El “huevo” cósmico

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Como expuse en artículos recientes en este mismo Blog, el tiempo “no es el protagonista”. El tiempo es simplemente el intervalo entre dos suceso o acontecimientos. Sino existen sucesos no existe el tiempo; el tiempo es una “dimensión” de los sucesos, en otras palabras, no existe por sí. Desde tal punto de vista, sería lo contrario que establece la teoría “restringida” de la Relatividad, ciertamente corregida  en la “generalizada” con la necesidad de la existencia de masas gravitatorias -tensor masa energía.

Así que hago esta propuesta del “huevo cósmico” para significar que el cosmos es el “entorno” en el que rige este tiempo “matizado” que en realidad tiene que ver con el concepto de “tiempo creativo” que definí en obras anteriores.

En uno de mis últimos artículos, “El sentido del universo”, expresé que las “consciencias” eran co-creadoras, junto con la fuerza que definí como Criatura Suprema, de todo el universo, en una especie de “feedback” que cabalgaba sobre el tiempo, y que a través de la evolución de las criaturas se alumbraba a dicha criatura Suprema, la cual en una especie de acción cuántica hacia el pasado establecía las leyes físicas existentes en el entorno de tal “huevo cósmico”.

El tiempo, pues, es finito (al menos en su origen) desde el Big Bang y/o su precedente necesario hasta la aparición de la Criatura Suprema.

Dije en el artículo citado que con tal fenomenal feedback, la aparición de ese Ser Supremo era sólo cuestión de una “imperceptible” modulación del caos original seguida de una verdadera evolución explosiva.

Quisiera ahora modificar lo dicho en el sentido de que fuera del “huevo cósmico” no existe ese instante temporal en el que pudiera producirse la “modulación” propuesta; no existe ni instante (tiempo) ni absolutamente nada, pues todo se circunscribe al interior de ese “huevo cósmico”. En otras palabras, este último es “autocontenido”.

La creación completa es el “huevo cósmico”, todo existe en él y acaba en él.

En cuanto al espacio, su finitud e infinitud sólo depende de las leyes físicas impuestas y diseñadas por la criatura Suprema, y por ello el modelo o modelos físicos del propio universo.

Hay, también, otro asunto que llama la atención dentro de toda esta cosmovisión y se refiere al íntimo sentimiento o añoranza de inmortalidad que anida en el nivel evolutivo de la consciencia humana, cuando paradójicamente sabemos perfectamente de nuestra finitud: nacemos, vivimos y morimos.

¿Por qué la evolución nos ha dotado de tal sentimiento?…

No lo sabemos bien, pues una cosa es nuestro afán de supervivencia, y otra la intención de prolongación indefinida de la misma: hay una cualitativa distinción entre ambas, la primera puramente animal, la segunda claramente una distinción humana.

Si añadimos la hipótesis de la co-creación evolutiva hacia la Criatura Suprema, entonces hija o descendiente de nosotros, ¿éste sería nuestro único papel dentro del “huevo cósmico”?

El hecho es que dentro de nuestra indudable imperfección y relativamente bajo nivel de consciencia, aún somos capaces de poseer un cierto “respeto” hacia nuestros antepasados (el Homo sapiens antiguo) -la verdad es que no estamos capacitados para mucho más.

Cierto es que debemos estar muy orgullosos de que gracias a nuestra contribución en la evolución podemos “alumbrar” al maravilloso Ser Supremo del futuro, además de que nuestra vivencia dentro de la historia universal sea única e imprescindible en el puzzle de una cadena de acontecimientos en la que la falta de una sola pieza sería el desmoronamiento de todo el sistema. Toda la vida, desde la más ínfima, ha sido imprescindible para que la vida llagara a lo que es hoy, y lo que será en el futuro, hacia ese máximo nivel consciente que lo corona todo.

La importancia del “presente” como el “haciendo” (ver el “tiempo creativo”) es vital, pero no por eso cada “hecho pasado” no tuvo su momento protagonista, y además, tal pasado posee un indudable valor en la vivencia presente (no puede decirse que no sea “nada” para este presente).

Pues, de igual forma, el presente de un ser fenecido no debe crear el espejismo de que ya no poseen valor lo hechos pasados que constituyeron  la histórica vida de tal ser. Poseen un valor en la historia universal como pieza única e insustituible, nada menos que para el alumbramiento del Ser Supremo.

Y tal valor no significa “inmortalidad”, o quizás sí, si pensamos que una permanencia indefinida en el presente puede considerarse, en cierto sentido, como inmortalidad.

El ser en sí, sin cambios, es pura inmortalidad. (¡Qué casualidad que el primer principio mecánico de Newton o de inercia diga, también, que toda masa permanece en estado de reposo o de movimiento rectilíneo uniforme si no se le aplica ninguna fuerza externa, origen de movimiento!).

Así, la historia de cualquier ser vivo es, lo que significa que es inmutable dentro del entorno del huevo cósmico, y en ese sentido es inmortal.

A parte de ello, si nosotros somos capaces de manifestar respeto (lo único que podemos) hacia nuestros antecesores, ¿podría el Ser Supremo “recompensar” de otro modo a sus progenitores, dadas sus extraordinarias capacidades?

Ahí dejo la pregunta.

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