Revolución inacabada: “La revolución del amor”


AFORISMOS

“Fue tan querido porque amaba más que nadie”

“El verdadero amor no tiene apellidos”

“No buscaba el amor, lo daba”

“¿El odio más fuerte que el amor?: ¡Sólo en las masas!”

“¡El amor es explosivo!: No hay fuerza de la naturaleza con tal potencia autoexpansiva”

“La espiral del odio es lo más nefasto para el espíritu humano”

 

Jesús fue el profeta del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Añadiduras a estos mandatos, reflejadas en el Nuevo Testamento, cambian un tanto el sentido de los mismos… En su descargo: la fuerza del Antiguo Testamento debía imponerse en el pensamiento de cualquier judío.

No pretendo criticar los Evangelios, simplemente afirmar la categoría del profeta que más amó, que trajo una religión cargada de amor, misericordia y compasión.

En mi opinión, en el origen el cristianismo era una religión personal que incidía más en los aspectos íntimos del individuo, que en la manifestación externa de fe, aspecto secundario que expresaba una vida ética y auténtica… ¡Pero, la “procesión iba por dentro”!… El cristianismo perseguía una transformación interna que hiciera al individuo “ser digno hijo de Dios”.

No era la Iglesia el fin último deseado por Cristo: ¿No sería ésta, más bien, un deseo de sus Apóstoles?

Pues bien, mi enfoque es que Jesús inició la “revolución del amor”, pero esa revolución fue “tergiversada” por sus seguidores al transformar su movimiento en una estructura humana: la Iglesia.

Y es que percibo una clara distinción entre los aspectos “comunitarios” que se identificarían con la Iglesia, y la religión personal de amor propugnada por el propio Jesús.

Jesús la inició hace dos mil años; ahora toca proseguir su obra, expandir esa religión de amor.

Tal religión de amor debe residir en la fibra más íntima de la criatura humana: “el amor  debe anidar en nuestro interior, expandiendo sus efectos por doquier”.

No precisa esa manifestación del amor una paralela expresión de vida característica, cual ostensible afirmación de una estrella de David impresa en la piel.

La semilla, como preciosa luz interna, debe anidar en nuestros corazones, como un tesoro celosamente guardado.

Calificaría de innecesaria la construcción eclesial, al no necesitarse ya el apoyo mimético (algo externo), es decir, la imitación que como al simio les proporcionan sus neuronas espejo.

La luz interna crecerá y se desarrollará sólo en nuestro propio interior, en cada criatura… En el futuro, tras la proliferación de innumerables llamas, o luces internas, se alcanzará la “masa crítica” que provocará una explosión: una súbita “sincronía de voluntades”. Estaríamos ante un nuevo organismo holístico, “mente y consciencia global de la futura humanidad”.

Serían los frutos de la “revolución del amor”.

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