Un cóctel maravilloso

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Y juntó en su pócima el alquimista:

Una materia inerte, el caos o azar, la sensibilidad o sensación, la inteligencia, la mente o psiquis. ¡Condimentos milagrosos para la creación!

Y surgió:

Un ser maravilloso (Dios), unos seres libres con inteligencia y sensibilidad, la consciencia, el potencial evolutivo de la vida…

“Hubo un caos original (algunos lo llaman Tao), verdadera matriz increada, y como prístino origen de todo lo demás, que aún no era.

Si algo llegó a ser desde allí no era previsible, ni siquiera imaginable… ¿Cómo cierto Ser llegó a ser y por qué quiso ser acompañado por otros seres, tan libres como Él, sentientes, inteligentes, en fin, entes propios que aunque creados pudieran también crear…? No lo sé.

Del caótico origen, una palpitación, un cambio, sin que hubiera ni tiempo, ni espacio (¡aún no eran!), surgió una azarosa y simple estructura, levemente “percibidora” de su frágil identidad… Y a ella siguieron muchas otras, evanesciéndose, volviendo a resurgir, y sorprendentemente “evolucionando” por el impulso interno de “permanencia”.

La consciencia no había aparecido aún, pero sí la inteligencia, una inteligencia inconsciente sí, pero acumulativa; las piezas del puzzle tenían la propiedad, no en todos los casos, de acumular en su interior esa suerte de sabiduría de los procesos que iban aconteciendo, y la superación de los obstáculos que se oponían al empuje interno de esas estructuras que “deseaban” permanecer.

El deseo, pues, basado en la sensibilidad y el sentimiento interno fue el móvil de toda esa evolución decantada y codificada en estructuras materiales (biológicas) que denotaban una “inteligencia inconsciente”, cada vez más desarrolladas, con niveles crecientes reflexivos, fruto de los incontables feedbacks que requerían su periplo vital… Y, he aquí, que al superar cierto nivel, se llegó a la consciencia: esa inteligencia pasó a ser consciente. (En verdad la “consciencia”, en cierto modo, surgía ya en cada “decisión” que debía adoptar el organismo, ante las diferentes pruebas que le presentaba el entorno). Ahora la consciencia lo era ya de sí mismo, del significado de su presencia en el mundo y de su verdadero papel en el cosmos: ¡Había aparecido el ser libre, capaz de relacionarse con aquella Criatura original, libre como él y que surgió del caos, o que era el mismo caos! ¡Compañeros para toda la eternidad!”

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