Una revisión del tiempo (I)

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Bajo la ley de la aguja

Vida y tiempo (De la obra del autor “El tiempo”. Copyright 2014)

¿Habrá algo más omnipresente que el tiempo?…

Son innumerables los aspectos tanto filosóficos, como físicos o psicológicos desde los que puede abordarse la cuestión. Yo acudiré, en principio, al que tiene que ver con el desarrollo humano.

“Piaget estudia en profundidad el tema, pero para lo que nos ocupa sólo es preciso partir de una cuestión básica: ¿Qué hay más inocente que la visión del niño?… Y como si de niños se tratase, adoptemos la intuición del niño.

El niño, en su apertura al mundo, a semejanza de otras criaturas vivas, experimenta su vivencia en el presente, no se preocupa sobre el tiempo, simplemente lo vive. Un desarrollo presencial en el presente, al que van “adosándose” retazos del pasado inmediato, y del futuro en el deseo… Así, y evidentemente, acelerando etapas, empieza a vivir en un presente “transcurrente”.

“En resumen, para el niño, su desarrollo personal le hace adquirir una intuición en forma de sensación, de los aspectos temporales de la vida, lo que conduce a una “extracción” casi primordial, sustancial”, de la temporalidad, de que todos los fenómenos que le rodean y que va comprendiendo están inmersos en esa especie de “sustancia” que lo empapa todo, que se mimetiza con el movimiento y de la que es imposible sustraerse… Y es una intuición de vida, no una abstracción racional de algo que, por supuesto, aún no comprende. Como intuición de vida, vivencial, si en sí pudiera ser que ese tiempo no estuviese dotado de tal sustancialidad, para el niño está encarnado ya en su propio ser: ¡”siente” esa sustancial temporalidad, sin adivinar de donde procede!… Para él, esa “sensación” se enmarca en su propia evolución, en su desarrollo hacia el ser adulto que será en el futuro… ¿Habrá algo “más sustancial” para ese niño, que eso que le va a acompañar toda su vida, y que marcará los “hitos” de su propia historia?… Pocas cosas serán más sustanciales, más básicas para la criatura en crecimiento que esa sensación de temporalidad. Es más, precisamente el humano se caracteriza, él sí (entre los animales), por saber de su finitud, del tiempo, de su propia muerte… Otras cosas serán importantes en su vida, pero pocas tendrán esa trascendencia, que le supondrá, ni más ni menos que un proyecto de vida, su proyecto vital.

Pues bien, este trabajo se refiere o está enfocado desde tal punto de vista, el propio tiempo de la vida, asumido intuitivamente por su protagonista: el hombre. Y en particular, no el hombre en general, sino como “tú hombre”.

Claro que ese “tú hombre” tiene connotaciones que se refieren a lo que denominamos “observador” en las ciencias físicas, pero no adelantaré acontecimientos.

El enfoque defendido en este ensayo es, por supuesto, uno más de los posibles, pero, en mi modesta opinión, crucial.

Dada la preeminencia del tiempo de la Física en nuestra época, no puedo dejar de hacer referencia especial a tal hecho. Ciertamente es un campo enorme, que para algunos se presenta como el único digno de un estudio científico serio… Y yo no voy a quitar relevancia a tal planteamiento, máxime después de las aportaciones de la teoría relativista tras la irrupción del genial físico Albert Einstein.

No obstante, esta campo inmenso, no exento de sus correspondientes connotaciones negativas (“problema del tiempo”), no es el objeto de este estudio, yo diría que ¡queda un tanto al margen!… ¿Un tanto al margen, una cosa de tal importancia?

Pero, si se prescinde de ese tiempo físico, tan omnipresente en los tiempos actuales, ¿qué queda? ¿Una parte mínima de todo el amplio “concepto” de tiempo?

No, ¡queda el “resto”! Contra el paradigma actual, afirmo: ¡El tiempo trascendental para el hombre y desde el hombre, es el “tiempo creativo” al que se refiere esta obra!

Y es que, en verdad, el tiempo “mecánico” de la Física sólo es un “tiempo de relaciones” (relacional), que simplemente “conecta” los diversos tiempos “sustantivos”, “creativos” de cada viviente.

Así que toda la “parafernalia” temporal, las precisas y exquisitas medidas que nos proporcionan nuestros complejos aparatos técnicos se refieren a las interrelaciones entre los verdaderos “tiempos propios”, “creativos” que todos poseemos en nuestro interior. De la vivida intuición de temporalidad que no es tan propia, tan familiar, parten unas “conexiones”, un lenguaje común preciso para la construcción, para la elaboración del mundo que nos rodea, y una de esas conexiones se viste con el carácter de tiempo como medida que nos presenta la Física, o más ampliamente, con el marco espaciotemporal relativista tanto especial como general. Y en él se encuadra el tiempo mecánico, el reversible que participa en las leyes físicas, ese tiempo ya no absoluto de Newton, y que no es más que una dimensión dentro de las coordenadas generalizadas dentro del invariante línea del universo, o línea del mundo.

El tiempo de la Física es, pues, una dimensión de “engarce” entre otros tiempos mejor representados por la “durée” de Bergson, mucho más sustanciales para la evolución de la vida, más acordes con nuestra sensación o conciencia de la temporalidad. Y para mí, que este tiempo es el que más nos interesa, pues es el que va unido al desarrollo de todas nuestras potencialidades, en cierto sentido “a nuestra propia creación”, de aquí la acepción de “tiempo creativo”.

Lo más cercano al “tiempo creativo” desde la Física sería el llamado “tiempo propio” que acompaña a toda partícula con validez incluso en relatividad general. La diferencia más sutil entre ambos es que el tiempo creativo es también el “tiempo propio” del observador y sólo del observador, lo que conlleva otras importantes características lo suficientemente “mollares” para poder construir sobre ellas toda la argumentación de la teoría defendida en este trabajo.”

“De la unión entre “tiempo propio” y “observador”, en particular el “observador cuántico” (si se puede hacer tal disquisición), nace el concepto sustancial “tiempo creativo”.

En esta teoría se produce una nueva revalorización del papel del observador, escalando a un nivel superior en el camino que empezó antaño con la hipótesis relativista y que supuso, nada menos, que la indisoluble conexión espaciotemporal, de acuerdo con las ecuaciones de Lorentz, y que siguió con la singular y básica influencia del observador en la medida de cualquier magnitud física (“observables”) con la subsiguiente “decantación” (decoherencia) de un cierto estado físico del sistema.

Pues bien, ahora ese observador también “escribe” el tiempo, entendiendo esa “escritura” como una congelación del mismo, a resultas de otra “decantación”… Aquel tiempo, t, evanescente, sin sustancialidad física, tan reversible en su indiferencia a caminar hacia adelante (pasado-presente-futuro), como hacia atrás (futuro-presente-pasado), al igual que en una película proyectada al revés, queda, entonces, “adornado” de una dirección, del sentido que apunta siempre hacia el futuro, en la dirección que supone un crecimiento de la entropía universal. Así que, ¡es el observador quien dirige la entropía hacia su maximización!

Es, pues, el observador el que dota de “sustancia” al tiempo, a partir de su propia sustancialidad, su ser propio. En este punto se unen teoría física, filosofía y hasta una metafísica. Y esas tres visiones requieren su propio análisis, que no obviaré.”

(Continúa en siguientes artículos)

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