Origen y libertad. -Alejandro Álvarez Silva-

Los hombres de acción (que querían cambiar el mundo) necesitaron de una “fundación” para edificar un nuevo orden del tiempo, resolver el problema del comienzo, pues el mismo “comporta en sí un elemento de completa arbitrariedad”. “Sólo entonces se enfrentaron al abismo de la libertad, sabiendo que todo lo que hicieran podría haberse quedado igualmente sin hacer”.

“Las leyendas de fundación, con su hiato entre liberación y constitución de la libertad, indican el problema sin resolverlo. Apuntan al abismo de la nada que se abre ante toda acción de la que no podemos dar cuenta a través de una cadena fiable de causa y efecto, ni tampoco explicar con las categorías aristotélicas de potencialidad y actualidad. En el continuum normal del tiempo, todo efecto se convierte inmediatamente en una causa de futuros desarrollos, pero cuando la cadena causal se quiebra -lo cual ocurre una vez conseguida la liberación, porque la liberación, a pesar de poder ser la conditio sine qua non de la libertad, nunca es la conditio per quam que causa la libertad -no queda nada donde el “iniciador” pueda sostenerse”. “El pensamiento de un comienzo absoluto –creatio ex nihilo- anula la secuencia de la temporalidad del mismo modo que lo hace la idea de un final absoluto y, por tanto, podemos describirlo correctamente como “pensar lo impensable”.

La solución judía frente a esta perplejidad “presupone un Dios-Creador que crea el tiempo junto con el universo y que, en tanto que legislador, permanece fuera de Su creación y fuera del tiempo como Aquel “que es el que es”.

Nos dice Hannah Arendt que si “como Hegel creía, la tarea del filósofo es captar la más elusiva de todas las manifestaciones, el espíritu de un tiempo en la red de los conceptos de la razón, entonces Agustín de Hipona, el filósofo cristiano del siglo V d.C., fue el único filósofo que los romanos tuvieron”.

Y continúa Hannah: “En su gran obra, La ciudad de Dios, menciona, aunque no explica, lo que hubiera podido llegar a ser un apoyo ontológico para una verdadera filosofía romana o virgiliana de la política. Como sabemos, según Agustín de Hipona, Dios creó al hombre como una criatura temporal, homo temporalis; el tiempo y el hombre fueron creados conjuntamente, y esta temporalidad quedaba afirmada por el hecho de que todos debían su existencia no sólo a la multiplicación de la especie, sino al nacimiento, la llegada de una criatura nueva que hace su aparición en medio del continuum temporal del mundo en tanto que algo enteramente nuevo. El propósito de la creación del hombre era hacer posible un comienzo.” “La capacidad misma de comenzar se enraíza en la natalidad, y en modo alguno en la creatividad”.

Para Hannah estos razonamientos, aún en la versión agustiniana, son hasta cierto punto opacos, pues “parece no decirnos más que estamos condenados a ser libres por el hecho de haber nacido, sin importar si nos gusta la libertad o si abominamos de su arbitrariedad”.

Y remata nuestra autora: “Este impasse, si es tal, sólo puede ser solucionado o deshecho apelando a otra facultad espiritual, tan misteriosa como la facultad de comenzar: la facultad del juicio; un análisis de la misma, como mínimo, podría decirnos qué está en juego en nuestros placeres y displaceres.”

(De la magnífica obra de Hannah Arendt “La vida del espíritu”)

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