¡Estoy vivo!

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primavera de mayo

En verdad hay poca diferencia (relativamente) entre el estado de vigilia y el de sueño: en ambos hay un protagonista que pasa del uno al otro sin demasiada solución de continuidad.

Quiero decir que esencialmente sentimos que al pasar del estado de sueño desde la vigilia y al revés, no consideramos que sea “otro”, sino uno mismo, quien protagoniza la”vivencia” en ambos entornos.

Sin embargo, ¡qué diferente es el caso de la situación en que se encuentra el “anestesiado”! Por experiencia propia, en esos momentos pareciera que no existiera el tiempo. Me explicaré.

Uno entra en tal estado “simplemente contando”, y se despierta del mismo como si se siguiera contando… Para el “anestesiado” parece “desaparecer” ese intervalo temporal entre la somnolencia y el despertar, algo que contrasta con la evidencia de que precisamente en ese “intervalo” es donde se desarrolla toda la interesante historia de la operación médica realizada sobre el paciente: ¡El anestesiado “se pierde” toda esa historia, por otra parte tan trascendental para su salud!

El anestesiado hila perfectamente, es decir, con cierta continuidad, los instantes de somnolencia inicial con su despertar: ¡Desaparece (pare él) el “intervalo temporal” de la intervención!… Siguen después expresiones como: “No me he enterado”; “tanto tiempo ha pasado; etcétera… Y si no expresa alguna de ellas, malo: ¡Puede haber pasado al “otro mundo” sin enterarse siquiera!

Que existan otras circunstancias o sensaciones, no lo pongo en duda… Lo anteriormente dicho es simplemente fruto de mi propia experiencia, es decir, una verdad para mí no discutible.

A partir de ahí, propongo un experimento mental. Imaginemos que por alguna razón, ese “intervalo” de la fase anestésica se prolongase casi indefinidamente… Se me ocurre que por ejemplo, para conservar al paciente en un estado de “criogenización” en espera de que la ciencia llegue a dominar un mal o una enfermedad que actualmente está fuera de sus posibilidades. En teoría y en un futuro, quizás períodos de años o décadas.

Al despertar dicho paciente, no notaría tal paso del tiempo, metafóricamente diría: “¿Qué decíamos ayer?”.

¿Podría definirse como vida (para el protagonista) el período al que me estoy refiriendo?

Mi experiencia me dice de forma categórica: ¡No!

Entre ese intervalo de tiempo en que permanecí anestesiado, y el que hubiera supuesto mi muerte, solamente hay una diferencia: ¡el despertar! La inexistente “sensación” (en ambos casos) es evidente.

Por eso expreso mis dudas respecto a las populares conclusiones sobre las “experiencias cercanas a la muerte”, extrapolándolas a los instantes posteriores al óbito. Para mí la muerte supone la “ausencia de sensación”.

Después de tal digresión, vuelvo al propósito principal de este artículo.

La teórica extrapolación futura del “intervalo anestésico” podría alargarlo indefinidamente, lo que se asemejaría a una teórica casi-eternidad, irónicamente ¡cuánto se parece a la “eternidad del muerto”!…

¡A que no estamos hablando de vida!: ¡Estamos hablando de muerte!

Y me pregunto: ¿No tiene muchísimo más valor diez minutos de nuestra vida -de cualquier ser vivo- que esa eternidad “mortecina”?… Un minuto de esa sensación de “estar vivo” vale más que todas esas eternidades.

Alegrémonos porque cada uno de nosotros puede decir: ¡Estoy vivo!

One comment

  1. Un artículo muy interesante, pero hay ciertos detalles, o ciertos matices que podríamos poner en duda. Por ejemplo, aunque yo también creo que la muerte es en gran medida la no existencia, no podemos equiparar, no al menos abiertamente, la anestesia con la muerte, a pesar de que en ambos casos exista una “desaparición”. Así, y enlazando con las dudas que tienes sobre las conclusiones de las experiencias cercanas a la muerte, cabría decir que la reacción del organismo ante la muerte no es similar a la que uno experimenta frente a la anestesia. La primera es un intento desesperado de supervivencia (quizá los sujetos que estuvieron cerca de morir experimentaron la consecuencia biológica de esa autónoma supervivencia), mientras que la segunda es un proceso al que uno se entrega la mayor parte de las veces voluntaria y conscientemente.

    Pero el artículo está muy bien… Ese intervalo de desconexión me recuerda a un viaje espacial a velocidad cuasi lumínica del que (al volver) preguntaríamos “¿De qué hablábamos ayer?”.

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