Una revisión del tiempo (IV)

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El tiempo creativo (3ª parte) (De la obra del autor “El tiempo”. Copyright 2014)

“Aparentemente, en contra de este tiempo creativo podríamos alegar su buena dosis de subjetividad (me recuerda, por cierto, las mismas descalificaciones que recibían las ideas de Bergson sobre las mismas cuestiones), lo que no ayudaría, precisamente, a su “consideración científica”. Pues es aquí donde acude en su ayuda de la forma más oportuna el concepto de “intersubjetividad”, intersubjetividad que para muchos estudiosos es sinónimo de objetividad.” Resulta que aquí la intersubjetividad sí es el marco necesario que proporciona la imprescindible objetividad, lugar común, engarce o lenguaje universal de todos los observadores (de por sí, individualmente, subjetivos).”

La base de ello habría que buscarla en el concepto de “invariancia” de la función de onda adoptado por Max Born, por lo que en este mundo cuántico, la intersubjetividad sí supone objetividad.

“Y esto es clave en la cuestión que nos ocupa, porque todos los observadores-actores tienen que ver o medir lo mismo, y puesto que la “decantación” o “colapso de la función de onda” sólo aparece en la “realización” de una medida -o la simple posibilidad de que pueda realizarse-, sólo uno de dichos observadores es el “agente ejecutor” de tal medida, así que, en cierto modo, podríamos decir que su mente-subjetiva “obtiene” una medida que de alguna forma queda impuesta a los demás observadores. Y no pueden hacer lo mismo dos observadores distintos, sino que sólo uno de ellos tiene prioridad, tal como ocurre, salvando la distancia, con el símil de la dualidad onda-corpúsculo, donde uno de los aspectos “revelado” anula el otro, aún cuando en este caso intervengan más actores. Precisamente así se salvaguarda la intersubjetividad.

“Y aquí no he expuesto el seguro papel del azar, solapado en realidad con el desconocimiento del verdadero autor de la “decantación” o decoherencia.

Para no dejar nada en el tintero, respecto al símil de la llama que quema el papel, en alusión a los tres momentos temporales y que expresé cumplidamente en varias de mis obras, procede cierta rectificación sobre lo vertido con anterioridad: el presente sería la propia llama; el pasado lo ya quemado; y el futuro el papel por quemar. Lo que cambia ahora, en lo que se refiere al tiempo creativo, es que el observador (origen del sistema de coordenadas “privilegiado”) “iría a caballo” de la llama, algo en apariencia banal, pero, sin embargo, básico en la descripción del tiempo creativo.

Y si persiste alguna confusión respecto al espectro POR HACER, en cierto modo coincidente con el campo del futuro en la representación de Minkowski, lo mejor sería “dejar en blanco” tal campo como corresponde a la representación de una inexistencia, la nada, sólo con “aspiraciones” a existir, una esperanza o una “tendencia a existir”. (Un futuro “difuminado en humo”, siempre, por supuesto, desde el sistema de coordenadas “privilegiado” del observador, y en ningún otro).

Respecto a lo que significa la nueva revisión del tiempo que supone el tiempo creativo, no está de más apreciar en su verdadera magnitud la trascendencia de su impacto en el “hecho vital”.

Su trascendencia se refiere sustancialmente a sus aspectos creativos, de creación de “esencia” y con ello de pura vida. Creo firmemente que lo más importante para todos nosotros, y en verdad yo diría que para todo el ámbito viviente, para la misma “Gaia”, para el pálpito vital universal, desde nuestra misma Tierra a esos “exoplanetas” que vamos descubriendo por doquier, lo más importante, repito, es la evolución de esas insignificantes moléculas previtales transformándose en vida, en hálito vital, en psiquis cada vez más complejas. Esa evolución que al acceder a la mente humana llega a observarse a sí misma, siendo consciente de ello, y que hace posible la acción creativa de alumbrar nuevas formas vivientes capaces de extender su semilla por todo el orbe. Es este aspecto del tiempo, pues, el más importante, el más trascendente: ¡Si no hubiese habido quien observara todo lo creado, más valía no hubiera sido creado! Lo creado necesitaba de un observador, de observadores. ¡Es así como madura la creación!, máxime cuando ese mismo observador con su acción (medida) es capaz de “consolidar” el ser, los seres: con el “colapso” desde la posibilidad aparece lo “real”: ¡se crean las cosas, los seres, las mentes, la conciencia!… Por consiguiente, aquí el tiempo representa la vida, es lo que posibilita la vida, y en su seno transcurre y se consolida la vida.

De ello se desprende que vida y tiempo están sustancialmente interconectados, interrelacionados en la misma esencia del ser, aún más allá del “Ser y tiempo” de Heidegger… Y aquí radica la importancia del tiempo, pues a partir de él nos “construimos”, se desarrolla nuestra propia vida. El HACIENDO es el momento de la “acción”… Es un precioso misterio lleno de potencialidad… En el HACIENDO actúa el ser, y actúa creando, y ese proceso se llama vida: ¡ahí palpita la vida! El HACIENDO es la acción creativa, la máxima expresión de la “vitalidad”… Ahí se produce la maravilla de la transformación de lo inexistente (nada) con cierta “tendencia a existir”, a la existencia plena, una verdadera creación, la verdadera creación… Y eso es lo trascendental: no es necesario conocer nada de un futuro que aún no existe y de un pasado que no sabemos donde remonta su origen. ¡Ni final, ni inicio son precisos; sólo el instante creador es lo esencial!… El HACIENDO se vislumbra como el rey dentro de los tres “espectros” temporales, lo que no es nada extraño, pues “en él tan sólo habita el ser”, es su morada, es el campo de su actividad, de su acción. Y es que para la vida lo es todo, es más, ese HACIENDO es la propia vida, aunque va bien pertrechado del imponente bagaje del pasado materializado en su memoria, y de la “esperanza e impulso en dirección al futuro”.

El tiempo creativo aparece con su esplendoroso potencial de vida, resurgiendo como un lucero sobre el tiempo mecánico de la Física, el petrificado de la Historia, el transcurrente psicológico, los modos descriptivos del mismo, etcétera. Para nosotros y las criaturas que nos acompañan, este es el tiempo importante, sustancial, vital, nuestra básica vestimenta, sin el cual aparecemos desnudos, desprotegidos, condenados a la inmovilidad.

Y el tiempo como ser propio, como demiurgo es en esencia éste, el que tiene una naturaleza que se identifica con la nuestra en una autoconstrucción mutua: ¡en el tiempo nos creamos, y a la vez, con ello, creamos el tiempo!

En verdad, podemos considerar el tiempo creativo como nuestro tiempo, ya que lo demás o son dimensiones cuantitativas físicamente medibles, o cualitativas durables con sus distintos modos… El problema es que utilizamos el mismo vocablo “tiempo” para cuestiones que no son lo mismo, es más, en realidad son radicalmente distintas… Ahora bien, al menos, tras estas disquisiciones espero podamos clarificar la verdadera idiosincrasia del concepto para poder separar lo que no es más que una dimensión física, de la duración (durée), la edad, la sensación psicológica de transcurrencia y el instante vital (HACIENDO) creativo.

El tiempo como demiurgo está trascendentalmente unido al ser y la vida. Y desde ese tiempo queda “centrado el mundo”, al igual que desde el ser.

Así podemos resumir:

  • Tiempo físico, reversible, coordenada temporal (dimensión).
  • Tiempo esencial, trascendental, creativo, vital, finito y real (tiempo creativo).
  • Tiempo infinito, absoluto, irreal, eterno.”

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