Lo más sustancial para el hombre (I)

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Las corrientes de la vida

¿Qué es lo que más aprecia el hombre en lo más profundo de su ser?

La respuesta nos dirá lo que verdaderamente necesita.

Un planteamiento tan general de inmediato requiere de la oportuna aclaración. La evidencia de la enorme disparidad entre los diversos elementos que constituimos la comunidad humana nos hace distinguir entre numerosos grupos distintos tanto en riqueza material, cultural, religiosa y un largo etcétera. Evidentemente, raro sería que al escribir sobre las circunstancias humanas tan variables pudiera abarcarse la totalidad de las mismas. Me conformaría con describir muchas de ellas que, por supuesto, inconscientemente, en ningún modo predeterminado, pero inevitablemente se acercarán más a las predominantes en la cultura occidental en la que vivo, por más que intente ampliar tal horizonte. También, desde luego, la clásica sentencia del “yo y mis circunstancias” no será ajena a la descripción que se pretende.

Haciendo tales salvedades, opino que el logro alcanzado por sociedades occidentales como la española en los últimos decenios, es más digno de admiración que de lo contrario.

Se ha dicho siempre y yo lo sostengo, que la primera necesidad que debe cubrir el hombre es la material, en un principio de subsistencia: comida, techo, salud, cierto confort. Después de seguridad: familiar, personal, etcétera. Más tarde nos preocuparíamos por temas que tienen más que ver con la diversión y el ocio. Y más refinado aún, a continuación seguiríamos con necesidades de índole superior, cultural, religiosa, moral, es decir, la satisfacción de inquietudes de orden más espiritual.

Ese es el cuadro general que, por supuesto, calificará a las distintas sociedades de acuerdo con el menor número de déficit en cada uno de tales niveles, siendo más grandes los existentes en las primeras fases del relato.

Una sociedad próspera y sana tendrá cubiertos todos y cada uno de esos niveles. Pero las sociedades no son uniformes, pues hay evidentes desequilibrios entre sus elementos (pobres y ricos, cultos y analfabetos, religiosos y amorales, y un largo etcétera), por lo que apenas puede hablarse con propiedad de ninguna sociedad “totalmente” próspera y sana.

Los adelantos técnicos, por lo menos hasta ahora, han sido bien recibidos por nuestra sociedad, y eso tiene una fácil explicación por el indiscutible progreso que ello ha supuesto dentro de lo que habitualmente llamamos “sociedad del bienestar”, de avances sociales tanto en salud, higiene, como en conocimiento global. También solemos asignar un paralelismo entre esa técnica y los avances científicos tanto teóricos como prácticos que la sustentan.

Ahora bien, no faltan voces que se levantan en contra del tan supuesto “progreso” que representa ese avance técnico en la humanidad: son los aspectos “negativos” del mismo, apreciados de diferente forma por “quién” y “según qué”. Aquí podríamos considerar: la contaminación, la superpoblación, las armas (químicas, biológicas y nucleares), la manipulación genética, etcétera.

Y es que parece llegar un momento en que ese desarrollo técnico-científico pudiera poseer más “contras” que “pros”. Sea o no sea verdad, lo peor  es que ya existen sectores de la sociedad que así parecen percibirlo… Si estos sectores fueran más mayoritarios, de ahí la gravedad, podría llegarse al colapso en tal desarrollo a requerimiento de tales sectores. Nos encontraríamos ante el dilema de que aquello que hasta el momento era una curva creciente en su desarrollo, pudiera empezar su declive que, en mi opinión, dados los grandes problemas que acechan hoy a la población humana (escasez de recursos alimentarios y agua potable, superpoblación, etcétera), sería poco menos que un suicidio.

Y no son sólo nubarrones, o visiones pesimistas de la problemática: sólo hay que ver el peligro de todo orden que supone para la civilización la implantación en regiones ya bastante extensas del mundo del fenómeno yihadista, con su odio exacerbado a la “progresista” sociedad occidental.

Y retrocesos en el progreso humano no son raros en la historia, acuérdese de la irrupción de los bárbaros en el Imperio Romano de occidente. Sólo que ahora tenemos capacidad de destruirnos nuclearmente varias veces.

Pienso que el “quid” de la cuestión está en lo que parece a simple vista menos importante, más frágil: “la apreciación por importantes sectores de la sociedad de que el progreso, el desarrollo técnico-científico tiene ya más “contras” que “pros”. Tal estado de opinión es urgente “corregirlo”; la cuestión es ¿cómo?… Claramente con una política de información que, más ahora que nunca, debe ser verdad: ¡la sociedad es hoy sumamente sensible ante todo lo que huela a  engaño! Y si debe ser verdad, sólo queda la corrección, si existen, de los “aspectos negativos” del desarrollo técnico-científico.

Aparte de los citados anteriormente y que requieren el concurso de enormes recursos (políticos, financieros y económicos) para su subsanación que sólo pueden ser auspiciados desde instancias internacionales (ONU, G20, etcétera), es imprescindible, también, y por esos motivos, realizar una catarsis de la propia ciencia, para orientarla -al menos no se oponga- hacia la satisfacción del último nivel de las necesidades humanas que expuse al principio: ¡el polo espiritual!

Salvando el principio básico de que “la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás”, el “progreso” debe potenciar y no oponerse al desarrollo espiritual humano.

Y me quedo en este punto de la (I) parte del artículo que seguiré desarrollando en entregas posteriores.

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