De observador a sujeto: La clave de la conciencia

(La dicotomía sujeto-objeto disuelta en una unidad)

Fijémonos en una pirámide (un objeto). ¿Cómo sabemos que es una pirámide?… ¿Ella nos lo dice?… ¡Qué cosa más absurda!… Un objetivo “inanimado” es pasivo… Es lo que queramos decir de ella (hacemos abstracción de sus particularidades materiales: masa, calor, temperatura, etcétera). La pirámide lo es porque así lo hemos considerado sus observadores, nosotros… La pirámide o los objetos lo son porque nosotros, los “sujetos”,  así lo estipulamos… ¡Es el sujeto quien da la “existencia” a los objetos!, que “en sí” (pueden asignárseles variadas características o propiedades, dependiendo de los sujetos correspondientes) o “para sí” no parecen tener entidad; son entidades abstractas que posteriormente pueden ser adornadas de propiedades “construidas” por los sujetos (observadores externos).

Cada sujeto, verdaderamente, construye una “imagen subjetiva” de cada objeto… La coincidencia entre las subjetividades de varios sujetos sobre cierto objeto es el origen de la “intersubjetividad”, y un paso más es asimilar esa intersubjetividad al objeto en sí, o la construcción de la “objetividad”… De hecho todos los conceptos humanos han sido así elaborados.

Pero en principio esa intersubjetividad presenta características, en cierta manera, “borrosas”, pues no es posible la “plena” intersubjetividad: hay ciertas características (sobre el mismo objeto) que no coinciden exactamente entre las subjetividades de unos u otros sujetos.

Ahora bien, aquí es donde se presenta un problema peliagudo entre el sujeto que ahora estoy describiendo y el ya clásico observador de la física que debe a Einstein su predominante dominio en la física actual… ¡Ironía del destino!… Yo, que me erigía como defensor a ultranza del observador relativista que vivía en un mundo de coordenadas regido por el reloj y el metro (tiempo y espacio), ante mi sorpresa, me he percatado del tremendo error que cometemos al hablar de observadores y no de sujetos.

Parecerían lo mismo, pero hay un aspecto sustancial que los diferencia, si nos referimos al mundo real donde no solo existe la pura física de la dinámica relativista sino, también, el de la “no indiferente” medida, la experiencia, el mundo cuántico…

Sí, yo tengo que implantar en nuestra realidad (y no soy el único) la “conciencia”, y por ende en la física, si queremos que ésta describa en totalidad dicha realidad.

La conciencia y el relacionado “mundo de cualidades” tienen, también, que ser descritos por nuestras leyes, por eso debemos, en cierto modo, apartarnos, al añadir un nuevo matiz, del estricto “observador” al que tanto recurrió el genio de Albert Einstein… Para él, un acontecimiento o suceso quedaba perfectamente configurado  o identificado dando sus coordenadas en el espacio y en el tiempo… Pero, no es eso lo que acabo de describir anteriomente al referirme a la pirámide como objeto y a los sujetos que la observan: ¡el mismo lugar y tiempo para cada sujeto, y no obstante con características distintas (quizá parecidas, pero no iguales) para cada uno de ellos (a lo máximo una intersubjetividad ciertamente “borrosa”)!

Y es que al observador relativista le falta la parte, inevitable, de subjetivismo que posee cada sujeto… ¡Claro, el observador es objetivo -puro idealismo- y el sujeto “adolece” de eso mismo, por su subjetividad! (Ironía)… Mas, voluntad y acción son características propias del científico que realiza las “medidas” del experimento… ¡Estamos ante sujetos , no observadores puros en abstracto!

Una vez establecida la oportuna diferencia entre observador y sujeto, entraré en lo sustancial del artículo, lo que tiene que ver con la conciencia.

Son clásicas las continuas divagaciones (a veces llamadas confrontación de diferentes”corrientes filosóficas”) sobre la relación entre sujeto y objeto… Se dice que no puede haber, como intuimos al principio, objeto sin el sujeto que lo observe y le dé su entidad… Pues bien, hagamos un malabarismo… ¿Y si el objeto fuese, también, el sujeto?… ¡La dicotomía se disolvería en una única entidad! Ocurriría que el objeto pasaría a tener entidad propia, pues ésta no se debería a un sujeto externo y como tal variable, sino al “único” sujeto que es a la vez objeto, la “intersubjetividad perfecta”, pues solo existe un único sujeto con tal característica, la de ser su propio objeto: ¡su “entidad” está “donada” por él mismo!… ¿No sería esto el advenimiento de la conciencia?

¡La conciencia sería el conocimiento (por el sujeto) de la propia entidad (objeto), la sensación del sí-mismo!

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