Pasado y ritos funerarios

¡Qué solos se quedan los muertos!

“Los entes que viven a través de otros”.

Me referiré solo a dos: el pasado y la imagen de “nuestros” muertos.

En mi opinión, poseen la misma onticidad. Me explicaré.

Respecto al pasado, decir que como queda expresado “ha pasado”. ¿No existe, pues?…

En verdad, y en cierta forma, sí existe en el presente siempre que lo recordemos; su existencia viene perpetuada en las neuronas que tienen que ver con los recuerdos, con la memoria.

De igual forma, nuestros muertos, en cuanto componentes de nuestros recuerdos, también existen, y también por mediación de las neuronas que participan en la configuración de la memoria.

Así que, ambos entes, cuando se nos revelan en nuestra mente,  se comportan como si “vivieran” a través de nosotros, aunque sin existencia en sí. Una existencia donada por nuestra actividad mental, gracias al mismo concurso, o el mismo agente: las neuronas. Para mí, ello supone la misma onticidad.

Resulta, además, que el pasado, sin existencia real en sí y muy modulado en nuestros cerebros en el transcurso del tiempo, se muestra totalmente “imprescindible” para nuestro presente (el que, curiosamente, una corriente del pensamiento considera único real, ya que el pasado ya pasó y el futuro está por venir). Y es imprescindible por el hecho de que sin él, el presente sería incapaz de actuar sin su orientación. Todo ser vivo tiene un pasado y gracias a él puede actuar en el presente.

Ahora, abordemos el segundo ente. Hay varias cuestiones referentes al ente imagen de nuestros muertos más allegados que me interesa resaltar.

Antes de nada, se me podría argumentar que el fallecido “materialmente” ya no existe; vanas son, pues, aquellas ceremonias de duelo, el luto, etcétera… Pero, el pasado, materialmente tampoco existe, así que, igualmente, no poseería ningún valor, lo que “rechina” con lo que anteriormente acabo de decir, “lo imprescindible que resulta para nuestro presente”… Evidentemente, ¡la imagen de “nuestros” muertos, ónticamente también lo es!

Ahora bien, sí hay un matiz… , bueno uno principal, y es que la imagen de “nuestros” muertos ha de ser, particularmente, “mantenida”, ha de ser fortalecido ese recuerdo si no queremos que se difumine como el humo, llevando consigo, seguramente, una parte importante de nuestra interioridad, de nuestro propio ser como persona… Creo que un nada desdeñable número de comportamientos sociales a lo largo de la historia del hombre, tienen por raíz la misma causa: velatorios, culto a los muertos con sus rituales de enterramiento, duelo, etcétera. La propia idea de inmortalidad estaría relacionada ocasionalmente con lo mismo.

El fortalecimiento del ente “imagen del muerto” es lo que en el fondo significarían todas estas ceremonias o ritos funerarios. Se pretende, así, “reforzar” el recuerdo que le hace más visible, perpetuando su existencia, dándole una “nueva vida”, haciéndole vivir a través de nosotros mismos.

Aunque no está de más que recordemos que todo ésto tiene que ver sólo con el “vivo”, no con el muerto, que felizmente o no, bastante tiene con su propio sino, totalmente “indiferente” a ninguna de nuestras cavilaciones. (Recomendaría, al respecto, la lectura del artículo de este Blog titulado “La huella en el universo de cada vida”).

Para el “vivo”, el reforzamiento del ente “imagen del muerto” puede reportarle más beneficios que otra cosa (¡exclusivamente a él!), beneficios de orden psicológico y sentimental al suponer ese cierto “alargamiento” de la vida de su allegado.

Otro tema, bien diferente, sería la posible existencia de ciertos vínculos entre las “huellas” que en el universo “deja” todo ser vivo (aunque hubiera fenecido ya), y los seres vivientes actuales, tema sugerido en el artículo de este Blog titulado “¿Y por qué no una mente global?”.

Por último, me gustaría apuntar la posibilidad de que la materia como tal, al contrario de lo que ocurre con los dos entes anteriores (“sin existencia en sí”), sí fuese un ente en sí o para sí, parcial o totalmente, además de lo que supone para otros entes como nosotros. Si así fuera, “prístinamente” equivaldría a un principio vital.

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