La realidad dual (II)

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Creo que a lo largo de la incursión en el fascinante y misterioso mundo cuántico que he procurado realizar en los artículos precedentes se ha vislumbrado la idea básica del establecimiento de una lógica positivista que auna principios de necesidad y suficiencia a la visión cósmica o paradigmática, que pretende eliminar visiones totalmente superfluas que no aportan nada sustancial y sí una gran dosis de ilusionismo.

La teoría que subyace en el Todo debe ser “abarcante”, es decir, comprender todos los hechos resultantes de los experimentos, sin ir más allá si ello conlleva postular elementos no comprobables, distorsionadores de los ya establecidos.

El universo ya es lo suficientemente complicado, a ojos de nuestra ciencia actual, para evitar introducirnos en vericuetos que sólo traen más confusión y caos en las bases y principios que deben sustentar un desarrollo científico verdaderamente serio. Por eso abogo por proceder a establecer firmemente, en el momento actual, lo que a ciencia cierta sabemos, para desde ahí expansionar dicho conocimiento sobre unas bases mucho más firmes, en beneficio del aprovechamiento de nuestros cada vez más escasos recursos.

Lo que es cierto es que nuestro universo es aún un gran desconocido; apliquémonos, pues, más a fondo en su conocimiento partiendo de bases fuertes, íntimamente auxiliadas por las certezas de los experimentos: menos teoría, más experimentos; menos teoría (que se apliquen el cuento la legión de teóricos “cuerdistas”), más práctica… De momento hay algo seguro: nuestro universo material compuesto por planetas, estrellas , galaxias, con la vida en su seno, etcétera.

Mi hipótesis de orden práctico: ¡Un solo universo!

Mi piedra de toque: ¡la realidad!

Creo que casi todo se circunscribe y radica en la ontología de la realidad… Si supiéramos a ciencia cierta qué es la realidad, desaparecerían multitud de interpretaciones (de la MQ) y teorías que, entonces, aparecerían cual son: invenciones superfluas que nos desvían de lo verdaderamente esencial.

Y es que, como anteriormente afirmé, en mi opinión existen dos tipos de realidad (de ahí la realidad “dual”), que acogen dos tipos de lógica existente en la naturaleza: la lógica clásica, y la lógica cuántica. ¡La realidad es la naturaleza (el entorno) y la naturaleza tiene dos aspectos!… Existe la lógica de la certeza (clásica) y la lógica de la probabilidad (cuántica), o sea, la realidad “clásica” del corpúsculo, la materia, la energía, y la realidad probabilística, matemática, ondulatoria. La realidad de la función de onda probabilística (de Born), y la realidad de la materia, la realidad ordinaria, de siempre. A esta última hay que añadirle la otra, de la que se dice “tiene ciertas carencias de realidad”… No es que tenga “carencias de realidad”, es que es una realidad distinta.

Ahora bien, una vez establecido este principio de realidad del conjunto o realidad de la función de onda cuántica, sus consecuencias filosóficas y metafísicas son enormes: primero, porque nos obliga a cambiar, en el sentido apuntado antes, nuestro concepto de realidad; segundo, porque equivale a dar carta de realidad (tal como expliqué en mi artículo de este mismo Blog “Ontología de los espacios matemático, probabilístico y físico”) a ciertas fórmulas o expresiones matemáticas (al menos, la ecuación de onda de Schrödinger). Me explicaré. Según mi criterio, quiere ello decir que la naturaleza se ve obligada a responder de acuerdo con las mismas, cual mandato categórico sobre la propia materia, para que “realice el plan establecido en dicha teoría o formulación matemática… O sea, no sería, en este caso, la voluntad de un sujeto (u observador) quien “gobernaría” esa materia, sino que la materia se vería obligada a actuar como si fuese un sujeto, “persiguiendo” la realización de ese mandato categórico que supone la formulación matemática… Es como si esa matemática no fuese simplemente un “modelo” abstraído de la naturaleza, sujeto a un posible mayor refinamiento, sino la expresión última y definitiva de la verdadera ley, lo que podría definirse con la frase: “tal matemática está incrustada en la materia”. Desde estos planteamientos hay que decir que existen tres tipos de ontología: la puramente ideal de la matemática pura; la puramente material del mundo físico; y la intermedia de la probabilística a caballo entre la matemática y el mundo material (que no es, hay que repetirlo obligatoriamente, una matemática aplicada). En resumidas cuentas: lo ideal y lo real (físico y probabilístico).

No hace falta recordar que todo este planteamiento está basado fundamentalmente en los presupuestos del insigne Max Born y la estricta interpretación más ortodoxa de la MQ, o de Copenhague, y consecuentemente el análisis posterior de sus derivaciones en el campo ontológico básico de la realidad, que nos lleva a desechar, sobre todo por superfluo, el pretendido “multiverso”.

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