Éter y vacío (I)

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Cada observador “lleva consigo” el éter, algo impensable pues supone con generalidad un teórico “desplazamiento” al unísono de la “infinitud” energética que atesora el vacío.

El cambio metafísico o filosófico que acarrea tan trascendental aserto es enorme, al pasarse de un espaciotiempo “independiente” de la mente o la conciencia (en relatividad es el mismo para todos los observadores, lo que significa su “independencia” respecto a cada uno de ellos), a otro construido en base a cada observador, debido a la capacidad de este de hacer medidas, tomando razón de ellas, y por ende, teniendo conciencia de las mismas. Matemáticamente se obtiene el mismo resultado, pero la metafísica es completamente distinta: el éter, tan desterrado hasta ahora en la ciencia, vuelve a tener casi el mismo significado que cuando se propuso, salvo que en esta ocasión estamos ante un éter “estrictamente” matemático, un éter identificado de modo absoluto con el elemento matemático… Estaríamos, pues, ante una multiplicidad de universos (tantos como observadores), lo que simplemente significa una multiplicidad de conciencias, de mentes, de entes matemáticos, donde espacio, tiempo y masa-energía son sólo entidades “derivadas” o añadidas.

El símil o imagen de ello sería la “superposición cuántica” (“realidad” del conjunto de las distintas “posibilidades” -suma de historias o integral de camino de Feynman- decantadas en el futuro del suceso o acontecimiento), o la no-localidad que representa la aparente “acción a distancia” sobre la materialidad de las “partículas entrelazadas”.

Existe la “realidad de la función de onda cuántica” (*) y de igual forma, la “realidad del vacío cuántico” (y del éter propuesto).

La luz (radiación electromagnética) se “transmite” en base a los “puntos” de ese éter y su invariancia en c supone un espaciotiempo regido por las “transformadas de Lorentz”. Es decir, para que cada observador “constate” esas constancia de la velocidad c de la luz en el vacío, constatación que supone un “reinado” de “su” conciencia sobre el entorno, el universo, el mundo físico, todo el universo (su espacio, tiempo y tensor momento-energía) queda “regido” por las leyes o teorías de la relatividad (restringida y general)… Y esa “diversidad” de conciencias (observadores) se vislumbra, entonces, en tal sentido, como el verdadero ¡motor del universo!

Del éter global que se intentó encontrar en el experimento de Michelson-Morley, pasamos a un “éter particular” para cada observador. Ese primer éter se identificaría con el absoluto que representaban las coordenadas espaciotemporales newtonianas (algo que no se encontró, y por ello se empezó a hablar de “relatividad” del espacio y el tiempo entre observadores situados en sistemas con movimientos uniformes y rectilíneos).

El “éter particular” de cada observador, dada su “variabilidad” (al “acompañar” a cada observador), condujo al error de su “anulación” (**) como ente físico, ya que no “parecía” aportar nada  suplementario en el planteamiento matemático, es decir, fue desechado por ser considerado superfluo.

Pues bien, hoy, tanto desde el punto de vista filosófico como metafísico, parece necesaria su introducción. Hay que añadir que, además, varios científicos (***) vuelven a aconsejarlo con objeto de poder incluir en el mismo del “campo de Higgs” o las especulativas masa y energía oscuras.

Sugiero que una posible explicación de la “inflación cósmica” de los primeros instantes del Big Bang, podría tener relación con este concepto de éter (“particular”), puramente matemático (desmaterializado) pero tan real como el “espacio probabilístico”… Y es que es indudable que la expansión del radio del universo o el factor de escala en el proceso de inflación con velocidades superiores a la de la luz, sólo puede entenderse como una expansión “cuasiexponencial” de tal éter a través de una simple ley matemática “incrustada” en el universo (pura “realidad”), y no por la “transmisión” de una perturbación del vacío, imposibilitada por el límite de la velocidad de la luz c, según la misma relatividad general.

En mi opinión, el nuevo éter proporciona una clara conexión entre las bases de las teorías cuántica y relativista, y como consecuencia, la prominencia absoluta del observador (conciencia) en la naturaleza, no sólo en su comportamiento cuántico (medida), sino en esta nueva visión de la relatividad.

                                                                     Alejandro Álvarez Silva

Notas:

(*) Sobre la realidad del “espacio probabilístico y la función de onda cuántica” (de la obra del autor “Multiverso y realidad”).

(**) Anotaciones del artículo “El éter relativista: Un cambio conceptual inconcluso” de Alejandro Cassini y Marcelo Leonardo Levinas. (CRÍTICA, Revista Hispanoamericana de Filosofía. Vol.41. No. 123 -diciembre 2009).

(***) Reseña de “Éter (física)” (Wikipedia).

Estas tres notas serán objeto de la segunda parte (II) de este trabajo.

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