden considerarse cuatro tipos de conciencia:  espiritual, vital, afectiva e intelectual. “La conciencia espiritual y la vital son dos aspecto innatos del ser, mientras que la intelectual y la afectiva son adquiridas”, constituyendo los elementos fundamentales de la “personalidad”.

La conciencia vital, el estadio más elemental de conciencia, estaría presente en todos los seres vivos, “y en su máximo grado de desarrollo puede definirse como la percepción de la propia existencia”.

La conciencia espiritual, como tipo más elevado de conciencia, estaría sólo presente en el hombre, y a ella pertenecerían “todas las funciones propias de la intuición”.

Nos comenta el Dr. González que “cada tipo de conciencia está dotado de una voluntad que le es propia, subordinada a las voluntades de los órdenes de conciencia superior”: “la voluntad vital es influida por la voluntad afectiva, y ésta por la intelectual”. Sin embargo, una voluntad afectiva “débil” no puede controlar a la conciencia vital. Para el autor, “desde el punto de vista de la salud física, sería preferible que no se desarrollara la conciencia afectiva, si no hay un desarrollo concomitante de la conciencia intelectual”. Evidentemente, los automatismos de la voluntad vital son suficientes para el perfecto funcionamiento del organismo, y “las interferencias desordenadas de los afectos son causa de numerosas molestias y enfermedades”. Por otra parte, la conciencia intelectual no puede controlar satisfactoriamente a la conciencia vital, sino por intermedio de la conciencia afectiva.

Es un hecho que “tanto la conciencia espiritual como la vital son refractarias a los fenómenos sugestivos, que en cambio afectan profundamente a la conciencia intelectual y la afectiva”. También que bajo el dominio de la conciencia espiritual son posibles todos los estados de conciencia, percibidos como “gradaciones de un estado único”, en el que la información contenida en esos estados “está permanentemente presente en la conciencia”. Ésto quiere decir que “la voluntad espiritual posee persistencia y está libre de contradicciones” (la realidad es percibida de manera directa, exacta y global).

La conciencia vital tendría análogas características, pero su único objeto es el mantenimiento de la vida individual.

Una característica importante es que la conciencia intelectual, al igual que la afectiva, es incapaz de lograr de lograr la “unidad interna de todos sus estados”, es decir, son conciencias “fragmentadas”, en las que en lugar de un continuo “existen numerosos estados relativamente independientes, cada uno con esquemas cognitivos y perceptuales característicos, dotados de voluntad propia, y susceptibles de influir el comportamiento en detrimento de los intereses de los demás estados” (pueden existir, al respecto, varias personalidades dentro de un mismo individuo, con intereses y peculiaridades propias). Tal estado, anárquico por definición, es a la larga insostenible, por lo que en cada persona “normal” se logra el dominio, más o menos duradero, de un estado de conciencia con represión de los demás. No es extraño, pues, que “ocasionales erupciones y tomas de control de estos estados reprimidos originen los fenómenos característicos del sonambulismo, disociación de la personalidad e hipnosis”.

El hombre ordinario ignora tal sucesión de deseos y actitudes contradictorias, percibiendo ilusoriamente como “su” personalidad la que domine en cada momento. Nos dice el Dr. González que “para el hombre normal, sólo un pequeño sector de todos los estados de conciencia posibles es habitual, y de ahí, que los demás estados se conozcan como “alterados” o “inhabituales”. En su opinión, “el estado de conciencia predominante ha sido seleccionado precisamente por ser el que mejor se adapta a las necesidades de la sociedad actual”, pero es importante darse cuenta que la fragmentación de la conciencia “es la razón fundamental de las debilidades humanas, y la base sobre la que actúan los procesos hipnóticos y sugestivos”.

Define el Dr. González Rivera el estado de hipnosis como “la fijación en un estado de conciencia definido, con exclusión de todos los esquemas cognitivos y emocionales propios de los demás estados posibles, incluso los más próximos”. El problema de la hipnosis quedaría reducido “al problema de la introducción del material constituyente de la sugestión entre los conocimientos característicos de un determinado estado de conciencia, y la fijación posterior de ese estado de conciencia”. Aunque la fijación sea transitoria, la evocación o inducción de este estado reaviva los elementos de la sugestión, que toman así el control de la conducta, las funciones orgánicas, las emociones, etc.

Como “cada estado de conciencia se caracteriza por un conjunto de esquemas cognitivos y emocionales, que forman una organización coherente”, “la incorporación de un nuevo elemento en este sistema conceptual requiere un alto grado de similitud y compatibilidad con los preexistentes”, por lo que todo el sistema debe modificarse (hasta cierto punto) para tal integración; es decir, se requiere cierta flexibilidad en el sistema, o, en otras palabras, existe un límite de discrepancia. El resultado: “no podemos percibir más que lo que, de alguna manera, ha sido ya anticipado o aceptado por el sistema conceptual propio del estado o estados de conciencia en que habitualmente funcionamos”.

Y remata el Dr. González Rivera: “Para que un individuo pueda recibir sugestiones incompatibles con su sistema conceptual habitual, es preciso inducir en él un estado de conciencia en el que estas sugestiones sean aceptables. En el proceso de inducción hipnótica, se “selecciona” un estado de conciencia “virgen”, en el que pueden cómodamente registrarse toda suerte de nuevas percepciones y conceptos.”

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