¡Muerte o liberación!

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¿De dónde proviene el “instinto de muerte de Freud? ¿Es unánime el abatimiento subsiguiente al óbito de una persona allegada?… Podría plantear otras cuestiones que tienen que ver precisamente con las circunstancias de la muerte en las sociedades humanas, con carácter colectivo o meramente individual.

Aunque una de las características que ha sido tomada como signo de humanidad la constituye el velatorio de los fenecidos, basándonos en la extensiva difusión de tales prácticas que, además, solemos extender a otros antiguos homínidos como neardentales y sapiens, llegando a aplicarla a los simios con la pretensión de averiguar su mayor o menor acercamiento al tronco humano, habría que considerar ciertos matices relacionados con algunas culturas, y aún en la nuestra convendría hacer hincapié en ciertos aspectos que, a mi modo de ver, encierran no pocas incomprensiones.

En primer lugar, ante el fenómeno de la muerte habría que diferenciar, básicamente, entre el duelo propiamente dicho que atañe al ámbito social, y el agente principal del suceso: “el muerto”.

Aquí me viene a la memoria las palabras del poeta: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Lo que no es más que: ¡Una afirmación expresada por “un vivo”, queriendo adornar de hipotéticos sentimientos a algo o alguien (el muerto) que no siente!… ¿Sensación del poeta?… Por supuesto… ¿Sensación de diversos grupos humanos ante la evidencia del óbito, o los diferentes óbitos?… Por supuesto, es decir, sentimientos comunitarios o de índole social: ¡Eso es lo que representa una muerte en el seno de la sociedad, y que se expresa en el duelo!… Parece que el muerto lo es para los que estamos vivos: la viuda, los huérfanos, las personas allegadas, los distintos estamentos en el caso de las personas más públicas.

Pero para el verdadero protagonista, el muerto, ¿qué significa?, ¿qué supone su defunción?

Ensimismado en su vicisitud como protagonista, una serie de sentimientos, de ideas ocupan su mente, inundan su corporeidad. Me estoy refiriendo esencialmente al moribundo, sobre todo de elevada edad, y también a aquellas personas desahuciadas, con una enfermedad grave, a punto de morir.

Al llegar aquí, como expuse al principio del artículo, ¿de dónde provendría ese “instinto de muerte” del que nos hablaba Freud?

Pues bien, mantengo la hipótesis de que ese “instinto de muerte” no sería más que el posterior desarrollo de aquel instinto inicial y básico de “conservación”, de búsqueda de “esencia” que posee todo ser vivo.

Me explicaré. La apertura a la vida de todo ser  va acompañada de la búsqueda de nuevos horizontes, de nuevas sensaciones, de nuevos elementos que se “adhieran” a nuestra esencia propia en un crecimiento que en el deseo no tendría límite; al mismo tiempo todo ese incremento de esencia necesita por momentos su consolidación, en realidad una sucesión de expansiones y consolidaciones. La expansión correspondería a una apertura del espíritu, la consolidación a un instinto de conservación (de lo adquirido).

Es, precisamente, este último instinto el que prevalece en los instantes anteriores al óbito. Ese instinto de “conservación de su esencia” origina un “retraimiento” hacia el interior, hacia el sí mismo, la propia y sustancial esencia, ante el temor al peligroso entorno externo que, precisamente en esos momentos, se presenta tan poco propicio para él (fallo corporal múltiple), más inclinado a su propia “disgregación”.

El moribundo prefiere encerrarse más y más en sí mismo, en un viraje hacia su interior, como la metáfora de la tortuga encerrándose en su caparazón, es decir, una inclinación hacia la “nihilidad”, hacia la muerte, un verdadero “instinto de muerte”.

Para el moribundo no existe esa tragedia percibida externamente por la sociedad, más bien constituye un liberación.

¡Qué solos se quedan los “despojos” del muerto para el poeta!

¿Quién acompaña al moribundo en su viaje al más allá?… Nada menos que la totalidad de lo que le rodea: ¡Toda su esencia!

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