Epílogo

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Tras la serie de artículos en los que se ha intentado hacer una “revisión del tiempo”, cuyas consecuencias, de confirmarse la hipótesis, supondrían un verdadero “paradigma” científico (y no trato de exagerar el término) por las derivaciones de todo tipo que de ello se extraerían, siendo consciente, por supuesto, de lo difícil que es, máxime en estos tiempos, primero, imponer cualquier hipótesis contra la opinión generalizada contraria, y aún más, y en segundo lugar, haber tenido la verdadera “suerte”, diría, de haber podido construir una hipótesis con la suficiente enjundia como para aspirar a ser cierta, lo que junto con los anteriores artículos de la serie referida a las hipótesis sobre el “espacio probabilístico” y  la “realidad dual”, quisiera creer que en conjunto suponen una nueva “cosmovisión”, dada su capacidad globalizadora y su revolucionaria trastocación de conceptos tan esenciales en filosofía y metafísica como el espacio, el tiempo, el universo y la propia vida.

Ahora bien, sí hay una idea motriz en todos estos planteamientos, un hilo común. Y ese hilo, esa “vena” que lo sustenta todo es el “observador”. En la línea que la ciencia ha seguido, revalorizando su “rol” (relatividad, cuántica), se ha dado un paso más, una verdadera “súper-valoración”. Nunca había llegado a ser tan importante el observador, desde el papel asignado por la relatividad que supuso “construir” toda la Física sobre cada observador (todos los observadores “perciben” la misma Física), siguiendo por su “rol” en la medida, como experimentador que obtiene los resultados (medidas) que “inquiere” del entorno físico, que a su vez se ve “modificado” por ese “requerimiento”, hasta la hipótesis final defendida por el autor, que el observador, con su actividad, su acción se configura como un demiurgo del propio universo, construyendo su marco, su propio espacio y su tiempo, sin el cual (ese observador-observadores) no tendría existencia. El mismo tiempo necesita de la potencia, la “conciencia” de ese observador, para establecer su direccionalidad hacia el futuro (la flecha del tiempo).

La verdad es que el bloque que constituye el “meollo” de la referida cosmovisión es, más bien, el fruto de muchos años (como expuse en los artículos de este mismo Blog, “Mis planteamientos” y “El Legado”), y no ocurrentes justificaciones de una vocación tardía. La filosofía personal decantada en las tres hipótesis expuestas en realidad constituyen nuevas elaboraciones de ideas largamente amasadas con los años que van buscando su “encaje” en los nuevos tiempos.

Así, aún para mí mismo, la corroboración de alguna de estas hipótesis supondría una satisfacción de lo más íntima, el orgullo de haber podido proporcionar a mis semejantes un horizonte altamente positivo, en la esperanza de elevar el humanismo a sus cotas más altas.

Por eso, y porque también lo supone para mí, el título encierra una pregunta, más bien un deseo: ¿Sueño o realidad?

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