Elucubraciones sobre la “otra vida”

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¿Nos resistimos a abandonar la vida que poseemos, sin dejar una huella perenne en el mundo tras nuestro paso por él? Y lo que va más allá: ¿Por qué queremos acceder a otro tipo de vida postmortem que no represente la nada?

Estas cuestiones forman parte del imaginario común del ser humano desde hace mucho tiempo, tanto que ha constituido la principal referencia de cuantas religiones han sido, son y serán.

Sin entrar en este aspecto religioso, por supuesto de indudable enjundia, pero un tanto controvertido al ser dominio de la fe, me propongo modestamente analizar tales cuestiones desde otros puntos de vista más prosaicos.

¿Es la vida una cadena de presentes?

Una película está compuesta por una secuencia de fotogramas, algo discreto con un número determinado y numerable de tales fotogramas, que por su intervalo temporal dan la apariencia de “continuidad”. (El espectador no nota ninguna solución de continuidad).

Pues bien, la vida no es ni por asomo una tal cadena o secuencia de presentes (fotogramas), y por varias razones.

Una es que los presentes son “transcurrentes” en el sentido que el presente en verdad es tan evanescente que constituye tan sólo la delgada línea que separa su pasado que ya no es, de un futuro que lo será inmediatamente (*), es decir, el presente encierra en sí el casi-Pasado y el casi-Futuro (Zubiri). Nada que ver con el fotograma que está perfectamente definido.

Otra razón es que el presente “acompaña” a la acción, que es un proceso, por supuesto “no puntual” sino “difuminado” en un intervalo variable de tiempo, que según sea la acción posee mayor o menor duración, y por ende el propio presente.

Si la vida es una sucesión de presentes (como en una película), ¿a qué presente o presentes nos referimos, pues unos y otros poseen distinta “magnitud” (temporal)?… La imbricación de presentes es tan compleja como lo son las distintas acciones que lleva a cabo el sujeto.

La maraña o falta de concreción sobre el tema hace que desechemos el supuesto de la “secuencia de presentes” a imagen de la historia cinematográfica (película).

También hay una cuestión subjetiva al respecto, que es la sensación se “continuidad vital” que poseemos internamente en todo momento. Si la vida consiste en una secuencia de presentes diferenciados, deberíamos sentir el “desvanecimiento” de un presente y el “nacimiento” del siguiente, al menos un “tic” modular que nos apercibiese de tal acontecimiento. No observamos lo más mínimo, sino una “continuidad” pasmosa. Es más, si nos mantuviéramos aislados de todo contacto externo no siquiera notaríamos el transcurso del tiempo.

De hecho percibimos el tiempo sólo al observar los distintos movimientos periódicos (del reloj, etc.) del exterior, aunque pudiera ser, por ejemplo, hasta nuestro mismo cambio de aspecto al reflejarnos en un espejo.

Si no “hiciéramos nada” (no acción) física o mentalmente, no podríamos definir el presente, lo que tiene que ver con esa definición del mismo, “el haciendo”, correspondiente al “tiempo creativo” (ver la obra del autor, “El tiempo- una revisión”).

Y es que el tiempo es cambio, movimiento, que rige en todo el universo material. Sin la acción, el cambio, el movimiento, en un posible aislamiento total respecto al exterior, la criatura (nosotros) se encuentra con su propio Ser, porque ese Ser es atemporal.

El Ser en sí-mismo no tiene tiempo, se siente único, indisoluble, en un presente continuo intemporal, desde cierto punto de vista, entonces, eterno e inmortal.

Esta última sensación (la continuidad del sí-mismo, etc.) sabemos que está presente al menos en el estado de vigilia; lo que no sabemos es si así sucede en sueños o en estados alterados de conciencia. Se aprecia que al despertar de una anestesia total vuelve a sentirse tal sensación al cabo de no mucho tiempo.

Pues bien, a partir de aquí quiero incluir la hipótesis de que para que exista tal continuidad en la sensación de uno mismo, debe existir algo común en todos los sucesivos presentes que constituyen la vida del individuo, por diferentes que estos sean, y que constituya la ilación entre ellos (se entiende en todos los estados de vigilia del mismo).

Ese algo común estimo que acompaña y se mimetiza con su Ser, y además, por supuesto, tiene naturaleza “sensitiva”, íntima e inequívoca (sensación de sí-mismo).

Claro que cada ser vivo es único e insustituible en la historia universal, como agente u observador y consciencia co-creadora, algo que no puede serle arrebatado. Aunque es cierto que su óbito supone su disociación de los presentes “accionales” futuros del mundo material, su historia (vida) no puede ser cambiada, existirá perennemente por siempre, grabada en el mundo intersubjetivo cósmico.

Yendo más lejos, la atemporalidad del Ser (fuera de los presentes, el óbito entre ellos) y el hilo común de la “sensación del sí-mismo”, ¿representará esa “otra vida”, que como dije al principio, “tanto ansiamos”?

(*) De la obra del autor “Superego”.

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