“Desde” y “en”, perspectivas inconexas

“Disolviendo el infinito”.

¡Olas inquietas en el mar inmenso!… ¡La infinitud del sinnúmero de granos de arena de sus playas!… ¡La inescrutable maraña de ondas del espacio, que lo ocupan todo… y cada una lleva un mensaje!

Nuestra inteligencia se pierde ante tales magnitudes… ¡si hubiera que contarlas!… ¡San Agustín, no vacíes el océano en aquel pequeño hoyo!

De lo poético a lo real… ¿Cómo podríamos aminorar esa “incomodidad” de lo infinito, “disolverlo”?

Si un genio con potencia gigantesca intentara poner en “movimiento” tal cantidad de entes, no creo que pudiera, ¡ni siquiera sabría contarlos!

Y aquí viene la primera perspectiva del título del artículo: “desde”. Estamos acostumbrados a la perspectiva del “observador” (los experimentos mentales del mismo Einstein están llenos de ellos -observadores-, y la ciencia los adoptó como”evidencia”, como premisa básica)… Pues bien, desde el punto de vista del observador, de cualquier observador, “desde” él mismo (fuese “genio” o no), su “actividad”, por ejemplo la del relojero que pusiera en marcha la totalidad del universo, por más empeño que pusiera, tal empresa será baldía… ¡ni siquiera sabría a “cuantos” entes mover!

¡Estamos ante la “sombra” del infinito, la misma sombra que nos incomoda y abruma!

Ahora viene el “en”, la perspectiva del “en”.

¿Podría el “ente” ser movido desde dentro?… Si aquel teórico genio moviese desde dentro de cada ser, “en” su raíz profunda… ¡El genio no sabe cuantos entes son: no necesita saberlo! ¡La “piedra de toque” de su actividad es el interior del ser, “en” el propio ser!

¿No es la subjetividad una cualidad interna “de y para” cada ser?

Este “genio”, “regidor” de la subjetividad, el de la perspectiva del “en”, “domina” sobre el infinito, ¡ha disuelto el infinito!

Ahora, ¡hasta podemos olvidarnos del genio!… Si aplicamos este planteamiento a las leyes del universo, ¿no vemos que han sido construidas “desde” el punto de vista del omnipresente observador (el del tiempo y espacio coordinado, con él mismo como origen)?… Las leyes “por su propia definición” son de obligado cumplimiento… ¡se imponen!… Todo ente está obligado a  cumplirlas, como si llevara intrínseco un mandato que le llevará a “circunscribirse” a un cierto entorno… ¡Lo percibimos como algo “externo”, ajeno a él!

¿Y si la ley opera “dentro” del ser, “en” su interior?… La ley sería consustancial al propio ser… El propio ser, la materia, por ejemplo, tendría la ley “en” su interior… Así, la ley no dependería del número de seres existentes, pocos o muchos, innumerables… ¡la fuerza de la ley está en cada uno de ellos, indiferente a su número!

Cada onda del espacio “dibuja” en el mismo lo que prescribe su propia ley interna; cada grano de arena del inmenso océano “cumple” la ley que lleva dentro (“en”), por sí misma, aún cuando “interaccione” con el resto; no está “obligada” al seguimiento de leyes externas, ajenas a su propia naturaleza.

Lo externo “desde” cualquier único punto de vista, lleva sobre sus hombros la “sombra del infinito”… ¡Nuestra propia finitud dibuja en sus fronteras el inmenso infinito!

La subjetividad del ser, “en” su interior es ajena al infinito.

La complejidad de lo infinito se “disuelve” en un mundo donde cada punto (ente) actúa por sí mismo, donde cada ley universal reside “en” su interior… ¡El “mareante” infinito de la mente no rige en el campo subjetivo del presente!

¡Las perspectivas del “desde” y del “en” son partes inconexas que orillan el océano de lo infinito!

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