El sentido del universo (I): Consciente e inconsciente

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La vida es un misterio; diría más: es pura “sabiduría”.

¿Cómo se las apaña para manejar ese magnífico binomio “consciente- inconsciente” y sacar el mejor partido del mismo?

Genetistas e informáticos ya están al corriente de la extraordinaria capacidad de la molécula de la vida, el ADN, para albergar en su seno una información (número de bits) casi infinito, que deja obsoleto cualquier sistema de almacenamiento que haya alcanzado hasta ahora la más refinada técnica informática. Pues bien, de manera en apariencia inconsciente, tal logro ha sido alcanzado por la evolución en el trascurso de millones de años. Hay que hacer la salvedad que tal número de años puede llevarnos al espejismo de creer que con tiempo suficiente puede alcanzarse cualquier objetivo. Craso error, pues es más bien cierto lo contrario, es decir, existe una extraordinaria baja posibilidad de haber llegado a tal resultado…. La probabilidad de que el cambio (mutación) conduzca a algo más que el caos, esa si es enorme.

De ahí que exprese la convicción de que la vida goza en sí de una sabiduría impresionante. Las bases de la vida, su sostenimiento, conservación, preservación están aseguradas mediante el código genético, tan estable. Las funciones vitales más importantes se mantienen y regulan de forma automática, inconsciente, sin dejar que esa parte tan variable, evanescente y hasta caprichosa de la consciencia intervenga. Lo básico y más importante del organismo, de la especie y hasta de la misma vida queda preservado en el ADN del código genético que ha ido acumulando la evolución a lo largo del tiempo.

¡La evolución guarda sus secretos tras las siete llaves del cofre que representa el ADN del código vital!

Aquí lo importante no es la consciencia, que después de todo sólo pertenece a un individuo. Sí lo es el inconsciente del código genético vital de las especies, y el inconsciente del propio individuo que indirectamente dirige la nave de la evolución hacia metas no claramente definibles. ¿Podrían ser tales la “complejidad” de los organismos o el advenimiento de alguna criatura superior?

La meta, si existe, aún la desconocemos, pero es evidente que la evolución no se abre paso en relación a cada individuo en particular, pues le trasciende… Y aunque parece que hay un cierto recorrido hacia la complejidad orgánica, con esporádicos retrocesos, no parece claro el sentido de tal evolución.

De mis palabras parece deducirse una cierta minusvaloración del consciente en relación al inconsciente, en contra de la secular apreciación general de la que nos sentimos tan orgullosos. Pues bien, es hora de que ponga en valor, también, el importante papel del consciente.

Lo consciente es de importancia vital para el individuo: reacción, defensa o protección, elección, etcétera. El individuo precisa de tal consciencia esencialmente para la evaluación de riesgos, y la toma de decisiones al respecto. Y la conservación del individuo redunda en beneficio de la evolución (de la especie) al conservarse, entonces, el propio código genético.

Yo diría que lo consciente representa lo que el patrón del barco marcando su ruta, por supuesto algo tan manido, pero a la vez tan sabio.

Así que el equipo (binomio) formado por consciente e inconsciente es un magnífico “mecanismo” que asegura el proceso de la evolución, además de forma altamente eficaz, fruto en verdad de una verdadera “sabiduría”.

Parece como si toda la inteligencia aportada por el consciente en su actividad quedase perpetuada (de un modo indirecto), de forma altamente eficaz y estable en el almacenamiento inconsciente del baúl del código genético, tras el proceso evolutivo.

Es cierto, también, que en el fondo instintivo-sensitivo de cada criatura, debe existir un pequeño “hálito” (íntimo y prístino sentimiento de permanencia de su individualidad), que muy en el fondo representa la “chispa” que incipientemente hace mover todo el “andamiaje”.

Y volviendo al inconsciente, la evolución y su significado, nos encontramos de nuevo ante esa primera incógnita que vuelvo a recalcar ahora con más énfasis: ¿Cuál es el verdadero propósito de la evolución o la meta de tal proceso?

Podría, no obstante, no haber meta: ¡una posibilidad! Pero yo más bien creo que lo que ocurre es que ni siquiera llegamos a adivinarlo. Sospecho que la naturaleza no desaprovecha ni despilfarra recursos tan abundantes, no digamos los “esfuerzos” de tantas individualidades, de tantos seres vivos.

Se me antoja, como ya escribí en algunos de mis escritos, que cada criatura lleva tras sí un “segundo personaje” en sus adentros… La mirada de una mascota, causa en su dueño la impresión de una “segunda persona” que quiere comunicarnos algo desde su propio interior, y ese “algo” parece encerrar en sí un “críptico” mensaje mucho más profundo.

Adelanto la atrevida hipótesis de que ese “críptico” mensaje es el reflejo de la “mirada” al mundo, de la “toma de conciencia de ese mundo” de un ser que habita en el interior de todos y que “necesita” de nuestros “propios ojos”, de nuestras “consciencias” para abrirse al mundo, para conocerlo, y por ello mismo, “crecer” como criatura (de un orden superior), “abduciendo” y al mismo tiempo “impulsando” a ese universo que “le necesita” y que, a la vez, “necesita”…

¡Esa sería la “meta” evolutiva, el destino final de este movimiento vital que observamos en todas direcciones del universo!

La evolución no tiene por meta el individuo, sino una flecha de complejidad que bajo la dimensión temporal conduce a una consciencia global superior, cuya sabiduría, por su nivel, se nos escapa actualmente.

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