Una revisión del tiempo (V)

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La ubicuidad de O (De la obra “El tiempo”. Alejandro Álvarez Silva. Copyright 2014)

“Una cuestión importante a dilucidar antes de despedir esta revisión del tiempo, se refiere a la descripción de los instantes cero y localización cero que subjetivamente debe identificar el propio observador situado en O. Sin embargo, dicho instante y localización, como todo lo finito en la naturaleza, pertenece a un cierto intervalo temporal y espacial por muy reducido o insignificante que podamos hacerle, aún cuando el observador le dote de una cierta “unicidad” hacia una tendencia puntual. Y es la mente del observador quien fusiona este intervalo finito pero no cero, en una identidad de un intervalo (temporal y espacial) con la “infinitud” de la “nulidad O”. La mente es la que hace el “milagro”, haciendo así surgir el espacio y el tiempo.

Aventuro que si la tecnología logra que se “identifique” (se establezca la identidad) entre varias localizaciones espaciales y/o temporales, este origen O podría corresponder a unos “intervalos”, quizás, “macroscópicos” (¿Sería un paralelismo o tendría relación con el entrelazamiento cuántico?).

Podemos entender este planteamiento si nos hacemos la pregunta: ¿Dónde se localiza ese tiempo y espacio O -localización de O- en el cerebro humano?… La respuesta es que no hay dentro del cerebro un punto determinado desde el cual un agente ejecutor o demiurgo dote de voluntad y libertad al mismo. El cerebro se extiende, evidentemente, por toda la cavidad craneal, y la voluntad y libertad es extensible a todo ese ámbito; es más, al basarse tales facultades en una interrelación o coordinación entre los distintos grupos de neuronas que en cada momento intervienen, podemos concluir que el observador O, en verdad queda “configurado” dentro de un ámbito espaciotemporal dotado tanto de espacio (volumen craneal) como de tiempo (el que se necesita para la existencia de la consciencia de la acción). El observador O, pues, se sitúa en un “campo de indeterminación” espaciotemporal al que llamo “ubicuidad de O”.

Pues bien, esa ubicuidad parecería no tener mucha importancia, o mejor, “pasó desapercibida” dada la pequeñez relativa del cerebro humano, o los diferentes cerebros de los seres vivos conocidos, sin embargo, desde el punto de vista del tiempo creativo sí tiene relevancia. En esta hipótesis, la ubicuidad de O indica, nada menos que la conexión entre el campo mental y la emergencia (porque se trata de una verdadera emergencia) del tiempo y el espacio, o mejor, de la “continuidad” del tiempo ( y el espacio), de acuerdo con las observaciones de Peter Lynds, que le hace existir dada la inmovilidad teórica de los “presentes” por un lado, y  “la imposibilidad de la quietud”, por otro, en un mundo donde el movimiento es la norma: ¡Es la mente la que hace posible la “unificación” de esas dos “incompatibilidades” en ese algo que llamamos “tiempo”! “De igual modo se constituye la ubicuidad espacial del observador O”.

Aquí es donde viene a colación la cuestión del desarrollo tecnológico, con su más que probable incidencia sobre la ubicuidad de O. Pero antes he de hacer notar la independencia de la referencia de la intersubjetividad necesaria para la “demarcación” de la “objetividad” en el tiempo creativo y en la realidad del marco espaciotemporal (para dar cabida a las distintas subjetividades de los distintos observadores, asegurando su compatibilidad), con respecto a la ubicuidad de O. Son asuntos que no tienen nada que ver, el uno con el otro, y de lo que debemos tener conciencia plena.

Ahora sí, puedo hacer la predicción de que el desarrollo tecnológico hará posible a medio plazo la sustantiva “ampliación” de ese campo espaciotemporal de ubicuidad de O. Y es que ya hoy día existen signos incipiente de ello, tanto en multimedia, como en informática, robótica, realidad virtual y hasta el mismo Internet puede ser contemplado, en cierto sentido, como una ampliación de la “ubicuidad de O”.

Puede entenderse, entonces, que el mismo cerebro humano, de un modo artificial vaya aumentando su “ubicuidad”, con lo que llegará el día en que nos encontremos ante un observador O, tan macroscópico que hasta será dificultoso “concretar” de alguna forma dicho observador. Por consiguiente, la señalada “emergencia” del espacio y el tiempo entrará en una dimensión nueva, una “expansión” del marco de nuestras conceptualidades espaciotemporales.

De igual modo, simplemente, no descartemos la posibilidad de un desarrollo expansivo de nuestro propio cerebro hasta cotas, inimaginables hoy, pero no descartables en el futuro que equivaldría, también, a un aumento cuantitativo de la ubicuidad de O.”

“El hombre precisa fijar la atención en un sólo asunto para poder abarcarlo en profundidad y así, por ejemplo, deducir un teorema matemático, paso a paso. Lo curioso es que al final de la deducción, de alguna forma, se tiene la “globalidad” del desarrollo en la mente, cual si fuera “un poso que queda” , pero sin la claridad de cada paso que asegura la atención”. (En el caso femenino, su atención parece extenderse a más de un asunto, lo que no desdice lo anterior).

“Imaginemos, entonces, lo maravilloso que sería “poseer esa claridad que da la atención”, en la totalidad de la presentación en bloque del teorema, es decir, de todo el proceso de desarrollo del teorema a la vez, lo que en verdad supone o quiere decir, una atención extendida, o una posibilidad múltiple de atención.” “Sería un gran desarrollo en la “ubicuidad de O”. ¡Y quién dice que nuestro desarrollo evolutivo no pueda adoptar tal dirección!”

“En cierto sentido, y a resultas de todo ello, me parece adivinar una especie de cierta “congelación” del espacio y el tiempo, que se traduce en una “cuantización” de los mismos en intervalos cada vez mayores, según la ubicuidad de O. Cada intervalo sería inmutable y distinto y la transición entre ellos (movimiento, tiempo) es labor de la mente del observador O.”

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