Relatividad “total”: el observador (I)

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En mi teoría, el papel del observador va mucho más de lo que indica el principio general de relatividad (Friedman) o el propio principio cosmológico, puesto que el observador se “abre” a otra dimensión, la del relativismo que supone su propia conciencia.

La observación (De la obra del autor “Accesible e inaccesible”)

“A lo largo de todo el siglo XX anterior, asistimos a algo realmente curioso, pero que tal vez ha pasado un tanto desapercibido en su hondo significado. Me estoy refiriendo a lo relacionado con el aparentemente intrascendente, obvio y superficialmente indiferente concepto de “observador”.

En verdad es cierto que hubo una revalorización de dicho con concepto por obra de Albert Einstein con su teoría de la Relatividad, que le obligó al estudio profundo de los sistemas de referencia, sobre todo tras su generalización relativista, al extenderla a todos los observadores posibles, mostrando que la Física es invariante, universal, sea cual sea el lugar y el tiempo desde la que se elabore. Pero cuando se empezó a vislumbrar la verdadera importancia de la observación (la medida) fue con la aparición de los desarrollos fundamentales de la Física Cuántica, gracias sobre todo al discurso de Niels Bohr y su interpretación de Copenhague.

En principio, un observador es cualquier ente capaz de realizar mediciones de magnitudes físicas de un sistema físico para obtener información sobre el estado físico de dicho sistema.

Dados dos observadores, lo fundamental es el establecimiento de las leyes de transformación necesarias para relacionar las medidas obtenidas por cada uno de ellos.

Para Bohr y Heisenberg la teoría cuántica no debe ocuparse más que de magnitudes susceptibles de ser observadas, de ser medidas. Pero una medida no supone tan sólo una interacción entre el objeto a medir y el aparato medidor, sino que hay otra segunda fase tan importante como ésta, que es la que representa el observador que mira el aparato, que constata que éste está en cierto estado, correlacionado con el estado del objeto, y deduciendo un cierto valor para la magnitud que mide. El conjunto de probabilidades que se deducen de las funciones de ondas de Schrödinger, son reducidas como resultado de la medida.

Esta nueva visión acerca de la observación y de la medida, evidentemente supuso un cambio radical de nuestra concepción del universo y de la naturaleza de la realidad, pues el mundo aparecía ante nosotros careciendo de aquella existencia independiente (por supuesto, de nosotros) que se le suponía.

Parecía evidente que los objetos de nuestro entorno tenían realmente un conjunto completo de atributos dinámicos físicos tales como posición, momento, espín, energía, etcétera, antes y después de cualquier medida sobre ellos, pues la interacción con ellos en la realización de la misma se creía prácticamente insignificante.

Mas, Bohr nos propuso que no tenía sentido adscribir ese conjunto completo de atributos a los objetos cuánticos antes de haber realizado sobre ellos un acto de medida (una observación). En otras palabras, según la visión de la realidad de la escuela de Copenhague, un átomo, electrón o cualquier micro partícula no puede decidirse que exista por sí misma en la acepción completa de la palabra que dicta el “sentido común”. En realidad debemos aplicar las reglas de la mecánica cuántica a las mismas (a pesar de su aparente abstracción) como si fuesen reales, con lo que obtendremos los resultados correctos (respuestas a las preguntas físicas formuladas). Es lo que filosóficamente se denomina positivismo lógico.

Para Von Neumann debe juzgarse que el aparato de medida ha llevado a cabo realmente un acto de medida “irreversible” sólo cuando dicho aparato está sujeto también a la medida y, consecuentemente, es requerido a “tomar una decisión” (colapso de la función de ondas en un autoestado particular).

El físico Eugene Wigner propugnó la versión de que la mente desempaña la parte fundamental en la realización del brusco cambio irreversible en el estado cuántico que caracteriza la medida. No basta la elaborada técnica de registro, cámaras, vídeo, etcétera, usados, sino, fundamentalmente el hecho de que alguien realmente mire “donde marca la aguja del contador”, etcétera.

Estas simples citas nos dan idea del proceso de irrupción del concepto de “observador” en nuestros paradigmas actuales, sujeto, por supuesto, a variadas interpretaciones, entre las que la más clásica y probablemente más seguida, sea la ya citada interpretación de Copenhague.

No obstante, no está de más hacer unas cuantas disquisiciones filosóficas.

La palabra “observador” significa propiamente “el que observa”, sin añadir ninguna otra connotación. Simplemente hace hincapié en el hecho de observar, y no en qué dirección, en particular, no hacia “adentro”, es decir, hacia su interior. Y es que se sobreentiende que el observar es siempre hacia afuera (por la “ventana”, a través del marco). Es como si el observador solo tuviera asegurada su visión hacia fuera de sí. Su interioridad no es propiedad intrínseca del observador… Sólo ve, pues, lo exterior, fuera de sí. Ve realidad y sobre ella puede especular haciendo ciencia.

Conclusión: Lo “interno” escapa al observador, así que para él es un inaccesible. Como consecuencia, el observador es la piedra de toque entre lo que es Ciencia y lo que no es.

El concepto de “mirada a través de la ventana” de muchas de mis anteriores obras, no significa en absoluto un problema de “perspectiva”, a saber, si el observador puede observar “hacia fuera de la ventana”, y no “dentro” o “detrás” de lo que está percibiendo; si fuera un problema de perspectiva, un segundo observador sí tendría la posibilidad de esa observación “detrás” (a la espalda) del primer observador. No es el caso, porque el segundo observador está “aún más lejos” de poder apreciar, observar aquello que estaba “detrás” del primer observador. A estos efectos, el primer observador, si pudiera decirse así, está muchísimo más cerca del segundo de tal objetivo.

Aquí estamos hablando de otra dimensión (no una dimensión física, observable o no), de una diferencia cualitativa: ¡fuera de esa “mirada a través de la ventana”, no hay otra “visión” que la de la subjetividad “propia”, la interioridad…! Y esa no es una dirección, una dimensión, u otra cosa parecida: ¡es algo cualitativamente distinto!

La “mirada a través de la ventana” es la “dirección” de la objetividad, de las “historias físicas” -sucesos, acontecimientos-, del dominio de la Ciencia, del método científico, y esto es algo altamente positivo, cuyo reconocimiento general aportará un beneficio apreciable a la misma Ciencia. Yo diría que los diversos saberes (religión, filosofía, arte, etcétera) serán quienes más se beneficien de tal descubrimiento, al no ver ya continuamente acotado su terreno (en verdad, bastante infructuosamente) por aquella Ciencia.

El observador “no está ahí por casualidad”. El observador tal como lo conocemos (se desprende de su tratamiento en la ciencia física) forma parte de un largo proceso…”

(Continúa en el siguiente artículo)

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